Pero más allá mientras corría la noche en uno de los patios traseros de otra vieja casona en las afueras de Buenos Aires era espesa y densa, tan oscura como la sangre recién derramada. Un manto de oscuridad que se pegaba a la piel y a la conciencia, asfixiando cualquier rastro de luz. Luis Monsalve estaba en su rincón favorito, una especie de terraza cerrada, casi una jaula de oro, con maderas oscuras pulidas y cortinas pesadas de terciopelo que bloqueaban cualquier mirada indiscreta del exterior. Desde allí, como un titiritero invisible, controlaba el ir y venir de sus hombres, las sombras que se movían a su voluntad. Tenía un cigarro a medio encender entre los dedos, la brasa rojiza un punto solitario en la penumbra, su humo denso y acre se mezclaba con el aire frío de la madrugada, un

