bc

La Bailarina Del Capo Italiano

book_age18+
27
FOLLOW
1K
READ
dark
one-night stand
family
age gap
opposites attract
arrogant
mafia
gangster
bxg
kicking
city
seductive
villain
like
intro-logo
Blurb

Elodie solo buscaba tranquilidad dando clases de ballet. Nunca imaginó que su vida cambiaría al conocer a Audrey, una dulce niña de cinco años, y a su padre, Dante Romano.

​Dante es un poderoso capo de la mafia romana, un hombre peligroso y de corazón blindado tras una trágica pérdida. Su única prioridad es proteger a su hija, pero la llegada de Elodie despierta emociones que creía muertas.

​Audrey la elige de inmediato. Dante lucha por mantener la distancia. Pero cuando la tentación y el peligro del pasado amenazan con destruirlos, él arriesgará su imperio por proteger el amor de su vida.

chap-preview
Free preview
CAPÍTULO | 01
MIÉRCOLES 14, JULIO 2021. ROMA, ITALIA. DANTE. El puerto olía a sal, a combustible y a miedo, y los tres aromas juntos me resultaban tan familiares como el perfume de mi propia casa. Eran las dos de la tarde. El sol caía a plomo sobre los contenedores y volvía el agua de un verde turbio, de ese que solo se ve en los muelles donde nadie viene a pasear. Yo estaba sentado en una silla de metal, con las piernas cruzadas y una calma que me había costado años fabricar. Frente a mí, de rodillas sobre el cemento húmedo, Renato Bellini sudaba a través de su camisa carísima. —Fue un error de contabilidad, Dante —balbuceó—. Te lo juro por mis hijos. —No jures por tus hijos —respondí sin levantar la voz—. Es de mala educación mentir con ellos de testigos. Bellini tragó saliva con tanta fuerza que se le movió la nuez. A mi espalda, Luca, mi mano derecha desde hacía quince años, apoyaba el hombro contra una grúa y fingía un enorme interés por sus uñas. Los demás hombres formaban un semicírculo silencioso; nadie se movía, porque nadie necesitaba que se lo ordenaran. Yo nunca grito. Aprendí muy joven que el grito es el recurso de los que tienen miedo, y a mí me bastaba con hablar bajo y dejar que el silencio hiciera el resto del trabajo. —Durante tres años has declarado menos carga de la que entraba por mis muelles —continué—. Lo que me interesa, Renato, es por qué pensaste que no me daría cuenta. —Yo... yo solo… —Otra pregunta. Tus hijos van al colegio de las monjas, el de la fachada blanca, ¿verdad? El poco color que le quedaba desapareció de su cara. —Por favor, no los metas en esto. —No los meto —dije con suavidad—. Los metiste tú cuando juraste por ellos. Yo solo pregunto. Me incliné hacia delante, apoyé los codos en las rodillas y lo miré a los ojos. Dicen que mis ojos verdes tienen algo de animal que espera; no sé si es cierto, pero sé que Bellini dejó de respirar durante unos segundos. —Vas a devolver hasta el último euro, con intereses, antes del viernes —le dije—. Vas a firmar de nuevo cada contrato con mis condiciones, no con las tuyas. Y vas a agradecerme que hoy vuelvas a tu casa caminando. —Sí, sí, lo que tú digas. —Lo que yo diga, no. —Sonreí apenas—. Esto se termina cuando yo lo decida, y lo arreglaremos a mi manera. Bastó un gesto de mi barbilla para que dos de los hombres levantaran a Bellini del suelo y se lo llevaran hacia los almacenes. No iban a matarlo; hoy no. Pero se llevaría una lección grabada en las costillas, porque una advertencia sin recuerdo físico se olvida en una semana. Me puse de pie y me sacudí el polvo del pantalón. Tenía la mano derecha sucia: aceite de la cadena de la grúa y un poco de la sangre del labio de Bellini, que Luca le había partido para que la conversación empezara con buen pie. Saqué el pañuelo y me limpié los nudillos con la pereza de quien se quita las migas de un