El mismo día
Ginebra
Valérie
¡Maldición! Por un segundo sentí que volvía a mi infancia, a esa época en la que hacía travesuras y luego no sabía cómo evitar que me reprendieran.
Pero fue absurdo encontrarme con Adrián en la escuela. Lo peor era que tenía la mente en blanco mientras observaba con disimulo a Mia jugando a lo lejos.
Quizás debía sincerarme sobre Mia. Pero aún no me sentía lista para abrirme con Adrián. Necesitaba ir a mi paso, descubrir si podía confiar… y, sobre todo, tener la certeza de que no me equivocaba, de que el tonto de mi corazón esta vez no jugaría en mi contra.
Porque lo que había comenzado como un noviazgo falso se estaba convirtiendo en algo más peligroso. Y más profundo.
Al final sobreviví a su pequeño interrogatorio con una disculpa improvisada, y él también justificó su presencia en el lugar con una explicación inusual, aunque no desaprovechó para lanzarme algunas indirectas que me descolocaron.
Desde entonces andaba a las corridas entre la escuela, el trabajo y mi novio falso. Aun así, me hice tiempo para visitar a Beatriz. No merecía mi ingratitud.
Y ahí estaba, en el jardín de la mansión. Mia jugaba con su muñeca sobre el césped. Mi padre caminaba por el sendero hablando por celular de negocios, con ese tono seco que siempre usaba cuando cerraba acuerdos. Y Beatriz permanecía a mi lado, con una sonrisa tranquila mientras comentaba sobre su día.
—Quisiera hacer más por esos niños… lástima que no puedo —dijo Beatriz con un suspiro suave—. Pero al menos me alegra que siguieras mi consejo. A Mia se la ve feliz contigo.
Seguí la figura de mi hija con la mirada.
—Y yo soy feliz de tenerla conmigo —respondí en voz baja—, pero a veces no puedo evitar preguntarme quién fue capaz de abandonarla en un basurero. ¿Qué clase de mujer puede ser tan miserable?
Beatriz negó despacio.
—No pienses eso, Valérie —replicó con calma—. No vale la pena.
Fruncí el ceño.
—Opino lo contrario —insistí con firmeza—. Y quisiera investigar la procedencia de Mia. No sé… buscar en archivos de hospitales, preguntar en la zona donde fue encontrada…
Beatriz me miró con atención.
—¿Cuál es el propósito, hija? —preguntó con cautela—. ¿Encontrar a esa mujer que la parió? ¿Vas a reclamarle?
Bajé la mirada un segundo.
—Tener paz —murmuré—. Saber que nadie llegaría un día a mi puerta y la arrancará de mi lado.
Beatriz deslizó su mano sobre la mía con afecto.
—Tú eres la madre de Mia y eso no está en discusión —afirmó con suavidad—. Nadie te la quitará.
Le apreté la mano.
—Por favor, Beatriz —le pedí con insistencia—. Habla con la gente del orfanato. Cualquier información me devolvería la paz.
Beatriz suspiró antes de asentir.
—Veré lo que puedo hacer… no me pidas más.
En ese momento Mia se acercó corriendo para interrumpirnos.
—¡Mami! —murmuró con timidez, abrazando su muñeca—. Ya me aburrí de jugar sola… quisiera jugar con Vera.
Beatriz levantó las cejas con una pequeña sonrisa.
—Valérie, es la tercera vez que escucho a Mia hablar de su amiguita —comentó divertida—. Tu hija necesita pasar más tiempo con niños de su edad.
Miré a Beatriz.
—¿Quieres que le organice una reunión de juegos? —pregunté.
Pero antes de que pudiera responder, Mia soltó un grito de emoción.
—¡Sí! ¡Sí, llama a Vera! —exclamó dando pequeños brincos.
Beatriz me lanzó una mirada cómplice y yo asentí con la cabeza.
El caso es que llevo días haciendo malabares para llegar temprano a la escuela y no lo he conseguido. Me quedo hasta tarde en la oficina revisando los últimos detalles de la alianza con Diamond Volkov, mientras el idiota de Lukas dice que los necesita… o mejor dicho, intenta boicotearme.
También pensé que sería bueno poner un poco de distancia entre Adrián y yo, dejar que todo fluya con naturalidad, sin andar corriendo. Por eso apenas nos hemos visto.
