Al atardecer de su segundo día en Las Azucenas, una brisa suave comenzaba a disipar el calor persistente del día. Giovanni Moretti decidió que era el momento de conocer el pueblo más de cerca. No era una excursión turística; era una evaluación, una inspección de terreno que solo un depredador podía realizar. Se despidió del rancho con la misma calma con la que había llegado, pero con una intención diferente.
_ ¿Listos para un paseo, ragazzi?-, preguntó Giovanni, su voz grave resonando ligeramente en el silencio del patio. Vestía un pantalón de lino n***o que caía con fluidez, una camisa beige de seda abierta en el cuello, revelando apenas el inicio de un pecho musculoso, y unos mocasines de cuero tan pulcros que casi brillaban bajo la luz menguante. Era una vestimenta menos formal que el traje de lino de su llegada, pero no menos imponente. Cada fibra de su ser, cada movimiento calculado, susurraba "peligro" a quien supiera leerlo.
A su lado, Draco y Lupo, sus dos imponentes doberman, trotaban con una gracia silenciosa. Sus cuerpos tensos, sus narices pegadas al aire, olfateaban cada aroma, cada vibración, sus sentidos agudizados por un entrenamiento que los había convertido en extensiones perfectas de la voluntad de su amo. Eran bestias hermosas y letales, su mera presencia una advertencia.
Unos metros detrás, como sombras eficientes, Silvano y Tito los seguían. Sus ojos, ocultos tras gafas oscuras, estaban clavados en cada esquina, cada sombra, cada rostro fugaz que aparecía. Sus manos, relajadas, ocultaban la promesa de una acción rápida y brutal si la situación lo ameritaba. La seguridad de Giovanni era su único y absoluto propósito.
_ Es una noche tranquila, jefe,- comentó Silvano, su voz apenas un murmullo.
Giovanni no respondió de inmediato. Observaba el pueblo de Las Azucenas, que parecía sacado de una postal antigua, un cuadro pintado con la delicadeza de otro siglo. Las calles empedradas crujían suavemente bajo las suelas de sus mocasines, un sonido rítmico y ancestral. Los faroles de hierro forjado comenzaban a encender sus luces cálidas, proyectando halos dorados sobre las fachadas, y los faroles colgantes adornaban balcones blancos y azules, repletos de macetas con flores.
El aire. El aire olía a pan recién horneado, un aroma dulce y hogareño que se mezclaba con el embriagador perfume de jazmín que emanaba de algún jardín cercano. Y, más allá de eso, olía a tiempo detenido. A una vida que se negaba a ceder ante la prisa del mundo moderno.
Giovanni observaba el silencio como un depredador que evalúa el terreno antes del ataque final. Las casas eran de una sola planta, modestas pero bien cuidadas, con techos de tejas rojas y verjas bajas que apenas delimitaban la propiedad, una muestra de la confianza que reinaba entre los vecinos. Los comercios pequeños aún permanecían abiertos a esa hora: una panadería de donde emanaba el olor a levadura y azúcar, una carnicería con sus ganchos vacíos al final del día, y una tienda de comestibles y telas que parecía sacada directamente de los años sesenta, con sus escaparates llenos de objetos variados.
El tráfico era casi nulo. Solo unas bicicletas oxidadas pasaban lentamente, sus ciclistas pedaleando sin prisa, seguidas por una pareja de ancianos tomados del brazo, sus pasos lentos y seguros. Había niños jugando con una pelota desinflada en una esquina, sus risas inocentes rompiendo la quietud. Un hombre mayor regaba sus plantas con una manguera, el chorro de agua sonando como una suave lluvia. Una mujer barría la acera frente a su casa, deteniéndose en su labor al ver a Giovanni, a sus hombres y a sus perros.
No había miedo en su mirada, solo una curiosidad amable hacia aquel extranjero de belleza imponente, que se movía con una quietud demasiado intensa para ser de ese lugar.
_ Tranquilo, demasiado tranquilo para mi gusto,- masculló Silvano, interpretando el silencio de su jefe como una señal de inquietud.
_ Perfecto para lo que buscamos,- contestó Giovanni, su mente ya trabajando como un engranaje. Observaba cada detalle, su cerebro procesando la información a una velocidad vertiginosa. - A tres cuadras del centro, veo una comisaría pequeña. Dos patrullas viejas y algunos policías echando humo y leyendo el periódico frente a ella. - Sus labios se curvaron en una media sonrisa irónica. - Un cuartel de bomberos voluntarios apenas una nave con un camión rojo y una bandera medio caída.
