Lo que no estaba en los planes (3era. Parte)

1530 Words
El mismo día Ginebra Valérie Mi padre, desde muy joven, me inculcó la responsabilidad como si fuera una ley. Para él nunca fui “la hija del dueño”. Fui otra empleada más dentro de la empresa, alguien que debía demostrar que merecía cada paso que daba. Tuve que ganarme cada ascenso, cada oficina, cada decisión que hoy pasa por mis manos. Por eso cumplo con mi trabajo incluso ahora, a pesar de la pésima relación que mantengo con Lukas. Entonces no voy a decepcionar a mi padre solo para entorpecer la gestión del idiota de mi hermano. Hay otras formas de sacarlo de la presidencia… y pienso encontrarlas. Lo que no voy a permitir jamás es que un presumido y arrogante como Adrián Volkov venga a encasillarme como una niña malcriada, a insultarme o a descalificarme solo porque le da la gana. Y estaba a punto de cruzarle la cara de una bofetada o, peor aún, de soltarle las cuatro verdades que se merece. Pero entonces mencionó la propuesta entre nuestras empresas. Me detuve o más bien sus palabras chocaron directo contra mi orgullo. Permitir que hablara con Lucas sería un desacierto. Un error imperdonable que lo colocaría exactamente dónde quiere seguir: en la presidencia. Y eso… bajo ningún concepto… puede suceder. Así que ahora guardo silencio. Lo observo mientras evalúo si vale la pena soportar a don presumido por unos minutos más. Le sostengo la mirada, desafiante, mientras él espera mi respuesta con esa calma irritante que parece disfrutar. Resoplo. Al final dejo escapar las palabras. —Soy civilizada, Adrián —digo con frialdad—. Por eso accederé a hablar contigo de la propuesta… siempre y cuando puedas comportarte como un caballero. Una ceja suya se eleva apenas. —¿Cuándo no lo he sido? Lo fulmino con la mirada, pero él parece divertirse. —Creo que comenzamos con el pie izquierdo —añade con una voz casi empalagosa—, pero quiero arreglarlo. Soy Adrián Volkov, tengo una maestría en finanzas, prefiero el café al té y… Niego con la cabeza antes de que continúe. —No estás en una entrevista de trabajo —lo corto con desdén—. Y mucho menos en una cita romántica como para que me interese conocerte. Limítate a la propuesta. Sus labios se curvan apenas. —Diablos… sigues siendo agresiva. —¿Wow? —replico con sarcasmo—. ¿Ya tienes la inteligencia para percibir eso? Su sonrisa aparece de nuevo, pero esta vez no tiene nada de amable. —Será a tu manera, Valérie. Inclino la cabeza con frialdad. —¿Estás listo para los negocios de adultos? En ese momento las puertas del ascensor se abren con un suave tintineo en el piso de presidencia. Hago un gesto con la mano invitándolo a salir primero. En la noche Fue una tarde larga en compañía de Adrián Volkov. Le expliqué cada proceso de la fabricación de los relojes, desde la selección de los materiales hasta el ensamblaje final. Caminamos por los talleres mientras él hablaba con cada técnico como si necesitara desmenuzar hasta el detalle más insignificante. Y cuando llegamos al departamento de diseño… fue peor. Parecía un niño visitando un museo por primera vez. Observaba cada boceto, cada pieza, cada engranaje con una curiosidad casi obsesiva, preguntando una cosa tras otra. Lo hizo… diez veces más de lo necesario. Insoportable o quizá era su manera de vengarse por no haber cedido a sus encantos. En fin, ahora deslizo la llave en la cerradura de mi pent-house y empujo la puerta. Lo primero que escucho es una risa infantil que me desarma por completo. Y todo lo demás deja de importar. Ahí está Mia, sentada en el sofá con las piernas dobladas bajo su cuerpo, concentrada en la televisión. Sus ojitos azules brillan mientras mira dibujos animados como si el mundo entero estuviera dentro de la pantalla. Me acerco despacio. Dejo caer el bolso en el sillón y la rodeo con los brazos, apretándola contra mí mientras lleno su rostro de besos. —¡Mami! —se queja con su vocecita—. Quiero ver al conejo… Una sonrisa se dibuja en mis labios. —Te extrañé mucho —murmuro contra su cabello—. ¿Y tú no? Ella asiente rápido. —Sí… mucho —dice, frunciendo la nariz—. Te fuiste temprano y no te vi cuando desperté. Le acomodo un mechón de cabello detrás de la oreja. Y