Jugando con fuego (2da. Parte)

1518 Words
La misma noche Ginebra Valérie Ceder, retractarme, admitir que mentí sobre un noviazgo con Adrián Volkov… esas palabras jamás las escucharía de mis labios, Lukas. Sería como entregarle mi cabeza en bandeja de plata. O peor aún, darle el arma perfecta para destruirme. Sí, no lo pensé bien. Pero ahora debía mantener la fachada hasta el final, como una buena actriz. Y aun así… no tenía la menor idea de cómo salir de mis propias mentiras. Me tomé un segundo para respirar y pensar con la cabeza fría. Luego levanté el mentón y dejé que mi voz rasgara el ambiente. —Lukas no tengo porque demostrarte nada —escupí rabiosa, clavando mis ojos en los suyos—. Mi vida privada no te concierne. Él soltó una risa breve, sin humor. —Error hermanita —replicó con calma venenosa—. Cuando tu vida privada pone en riesgos los intereses de la empresa claro que me concierne. Sus pasos resonaron suaves sobre el suelo mientras comenzaba a caminar lentamente a mi alrededor, como si me estudiara. —Pero solo que me mientas y no exista ningún noviazgo con Adrián —añadió con esa mirada gélida que siempre usaba cuando intentaba intimidarme. La rabia me subió como fuego por la garganta. —¡Que si lo hay! —chillé, apretando los puños—. Aunque te disguste. Lukas arqueó una ceja. —Como auspiciantes de la exposición de Tony podemos ir con quien queramos —explicó con su voz venenosa—. Llévalo al evento. Desvié la mirada un segundo, tratando de mantener el control. —Adrián salió de viaje. No podrá acompañarme. Una sonrisa lenta apareció en su rostro. —¡Que conveniente! —murmuró con ironía—. Pero como su novia sabrás como convencerlo de acompañarte. Se detuvo frente a mí, inclinándose apenas. —Hazlo y tal vez te dejaré a cargo de la alianza con su empresa —espeto desafiante. Torcí la boca con desprecio. —Ya dijiste a lo que viniste. Ahora hazme el favor de respirar de tu nefasta presencia, no quiero tener pesadillas. Lukas soltó una risa baja. —Yo siempre tengo pesadillas contigo, y no me quejo. Se encaminó hacia la puerta con paso tranquilo. Pero antes de salir se detuvo, como si hubiera recordado algo. Giró apenas la cabeza. —Cierto, mamá te manda saludos… llámala o visítala con esa mocosa que adoptaste. La furia me atravesó como un rayo. —Al menos yo tengo hijos, herederos —revire rabiosa—. No como tú. El portazo resonó con violencia en el departamento. Me dejé caer en el sillón, pasando una mano por mi rostro mientras intentaba pensar cómo demonios iba a salir de semejante aprieto. Porque una cosa era mentirle a Lukas… y otra muy distinta pedirle a Adrián Volkov que participara en esa mentira. Algo que no tenía intención de hacer… aunque parecía caminar en un laberinto de puertas sin salida. Y hoy temprano seguía dándole vueltas a lo mismo mientras fingía revisar unos bocetos cuando Diana entró hablando sin parar de uno de sus pretendientes. —Volvió a llamarme el seductor de Robert… unas cuantas citas más y… —su voz se fue perdiendo como un eco distorsionado mientras yo seguía mirando los bocetos sin verlos realmente. —¡Valérie! —su exclamación cortó el aire. Levanté la mirada apenas. —Te estoy hablando de una decisión trascendental y ni pestañeas —reclamó con indignación exagerada. —No salgas con ese sinvergüenza… —murmuré con desgano. Diana entrecerró los ojos, estudiándome. —Ya sé lo que te sucede —sentenció finalmente, apuntándome con el dedo—. Y tengo la solución perfecta. Me acomodé en la silla, escéptica. —A ver… —Agarra el celular e invita a Adrián —dijo con total naturalidad—. Fin del problema. Negué con la cabeza de inmediato. —Ni loca llamo a ese hombre —sentencié con firmeza—. No voy a pedirle que finjamos ser novios, no después de todos los desplantes que le he hecho. Diana cruzó los brazos. —Deja el orgullo a un lado —replicó con una paciencia que sonaba peligrosamente burlona—. ¿O me vas a decir que prefieres que Lukas te pase por encima otra vez? Apreté los labios. Maldita sea… ella sabía dónde golpear. —No es eso —murmuré con fastidio. —Claro que es eso —insistió con una media sonrisa—. Y además admítelo: te encantaría darle su merecido a tu hermano. Torcí la boca sin poder evitarlo. Diana sonrió como si