"Cero vigilancia real," anotó mentalmente. - Un pueblo donde el tiempo no corre, se arrastra. Es casi como si hubieran olvidado cómo defenderse.- La información se archivaba en su mente, cada dato una pieza más en el rompecabezas de su estrategia.
Más adelante, pasaron junto a una iglesia antigua de piedra, rodeada de arbustos bien podados y bancos de madera desgastados por el tiempo. Giovanni se detuvo, su interés genuino por la historia y la arquitectura lo atraía. Dejó a Silvano y Tito en la entrada y entró solo al patio exterior. Tocó la fría piedra de los muros, sus dedos rozando las marcas de los años, las cicatrices del tiempo. Al salir, su mirada se detuvo en un cartel de madera medio torcido en una esquina, casi oculto por la vegetación: "Rancho La Esperanza en Venta".Una sonrisa genuina, rara y fugaz, apareció en sus labios.
_ Quizás no todo aquí es tan inútil, Rufo,- murmuró, acariciando la cabeza de su perro, que lo miraba con su ojo sano, como si compartiera su pensamiento.
Caminaron hasta el mirador del pueblo, un pequeño promontorio desde donde podía verse la plaza central, ahora iluminada por las primeras luces de la noche que se encendían una a una, como estrellas fugaces en la tierra. Giovanni se detuvo, sacó un cigarro puro de su estuche de cuero, lo encendió con un encendedor plateado y dio una calada lenta, profunda, el humo aromático llenando sus pulmones antes de exhalarlo en una columna perfecta hacia el cielo.
_ La cabaña que alquilamos también está en venta, jefe,- comentó Tito, conociéndolo bien, sabiendo que su jefe no dejaba nada al azar y siempre buscaba la máxima ventaja. - Me lo dijo el hombre que nos entregó las llaves. Dice que el dueño original murió y los hijos no quieren saber nada del campo.
Giovanni soltó el humo con un suspiro, sus ojos grises recorriendo cada punto del mapa invisible que ya había trazado en su cabeza, un mapa que ahora se superponía con la quietud de Las Azucenas.
_ Entonces,- comenzó, su voz un murmullo reflexivo, - cuando termine con lo de la Pampa, quizás no vuelva a Italia. No por ahora.- Miró a sus hombres, una chispa de una idea que se convertía en plan en sus ojos. - Aquí hay silencio. Espacio. Y la paz suficiente para esconder un infierno detrás de la fachada.
La implicación era clara, y Silvano y Tito asintieron. Giovanni, El Halcón, no solo buscaba la venganza; buscaba un nuevo bastión, un nuevo imperio, un lugar donde sus reglas fueran la ley, disfrazado de tranquilidad. Cuando regresaron al rancho, la idea ya estaba clara en la mente de Giovanni: tal vez se quedaría un tiempo en aquel pueblo que parecía sacado de un cuento del pasado. Un cuento que, en sus manos, estaba a punto de volverse muy, muy oscuro.
Esa misma noche, mientras Las Azucenas se sumía en un silencio profundo, casi reverente, el rancho alquilado por Giovanni Moretti pulsaba con una energía diferente. Las luces de la sala principal brillaban con intensidad, iluminando una mesa central cubierta con mapas desplegados, fotografías aéreas impresas en alta resolución y una maraña de direcciones garabateadas en hojas de papel. El aroma del café fuerte se mezclaba con el tenue rastro del cigarro de Giovanni.
Giovanni, con la camisa beige de lino aún abierta en el cuello, se inclinaba sobre los mapas, su mirada intensa, un foco de concentración. Sus dedos largos y fuertes, adornados con los anillos Moretti, trazaban líneas imaginarias sobre las rutas rurales de la pampa.
_ Esto es lo que tenemos,- dijo Giovanni, su voz baja y uniforme, pero con una resonancia que llenaba la habitación. No preguntaba; informaba, dictaba. - El 'Punto Cosecha' del que hablaba mi padre. Un nodo vital en la red de distribución. Ha estado en manos de ese traidor de Sánchez demasiado tiempo.
Silvano y Tito estaban de pie a su lado, sus expresiones serias, sus ojos siguiendo cada movimiento de Giovanni. La lealtad que sentían por él no era solo respeto; era una mezcla de admiración por su astucia y un temor instintivo por su capacidad de decisión, una que a menudo significaba la vida o la muerte.
