El mismo día
Ginebra
Lukas
El informe sobre la vida de Adrián Volkov contenía un dato alarmante. No era una simple coincidencia ni algo que pudiera ignorar. Más bien podía convertirse en una bomba capaz de destruirlo todo… si mis dudas se confirmaban.
Céline lo comprendió con solo mirar la fecha y el nombre del hospital.
Pero yo… yo seguía buscando en mis recuerdos de aquella noche algo que pudiera borrar mis sospechas.
Repasaba cada momento: desde la llegada al hospital, mi discusión con el doctor, hasta el nacimiento de esa ratita que parió Valérie… y aun así no encontraba certezas de nada.
Ahí estaba, con el sobre entre mis manos, en silencio, todavía desconcertado por la información, cuando la voz de Céline cortó el ambiente.
—Lukas, deja de revolver el pasado —dijo con impaciencia, cruzándose de brazos—. Lo que buscas no está en tu mente.
Solté un resoplido áspero.
—Me cuesta creer que esto esté pasando —mascullé, apretando el sobre entre los dedos—. ¿Por qué carajos la esposa de Volkov tuvo que dar a luz la misma noche y en el mismo hospital que Valérie?
Céline se encogió apenas de hombros.
—Son cosas que estaban fuera de nuestro control —respondió con frialdad—. Nadie podía ver el futuro. Además… —añadió tras una breve pausa— no olvidemos que nacieron tres bebés más esa noche.
La miré con los ojos endurecidos.
—Ubica a la puta que contrataste para hacerse pasar por enfermera —ordené con voz baja, pero cargada de rabia—. Que nos diga qué hizo con esa bebé.
La furia me hervía en la sangre. Caminaba de un lado a otro por la habitación, incapaz de quedarme quieto.
De pronto me detuve frente a ella.
—Pero todo lo que está sucediendo es tu culpa —solté señalándola con el dedo—. A la señora le dio por hacerse la ofendida cuando tuve la idea.
Céline soltó una risa corta, amarga.
—Lo que querías era lavarte las manos si algo salía mal —replicó sin inmutarse—. ¿Ya no recuerdas cómo te pusiste después de haber inducido el parto de Valérie?
Mis labios se tensaron.
—Si hubiera querido asesinarla… —murmuré acercándome un paso más— habría duplicado la dosis que puse en su café.
La miré con frialdad.
—Y no lo hice.
Céline negó con la cabeza, con una mueca de desprecio.
—Marica cobarde —masculló entre dientes.
Antes de que pudiera reaccionar, le agarré el rostro con fuerza.
—¡Puta! ¡Ramera! ¡Golfa vulgar! —escupí con furia—. Te saqué de ese antro para que vengas a pagarme de esta manera.
Apreté su mandíbula con más fuerza.
—Cuidado, Céline —le advertí en voz baja—. No me busques… porque me encontrarás.
Ella me apartó la mano de un golpe.
—¡Sácame las manos de encima, Lukas! —espetó furiosa, frotándose la mejilla—. Y no vuelvas a amenazarme. No te conviene que hable Oscar… no te creas que tu mamita te salvará.
Respiré hondo, tratando de controlar la rabia que me quemaba por dentro.
Di media vuelta y hablé sin mirarla.
—Busca a esa perra de Mirella —ordené con frialdad—. Necesito saber el paradero de esa ratita.
Apreté los puños.
—Si la echó a la basura… o la colocó con otra familia.
Y ese fue el inicio de que toda la porquería comenzara a flotar frente a mi cara. Porque no pasó mucho tiempo antes de que Valérie entrara hecha una furia por la puerta de mi oficina.
Estaba con el celular pegado a la oreja cuando el azote de la puerta me obligó a levantar la mirada.
Sus ojos echaban chispas. El pecho le subía y bajaba con rapidez, como si acabara de correr una maratón. Y su voz no tardó en retumbar por toda la oficina.
—¡Desgraciado! —escupió con rabia—. ¿Cómo has podido contratar al idiota de David? ¿Cómo te atreviste a caer tan bajo?
Alcé una mano, tratando de frenar su arrebato.
—¡Basta! ¡Basta! —gruñí con impaciencia—. Escucha…
Señalé la puerta con el dedo.
—Si no puedes ser profesional, ahí está la salida. Debo sacar adelante la empresa… y tú no vas a impedirlo.
Valérie soltó una risa amarga.
—No me vengas con ese cuento —replicó cruzándose de brazos—. Lo hiciste para fastidiarme, para desquitarte porque me quedé a cargo de la alianza con Adrián.
Mis labios se curvaron en una sonrisa torcida.
—Eso de abrirte de piernas con Adrián te servirá por unas semanas —solté con veneno—. Pero después ese playboy se cansará de ti.
Sus ojos se encendieron de furia.
—¡Cierra la maldita boca! —me espetó dando un paso hacia el escritorio—. Me respetas…
Me recosté en la silla con absoluta calma.
—La boca es mía —respondí con desdén—. Y digo lo que me da la gana.
Valérie apretó los puños.
—¡Vete a la mierda, Lukas! —escupió con desprecio—. Esta me la pagas. Vas a salir arrastrado de la empresa.
Sus ojos brillaron con una mezcla de rabia y desafío.
—Papá va a saber la clase de basura que tiene por hijo.
Solté una carcajada seca.
—¡Ve corriendo a contarle, como siempre! —me burlé señalando la puerta—. ¡Ve a quejarte con él!
Se dio la vuelta y azotó la puerta, pero sabía que no sé quedaría tranquila, haría lo que fuese para cobrarme por la jugarreta de David. Por eso debía contraatacar, preparar mi siguiente movimiento.
Y aprovechando que llegue temprano a la oficina. Ahora estoy reunido con el gusano de David, escuchando cada una de sus estupideces como si realmente me importaran.
David suelta una risa baja mientras se acomoda en la silla.
—Fue divertido ver la cara de Valérie cuando me vio en el ascensor —dice con descaro—. Lástima que no será fácil follarla… no te ofendas, pero tu hermana sigue siendo una preciosura.
Frunzo el ceño con disgusto.
—Ahórrame tanta vulgaridad que sale de tu boca —le corto con frialdad—. Mejor pon a trabajar ese cerebro para separar a la feliz parejita.
David se reclina en la silla y tuerce la boca.
—Si me acerco a la tigresa de tu hermana me arranca los ojos —se burla—. No he visto mujer más resentida. ¿Cómo pretendes que la seduzca?
Mis dedos tamborilean sobre el escritorio, pensativo.
David alza los hombros.
—Tal vez al playboy podríamos ponerle una trampita… —propone con una sonrisa torcida—. Una puta, un par de billetes, unas fotos.
Niego con la cabeza.
—No, idiota —suelto con malestar—. Valérie sospechará. Recordará el pasado y sabrá que todo fue orquestado.
Me quedo unos segundos en silencio buscando ese hilo de donde tirar.
Adrián Volkov no es un imbécil, pero como todos los hombres es un macho alfa, detesta la competencia, detesta perder a su presa.
—Pero Adrián… es manipulable.
David entrecierra los ojos.
—¿Qué tienes en mente? —pregunta con dudas.
Ladeo la cabeza con calma.
—Crea el ambiente perfecto —ordeno con calma—. Un cóctel, una velada de negocios…
Clavo mi mirada en la suya.
—Las llaves del departamento de Valérie… te las entregaré yo— añado con frialdad.
David arquea las cejas.
—¿Y después? —pregunta con curiosidad.
Una sonrisa lenta se dibuja en mis labios.
—Del resto… te encargas tú.