acabara de ganar una apuesta. —Esa respuesta me sirve —anunció satisfecha—. Y por cierto. Dame las gracias. Fruncí el ceño. —¿Por qué? —Porque le envié una invitación a Adrián —respondió con absoluta tranquilidad. Parpadeé. —¿Qué hiciste? —Lo que tú no te atreviste a hacer —replicó encogiéndose de hombros—. Ahora cruza los dedos para que aparezca en la galería… o llámalo tú misma y asegúrate. Respiré hondo y negué con la cabeza. Sí, el orgullo me ganó. Me convencí de que bastaría mantener mi mentira por mi cuenta. No necesitaba la ayuda de Adrián Volkov. En fin, cuando pensé que sería otra velada aburrida apareció el adulador de Rick Connor. Un sujeto con aires de galán irresistible, sonrisa ensayada y esa seguridad artificial de los hombres que creen que todas las mujeres están esperando caer rendidas ante ellos. Pero cuando menos lo esperé apareció Adrián. Su expresión estaba endurecida, casi peligrosa. Por un instante parecía el noble caballero que llega al rescate de su damisela en peligro… aunque con él nunca estaba segura de si venía a salvarme o simplemente a divertirse a mi costa. Por un segundo no supe cómo encasillar su actitud. Y como siempre, encontró la forma de exasperarme con esa pose divertida, con ese maldito talento para jugar conmigo. Entonces vi a Lukas acercarse con esa calma calculada de depredador. Fue entonces que comprendí que caí en mi propia trampa. Ahora dependo de Adrián, de que me siga el juego, de que sostenga mi mentira. El silencio entre los tres se estira como una cuerda a punto de romperse. Hasta que la voz de Adrián rasga el ambiente. —Mucho gusto Lukas. Disculpa conocernos en estas circunstancias… —comenta con una calma impecable, casi divertida— pero por suerte mi bella novia es muy comprensiva. Su brazo rodea mi cintura con una naturalidad peligrosa, acercándome apenas a él. —Amor… —digo sosteniendo la sonrisa con esfuerzo— sé que tienes responsabilidades… Una pequeña risa escapa de Adrián mientras mira a Lukas. —¿Ves a lo que me refiero Lukas? Qué suertudo que soy —añade con descarada satisfacción. No me da tiempo a reaccionar. Se inclina y me besa. No es un beso rápido para convencer a mi hermano, más bien es lento, profundo. Sus labios se posan sobre los míos con una calma que me desarma. Su mano se afirma en mi cintura y me acerca apenas más a su cuerpo, como si el gesto fuera lo más natural del mundo. El murmullo de la galería se vuelve lejano mientras mi corazón empieza a latir con fuerza. Y cuando debería apartarme… no lo hago. Mis dedos terminan aferrándose a la tela de su chaqueta sin pensarlo demasiado, y antes de darme cuenta estoy respondiendo el beso. Cuando finalmente se separa, mi respiración no está tan estable como debería. Y eso es lo que más me irrita… que por un segundo he olvidado que todo es una mentira. La voz de Lukas irrumpe entonces, rompiendo el momento. —Valérie, Adrián… nos vemos después —dice con una cortesía que suena demasiado tensa—. Voy a saludar a unos amigos. Permiso. Apenas lo veo alejarse recupero mi máscara de indiferencia y me separo con brusquedad. —Suéltame Adrián —me quejo con irritación, apartando su mano de mi cintura— no te aproveches de la situación. Levanta una ceja, divertido. —¿Cuándo? —pregunta con fingida inocencia— si tú eres la que está haciéndolo con esto de ser novios. Lo miro incrédula. —Me acabas de besar delante de mi hermano como si fuéramos de verdad algo —reclamo con mi voz irritada. Ladea la cabeza. —Me confundes Valérie —replica con una tranquilidad que solo consigue irritarme más. Aprieto los dientes. —No te hagas el tonto —murmuro con fastidio contenido— bien que entendiste la situación. Me observa en silencio, pensativo, como si estuviera armando un rompecabezas. —Por alguna razón que desconozco necesitas que sea tu novio falso delante de tu familia —concluye finalmente con tono reflexivo. Da un paso hacia mí. —Pero si vamos a hacer esto… será a mi manera —advierte con firmeza. Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad incómoda. —Con mis reglas. Decide ahora… o me marcho por esa puerta —remata mirando por un segundo la entrada de la galería y vuelve a mí.
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