entonces, inevitablemente, recuerdo el día que la vi por primera vez: tan pequeña, tan frágil llorando mientras agitaba sus bracitos para que alguien la levantara. Fue una época extraña. Yo vivía sumergida en el trabajo intentando aplacar el dolor por el bebé que perdí. Apenas respiraba fuera de la empresa. Pero mi madrastra, Beatriz, siempre empeñada en sus labores filantrópicas, me arrastró una tarde a visitar un convento donde las monjas dirigían un pequeño comedor para niños. Y allí la vi. Mia estaba entre ellos. No tendría más de un año. Tenía las mejillas rosadas, esos ojos azules enormes y el cabello castaño cayéndole sobre la frente. Era tímida… tanto que me recordó a mí misma el día que pisé por primera vez la casa de mi padre. No lo pensé demasiado, supe que debía adoptarla. —Señorita Valérie… La voz de la niñera me devuelve al presente. —La niña ya cenó temprano —explica con suavidad—. Se bañó y la estaba esperando para irse a dormir. Asiento, acariciando la espalda de Mia. Hay noches en que todavía pienso en la bebé que perdí… la que me dijeron que murió. Pero entonces Mia corre hacia mí y me abraza como si yo fuera su mundo entero. Y en ese instante entiendo algo. No importa que no lleve mi sangre, ella es mi hija. Aunque a veces… a veces temo que algún día aparezca alguien reclamándola, queriendo arrancarla de mi lado. Unas horas más tarde Enciendo la lamparita de la habitación de Mia y me quedo mirándola un momento. Duerme profundamente, abrazada a su conejo de peluche, con el cabello revuelto sobre la almohada. Me inclino para acomodarle mejor la manta y aparto un mechón de su frente con cuidado. —Buenas noches, pequeña —susurro. Apago la luz principal y cierro la puerta despacio para no despertarla. Después avanzo por el pasillo con la idea de ir a la sala, sentarme un rato y hojear algunos diseños antes de dormir. La tarde con Adrián Volkov fue lo suficientemente agotadora como para no querer pensar más en él… ni en su sonrisa irritante. Pero antes de que pueda acomodarme en el sillón suena el timbre. Frunzo el ceño mientras camino hacia la puerta. —¿Quién será a esta hora? —murmuro para mí misma—. ¿Beatriz…? ¿Papá? El timbre vuelve a sonar, esta vez con una insistencia que ya me pone de mal humor. —Sí, ya voy… Giro la perilla y abro la puerta… solo para encontrarme con la última persona que quería ver esta noche. Y ahí está Lukas con esa cara de amargado que conozco tan bien, como si la vida le debiera algo desde el día en que nací. —Tenemos que hablar. Cruzo los brazos sin moverme del marco de la puerta. —Buenas noches primero que todo —respondo con frialdad—. Después veré si te recibo en mi departamento. Pero Lukas ni siquiera se molesta en fingir educación. Simplemente me aparta con el hombro y entra como si fuera el dueño del lugar. Cierro la puerta con un suspiro irritado y lo sigo con la mirada. —Qué modales tan encantadores —murmuro—. Cada día te superas más. Él se gira hacia mí con los ojos encendidos. —¿Cómo te atreves a negociar a mis espaldas con Adrián Volkov? —escupe con rabia—. ¿Con qué derecho hablas en representación de la empresa? Levanto una ceja ante su descaro. —Lukas, aunque te duela compartimos el mismo apellido —respondo con calma—. Tengo los mismos derechos que tú como accionista. —Te equivocas. Da un paso hacia mí. —Tienes la obligación de reportarte conmigo —continua—. Yo soy el presidente. Por eso te prohíbo acercarte a Adrián Volkov. La rabia me sube por la garganta. —No tengo que pedirte permiso para nada —replico, sosteniéndole la mirada—. Mucho menos cuando se trata de mi vida personal. Lukas suelta una risa cargada de desprecio. —Por favor… —dice, recorriéndome con la mirada—. ¿Adrián y tú? Niega con la cabeza, —No me lo creo ni un segundo. Un sujeto como él jamás se fijaría en una bastarda como tú. La palabra cae como un golpe, siento como todo mi cuerpo se tensa. —Cuida esa lengua de serpiente, Lukas —le advierto en voz baja—, porque no respondo si vuelves a repetirlo. Él inclina la cabeza, divertido, como si mi amenaza fuera un espectáculo. —Entonces demuéstrame que eres la novia de Adrián Volkov… y consideraré dejarte a cargo de la alianza.
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