croissant. Entonces me vibró el teléfono. Miré la pantalla y algo se me aflojó por dentro, justo detrás de las costillas. Cucciola. Contesté al segundo timbre. Es el único número del mundo por el que no dejó pasar ni tres. —¿Papi? —La voz de Audrey llegó pequeña y fina, con ese ruidito de quien habla demasiado pegada al micrófono—. ¿Estás en el trabajo? —Estoy en el trabajo, cucciola. ¿Pasa algo? ¿Rosa está contigo? —Rosa me dejó el teléfono porque se lo pedí por favor. —Hizo una pausa dramática—. Papi, ¿estás gritando? Miré a Luca, que se mordió el labio inferior para no reírse. —Yo nunca grito, angelo mio. —Ah, vale. Es que se oía como cuando gritas al señor de la tele. —Eso pasó una sola vez, y el señor de la tele se lo merecía. —Me aparté unos pasos del grupo y, sin darme cuenta, bajé todavía más la voz; la llevé hacia un tono que jamás había usado con Bellini ni con nadie de mi organización—. ¿Qué querías contarme? —Quiero ir a ballet. —¿A ballet? —Sofía y Camila van los martes. Tienen un tutú rosa y unas zapatillas que brillan, y dicen que la profesora es buenísima. Y yo quiero un tutú, papi. Uno de verdad, con tul. La sangre de Bellini seguía secándose entre mis nudillos. Me di cuenta de que sostenía el teléfono con dos dedos, como quien carga algo frágil, para no mancharlo. Pasé el pañuelo otra vez por la mano antes de agarrarlo bien. —Está bien —dije—. Yo me encargo de eso hoy mismo. —¿De verdad? ¿Hoy? —Hoy. Paso a buscarte en cuanto lo tenga arreglado. Ponte los zapatos, y no me los pongas cambiados. —¡Eso pasó una vez! —Tres veces, cucciola. Te quiero. —Yo más, papi. Adiós, adiós, adiós. Colgué. Cuando levanté la vista, todos mis hombres, incluidos los que arrastraban a Bellini, fingían con muchísimo empeño estar mirando hacia otro lado. —Ni una palabra —advertí. —Yo no he dicho nada, jefe —contestó Luca con una seriedad sospechosa. —Luca, necesito una escuela de ballet. La mejor de la ciudad, con la mejor profesora, y necesito que nos reciban esta misma tarde. Que Marina llame a las tres más famosas y que me pida cita para hoy. —Jefe, con su apellido las puertas se abren solas. —Que no se abran a la fuerza. Se pide por teléfono y con educación —advertí—. Vamos a una escuela de niñas, no a una negociación. El todoterreno n***o se abrió paso entre las calles mientras las grúas del puerto se iban quedando atrás, recortadas contra el cielo. Yo iba en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el cristal, y Luca, en el del copiloto, hablaba con Marina en voz baja. A los diez minutos ya tenía respuesta: la Academia de Danza Aurora, la más antigua de la ciudad, cuya directora había aceptado recibirnos a las tres y media antes de que Luca terminara de pronunciar mi apellido. El resto del trayecto lo hice en silencio, con la vista perdida en las calles que iban quedando atrás, pensando en la cara que pondría Audrey cuando le contara que hoy mismo empezaba con lo del ballet. Era en momentos así, con la mente en blanco por unos segundos, cuando Anastasia se colaba sin avisar. Audrey preguntaba por su madre de vez en cuando; era una niña, y las niñas hacen esas preguntas sin medir el peso que llevan dentro. Anastasia había muerto cuando Audrey tenía cuatro años, arrancada de nuestras vidas por un hombre que jamás me perdonó lo que mi padre le negó en vida: Alessandro Vitale la secuestró y la torturó hasta que su corazón dejó de latir, no porque ella hubiera hecho nada para merecerlo, sino porque yo la amaba, y eso bastó para convertirla en un mensaje. Y yo, que era capaz de doblegar a un hombre con una sola frase, no había sabido explicarle a mi hija por qué su mamá ya no iba a volver nunca. Había pasado poco más de un