Lo cierto es que no quiero seguir aplazando esa charla con la mamá de la amiguita de mi hija. La pobre está tan ilusionada que me siento culpable por haberla dejado en segundo plano.
Así que ahora estoy llamando a Adrián. Necesito que me cubra con Lukas. Pero no responde su celular.
El semáforo cambia de luz y detengo el auto. Mientras espero, mis ojos se clavan en el retrovisor, observando a mi hija en el asiento trasero. Mia está balanceando las piernas con su mochila apoyada en las rodillas, mirando por la ventanilla con impaciencia.
—Mia, ya estamos llegando. Aún no es el horario de entrada —le digo con una pequeña sonrisa en los labios—. Y hoy sí hablaré con la mamá de tu amiga.
Se inclina hacia adelante de inmediato.
—¿De verdad? —pregunta emocionada.
Asiento con la cabeza mientras el semáforo vuelve a cambiar.
Vuelvo a marcar el número de Adrián y pongo el celular en altavoz.
—Vamos… responde —murmuro entre dientes.
Al fin escucho su voz por el celular.
—Hola, Valérie —saluda Adrián con su voz juguetona—. Tan temprano me extrañas, pero tranquila que en unos minutos nos vemos…
Suelto un suspiro.
—Hola, Adrián. Te llamo por eso mismo —explico apresurada—. Tuve una emergencia y llegaré un poco tarde a la reunión con Lukas…
Antes de que puedas seguir me interrumpe.
—No, no, no, no puedes pedirme que te cubra —se queja con su voz irritada—. Estoy en medio de algo.
Aprieto el volante con fastidio.
—¡Por favor! Eres mi novio falso… y se supone que soy tu prioridad —insisto—. ¿O eran puras mentiras las de la otra noche?
Del otro lado se escucha una breve risa.
—Soy tu novio sin más adornos, ¿sí o no? —sus palabras me arrinconan.
—Adrián, no hagas esto ahora —protesto indignada—, menos por teléfono.
—Voy a colgar… —advierte cortante.
Entrecierro los ojos.
—Lo hablamos en la cena que tendremos esta noche —reviro con voz fría—, ¿sí?
Sí, negocio, ahora no tengo tiempo para discutir, más bien necesito de su ayuda, pero solo obtengo silencio al otro lado de la línea.
—De acuerdo, novia mía —accede al fin—. Pero luego no protestes.
Lo ignoro.
—Nos vemos en la reunión —concluyo con voz apresurada.
Cuelgo justo cuando el tráfico avanza.
Giro el volante y entro en la calle de la escuela, pero una larga fila de autos bloquea el paso. Padres bajando a sus hijos con prisa, mochilas colgando de hombros diminutos, profesores vigilando la entrada.
—Mia, voy a estacionar el auto en esta cuadra. Caminemos a la entrada.
Un rato después
Avanzo con Mia por el patio de la escuela mientras observo con atención a los padres y a los niños que cruzan a nuestro alrededor. Risas, mochilas de colores, saludos apresurados antes de entrar a clases.
Aprieto suavemente la mano de mi hija.
—¿Ves a tu amiguita, hija?
Mia se estira un poco para mirar mejor.
—Allá viene Vera con la profesora —señala con entusiasmo—. Es la niña de trenzas.
Sigo la dirección de su mano. Entonces veo a una niña de cabellos rubios, ojos verdes y piel muy blanca camina junto a la profesora. Lleva dos trenzas y una sonrisa dulce que me descoloca por completo. Pero lo más grave en lo que percibo. Hay algo en ella que me resulta… extrañamente familiar.
Mia corre hacia su amiguita y la abraza con efusión. Pero yo sigo observando cada gesto, cada rasgo, cada expresión de la niña.
—Vera, mi mamá vino a hablar con tu mamá para que juguemos juntas —le explica Mia con entusiasmo.
—Buenos días, señorita Laurent —dice la profesora con amabilidad—. Las niñas deben entrar al salón. Por favor, despídase.
Parpadeo, todavía distraída.
—Sí… claro —respondo algo aturdida.
Me inclino y le doy un beso en la mejilla a Mia. Pero mis ojos siguen regresando a la otra niña.
Las veo entrar al salón, pero siento una agitación inexplicable en el pecho. Y antes de que la profesora cruce la puerta, la detengo.
—Disculpe, profesora —la llamo con calma—. Quería preguntarle algo sobre Vera… ¿conoce a sus padres?