_ Las últimas informaciones lo sitúan en un rancho aislado cerca de Pueblo Seco,- continuó Giovanni, su dedo deteniéndose en un punto remoto del mapa. - Una zona de difícil acceso, bien fortificada, lo sé. Pero también es una trampa. No puede moverse sin ser visto, y sus guardias son... predecibles.- Tito asintió.
_ Recibimos la confirmación hace unas horas, jefe. La misma rutina de siempre. Tres guardias fijos en el perímetro, dos patrullando a pie cada hora. Y ese bastardo de Sánchez, nunca sale de la casa grande.
_ Mañana al amanecer partimos. Dos vehículos. El 4x4 blindado para nosotros y el otro para el equipo pesado. Necesitamos asegurar la ruta y un punto de retirada si la situación se complica más de lo esperado.
Silvano, el más metódico de los dos, tomó la palabra.
_ Hemos preparado los vehículos, jefe. Tanques llenos, equipamiento completo: visores nocturnos, inhibidores de señal, kits de primeros auxilios. Las armas están revisadas y cargadas. Listas.
Giovanni los miró, y en esa mirada había una mezcla de evaluación y la silenciosa expectativa de su absoluta obediencia. No era necesario dar órdenes explícitas, la mera presencia de El Halcón era suficiente para que sus hombres actuaran con la precisión de un reloj.
_ ¿Qué hay de los perros, jefe?-, preguntó Tito. - Lupo y Draco estarán listos. ¿Los llevamos?
_Por supuesto,- respondió Giovanni, un matiz gélido en su voz. -Serán útiles. Su olfato es más fiable que cualquier sensor. Y su presencia... intimida. Lo suficiente como para que esos imbéciles piensen dos veces antes de intentar algo estúpido.- Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, pero no había humor en ella. Era la sonrisa de un depredador que anticipa la caza.
Silvano se movió hacia una pizarra, donde ya había comenzado a esbozar un diagrama.
_La ruta principal es directa, pero muy expuesta en ciertos tramos. Propongo una desviación por un camino vecinal, menos transitado, que nos dejará a menos de cinco kilómetros del rancho de Sánchez, ocultos por la vegetación.
Giovanni observó el esquema, asintiendo lentamente.
_ Bien pensado, Silvano. La sorpresa es nuestra mayor ventaja. Quiero que la entrada sea quirúrgica. Rápida y sin testigos. Sánchez debe entender que la deuda se paga con sangre, y que la palabra del Patriarca, mi padre, sigue siendo ley, incluso en estas tierras lejanas.
El silencio que siguió a sus palabras fue pesado, cargado con el significado de la misión. Sánchez no solo había robado; había deshonrado a la familia Moretti. Y el deshonor, para El Halcón, era imperdonable.
_ Cuando recuperemos el punto, Tito, quiero que contactes a nuestros socios locales. Aquellos que aún son leales. Necesito que se haga correr la voz de inmediato. Que sepan quién ha regresado. Que el Halcón ha vuelto a la pampa.
Tito tragó saliva, sus ojos fijos en el rostro de Giovanni. Entendía la magnitud del mensaje. No era solo recuperar un punto de tráfico; era restablecer el dominio, recordar a todos el poder de los Moretti. La sola mención del nombre de Giovanni Moretti ya provocaba escalofríos entre aquellos que conocían el mundo subterráneo. Ahora, El Halcón en persona estaba en Argentina, y eso cambiaría el equilibrio de fuerzas por completo.
_ Así se hará, jefe,- dijo Tito con una voz firme.
_ Excelente, - murmuró Giovanni, volviendo a inclinarse sobre los mapas. - Los vehículos listos para las cuatro de la mañana. Nosotros, a las tres. Nadie duerme esta noche. Sánchez ya ha dormido por todos lo suficiente.
El aire en la sala se volvió denso, cargado de la tensión de la inminente operación. Los hombres se movían con eficiencia, preparando el equipo, repasando cada detalle. Sabían que, bajo la calma aparente de Giovanni, bullía una furia contenida, una voluntad implacable que no se detendría hasta que se cumpliera su misión. La pampa argentina, ajena a los juegos de poder de la mafia italiana, estaba a punto de sentir el peso del puño de El Halcón.
Y nadie, ni siquiera Sánchez, estaría preparado para ello.