año, pero el hueco seguía ahí, y yo lo había llenado como pude: con juguetes, con cuentos, con tardes de plastilina sobre la alfombra del salón. Sin embargo, ninguna de esas cosas alcanzaba a taparlo del todo. Una noche, sentado a oscuras junto a su cama mientras ella respiraba con la boca entreabierta, me hice una promesa: nadie volvería a hacerle daño. Nadie. Ni un hombre, ni una mujer, ni el destino. Y yo siempre cumplo mis promesas, sobre todo las que me hago a mí mismo. Sacudí la cabeza para volver al presente. Faltaba poco para las tres, y no pensaba llegar tarde a algo que le había prometido a mi hija. Recogí a Audrey en casa a las tres menos cuarto. Llevaba una malla rosa que Rosa había desenterrado del fondo de un cajón y dos trenzas torcidas que le había hecho yo con la paciencia de un artificiero. No dejó de hablar en todo el camino; me preguntó si las profesoras de ballet usaban corona y me hizo prometer que, si el tutú no era rosa, no pasaba nada, porque también podía ser morado, y a mitad de camino sentenció que, si la profesora era antipática, nos íbamos. La Academia de Danza Aurora ocupaba un palacete de piedra clara del siglo pasado, con ventanales altos enmarcados en hierro forjado y una placa de bronce discreta junto a la puerta, del tipo que no necesita gritar su nombre porque todo el mundo en Roma ya sabe cuál es. Dejé a mis hombres fuera, repartidos por la acera: dos junto a la puerta, uno en la esquina y Luca apoyado contra el coche. Les di una orden que nunca había dado en otro lugar. —Sin armas a la vista. Y sonrían. —¿Sonreír? —repitió Luca con la cara de quien acaba de oír que tiene que aprender a volar. —Hay niños y madres. En la puerta nos esperaba una mujer de unos sesenta años, con el pelo plateado recogido en un moño perfecto, la espalda recta como una vara y un collar de perlas sobre el cuello. Era la señora Giulia Marchetti, la directora, y en cuanto me vio hizo una pequeña reverencia que no supe si era de respeto o de nervios. —Señor Romano, es un honor recibirlo. —Luego bajó la mirada y su expresión se suavizó de golpe—. Y tú debes de ser la señorita Audrey. Mi hija se escondió detrás de mi pierna y asomó solo un ojo verde, con la desconfianza de un gato ante una visita. Nos enseñó la academia como quien enseña una joya de familia: los pasillos de mármol pulido, los vestuarios con percheros de madera tallada y espejos con marco dorado; un pequeño teatro de butacas de terciopelo rojo donde los niños hacían su recital de fin de año ante embajadores y apellidos que salían en las páginas de sociedad; y unos corredores cubiertos de fotografías enmarcadas de exalumnas que ahora bailaban en compañías de toda Europa, cada una con una placa dorada bajo el retrato. Audrey soltó mi pierna un centímetro por cada foto, hasta que terminó caminando a mi lado con la barbilla en alto. —La matrícula son mil doscientos euros —continuó la señora Marchetti mientras nos guiaba hacia su despacho— y la mensualidad, novecientos, con dos clases por semana. El uniforme y las zapatillas se encargan aparte, en una casa de costura con la que trabajamos desde hace años, pero… —Pagaré el año completo —la interrumpí—. Lo que me interesa no es el precio, señora Marchetti, sino saber quién va a enseñarle a mi hija.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

Atrapada en las manos del Ceo

read
61.2K
bc

HERENCIA DEL CAOS "EL JUEGO DE LAS SOMBRAS"

read
1.4K
bc

La Pequeña Obsesión del Ceo Oscuro.

read
42.4K
bc

Su hermano, mi pecado

read
12.6K
bc

CONTRATO DEL CAOS

read
4.0K
bc

LA HERENCIA DE LOS DÍAS PERDIDOS.

read
2.6K
bc

EL ECO DE TU AUSENCIA

read
16.4K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook