Lo que no estaba en los planes (1era. Parte)

1135 Words
El mismo día Ginebra Valérie Las rivalidades entre hermanos existen en todas las familias, pero la mía con Lukas comenzó el día que mamá murió. No solo tuve que sobrellevar su ausencia a una edad en la que apenas entendía la vida, sino soportar los berrinches de Lukas cuando papá me llevó a vivir con su esposa, Beatriz, madre de mi medio hermano. Desde entonces somos como perros y gatos: nos gritamos, discutimos, y, a veces, logramos ser civilizados… aunque solo por minutos. Pero era hora de demostrarle a papá que se había equivocado al sentar a Lukas en la presidencia. Encima, estaba harta de soportar sus ínfulas de jefe. Y la oportunidad llegó de la mano de Diana. Solo me tomé un segundo para responder a su reto. —Diana, sabes cómo alimentar mi rivalidad con Lukas —solté, ladeando la sonrisa con sarcasmo. Ella se encogió de hombros, imperturbable. —Aprovecho el momento en mi beneficio —respondió con descaro—. ¿Es un pecado? Negué con la cabeza, divertida. —Pecado es que utilices tu talento para manipularme —espeté con calma—. Pero espero que estés lista para obtener esa negociación. No quiero quedar en ridículo con Lukas. —Tranquila, es mi deber saber todo sobre Adrián Volkov —aseguro con firmeza. Se cruzo de brazos y me lanzó una mirada inquisitiva. —Y la Valérie que yo conozco no tira la toalla antes de tiempo —continuó con su voz empalagosa—. Ella es una fiera en los negocios, destroza a cualquiera y esta noche brillará. Accedí. No tenía nada que perder. Más bien, podría sacar a Lukas de la presidencia. Así llegamos a un restaurante del centro de la ciudad, elegante y silencioso, perfecto para este tipo de reuniones. Pero llevo más de media hora escuchando a Germán Halford, ejecutivo del grupo Volkov, hablar mientras su jefe sigue sin aparecer, y mi pie tamborilea bajo la mesa. Juro que estoy a punto de mandar todo al diablo por la falta de profesionalismo. Miro el reloj por tercera vez. —Señorita Laurent, me agradan estos porcentajes que manejamos; el catálogo tiene buenos diseños, aunque podrían ser deslumbrantes —dice Halford, ajustándose la corbata, impecable en su formalidad. Lo miro sin parpadear. —Señor Halford, no quiero ser descortés, ni incomodarlo con mi sinceridad —respondo, controlando la irritación—. Pero la reunión fue pactada con su jefe, no con un ejecutivo del grupo Volkov. Asiente apenas. —Entiendo su disgusto y le vuelvo a ofrecer disculpas por el atraso de Adrián. Debió surgir un contratiempo de último minuto —replica, firme, pero no logra convencerme. Me levanto del asiento. —Necesito un momento a solas. Permiso. Sin esperar respuesta, me alejo. Detrás de mí, Diana corre unos pasos, como si quisiera detenerme. —¡Valérie, espérame! No te atrevas a marcharte —exclama con la voz atropellada. Me giro, apretando los labios. —Esto es absurdo —murmuro entre dientes—. No voy a perder más tiempo esperando a ese hombre. Tengo responsabilidades. Diana protesta. —Valérie, solo lleva veinte minutos de retraso. Entrecierro los ojos, mi rostro se endurece. —Suficiente para demostrar que es un idiota engreído —reclamo furiosa. Diana suelta una risa contenida. —Dicen que es muy atractivo… —Y así sea un adonis griego, no tiene derecho a plantarnos —la interrumpo, controlando la rabia—. Debe vivir creyendo que puede hacer su maldita voluntad. Un leve carraspeo corta el aire. —Curioso —dice una voz masculina a mi espalda. Nos giramos. Frente a mí, un hombre alto, de porte atlético, mirada penetrante, ojos azul profundo y cabello oscuro ligeramente ondulado. La barba corta acentúa su mandíbula varonil. Viste un traje n***o que grita poder y lujo. —Porque juraría que estaban hablando de mí —añade, con una sonrisa burlona, inclinando ligeramente la cabeza—. Adrián Volkov. El mundo parece detenerse. Diana se congela, sus dedos aferrando a su vestido. Yo me tenso, siento el hormigueo en el estómago, aunque intento mantener la fachada: rostro imperturbable, mirada indiferente, mientras él sostiene esa sonrisa que me revuelve el estómago. Un rato más tarde No pedí disculpas; él debería hacerlo. Si lo hizo, o más bien, me torturo en silencio con esa sonrisa divertida que sigue usando como si fuera irresistible. Yo, fría, profesional, escucho cada uno de sus puntos sobre la propuesta de Diana, midiendo sus palabras y gestos sin perder el control. Dejo la copa sobre la mesa y miro disimuladamente la hora en la pantalla del celular. —¡Diablos! —susurro para mí misma—. Es muy tarde, ya debería estar en casa. —Creo que por ahora es todo —dice Adrián, cerrando su carpeta con un movimiento impecable—. Necesito revisar las cifras… o como ustedes dicen, consultarlo con la almohada. —Perfecto —respondo con una sonrisa forzada—, entonces estamos hablando. Me cuelgo el bolso al hombro y me levanto del asiento, sintiendo cada mirada clavada en mí. —Espera, Valérie, no te marches todavía —interviene Adrián, con voz suave pero firme—. Quiero borrar esa mala impresión que te dejé por mi tardanza… quizá otra botella de vino, ir a una discoteca a bailar, o lo que quieras. Diana me lanza esa mirada de súplica; Adrián espera expectante. Yo guardo silencio, imperturbable, dejando que su ansiedad crezca un poco. A la mañana siguiente. Unas cuantas palabras estudiadas de Adrián Volkov no iban a convencerme de soportar su presencia otra vez. Obvio, le escupí un no rotundo en su cara; alguien tenía que darle su merecido al playboy arrogante. Y ahora voy a las corridas, supervisando los diseños. Necesito sacar ese lote de relojes antes de que termine la semana. Entro al ascensor con la mirada fija en los documentos, concentrada. Las puertas comienzan a cerrarse cuando una mano se interpone. Se abren de nuevo y ahí está Adrián Volkov, de pie, elegante, impecable. Me observa con la seguridad de alguien que ya sabe exactamente quién soy. —Pensé que hoy también me describirías —suelta de pronto, con una mezcla de burla y desafío. Frunzo el ceño, cruzando los brazos sin apartar mi mirada de la suya. —¿Perdón? —pregunto, confundida, mientras mis dedos se aferran a la carpeta. —Idiota. Engreído —dice con calma, midiendo cada palabra—. Recuerdo bien. Aprieto los labios, conteniendo mi malestar. —¿Vino hasta mi empresa para reclamarme eso? —pregunto, con voz amarga, clavando la mirada en la suya. Sus ojos brillan con algo parecido a entretenimiento. Inclina la cabeza, imperturbable. —¿O el señor pretende ir con el chisme a Lukas? ¿O está aquí por rechazar su invitación?
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