El mismo día
Ginebra
Lukas
Dicen que ser el primogénito tiene sus ventajas: ser el hijo consentido, el privilegiado, el que recibe toda la atención de sus padres. Una gran mentira. Al menos en mi caso. Tal vez todo fue culpa de la pequeña aventura de don Oscar Laurent, porque tuvo la brillante idea de traer a esa bastarda de Valérie a la casa como si nada hubiera pasado. Incluso mi madre tuvo que aceptarla y criarla como si fuera su hija, fingiendo que todo era normal.
Y yo fui quien pagó los platos rotos por su desliz.
Nada volvió a ser como antes. Más bien tuve que desvivirme intentando conseguir su aprobación, esforzarme el doble para demostrar que yo era el heredero que esperaba, pero ni aun así lo lograba. Nunca era suficiente. Ella era la niñita de papá, la pequeña joya que debía proteger, y yo… yo era el hijo que jamás cumplía con sus malditos estándares.
Todo se volvió una mierda. O quizá, con el tiempo, simplemente entendí algo mucho más simple: si quería ganar, debía declararle la guerra a Valérie.
Desde entonces aprovecho cualquier oportunidad para hacer valer mis derechos como legítimo heredero, para recordarles a todos quién debía llevar las riendas del imperio Laurent.
Aunque todo cambió hace unos días.
Estaba en mi oficina, inmerso entre papeles y balances, cuando la puerta se abrió de golpe. Levanté apenas la mirada y ahí estaba Céline con esa expresión amarga que conocía demasiado bien.
—¿Qué te hizo ahora la perra de mi hermana? —lancé con desdén, sin apartar los ojos de los documentos.
Escuché sus tacones martillando el mármol mientras avanzaba hasta el escritorio.
—La bruja de Diana, con el apoyo de Valérie, consiguió una reunión con Adrián Volkov —escupió con evidente resentimiento—. Pero lo peor es que ni siquiera me hicieron partícipe. ¿Te parece justo? ¿Merezco que me pisoteen de esa forma?
Solté una risa breve, cargada de fastidio.
—No vengas con quejas —respondí con frialdad—. Te di una gerencia como me exigiste en su momento. Ahora afronta las consecuencias.
—Lukas, pensé que estábamos en el mismo equipo —replicó con irritación.
Levanté la vista al fin y la miré con una sonrisa que no tenía nada de amable.
—No me hagas reír. Bastante tengo ya con ayudarte.
Me recliné en el asiento, observándola con calma mientras saboreaba el nombre que acababa de mencionar.
—Adrián Volkov… —murmuré—. ¿Estás segura de que se reunirán con él?
Asintió con la cabeza.
—Lo acabo de escuchar de Sonya —respondió enseguida—. Ya sabes cómo es. Con esa actitud de tonta disfrazada de secretaria, pero en realidad es la portavoz oficial de todos los chismes de la empresa.
Apoyó las manos a ambos lados del escritorio y se inclinó hacia mí.
—Y eso debería preocuparte —reviró con voz venenosa—. Así como me pisotearon a mí, a ti también pueden bajarte de ese pedestal llamado presidencia.
Esbocé una sonrisa malévola.
—Eso está por verse —respondí con absoluta tranquilidad—. Valérie no me ganará.
Por eso me presenté en el penthouse de Valérie para reclamarle por negociar a mis espaldas. La desgraciada salió con que sostenía un noviazgo con Adrián Volkov, pero no me lo creí ni por un segundo. Todo olía a podrido, a mentira mal contada.
Pensé que su teatrito se le caería como un castillo de arena durante el evento de la galería. Me repetía que Adrián no iba a aparecer, que no existía tal noviazgo.
Ingenuo, estúpido, iluso… cualquiera de esos adjetivos se queda corto para describir mi error. Me confié creyendo que todo estaba bajo control.
Así que me dediqué a escanear a la parejita en la galería. Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar. La Valérie que yo conocía nunca había sido tan melosa con sus pretendientes, ni siquiera con el idiota de David Bingles, así que mis dudas no eran infundadas.
Lo cierto es que sigo repasando lo sucedido en la galería con un vaso de whisky entre las manos mientras contemplo la ciudad desde mi penthouse. De repente, mi celular vibra en el bolsillo. Miro la pantalla: es mi madre.
—Buenas tardes, Lukas —saluda con su voz inquieta—. Pensé que quizás te habías olvidado de que sigues teniendo una madre.
Cómo olvidarlo, si fue por ella que Valérie adoptó a esa mocosa que ni siquiera sabemos de dónde salió. Lleva nuestro apellido, pero no tiene una gota de nuestra sangre.
—Madre, siempre te tengo presente —miento con descaro—. Pero ya sabes que casi no tengo tiempo para nada. Y Valérie… —dejo la frase en el aire— no quiero darte quejas de ella.
La escucho resoplar al otro lado de la línea, como si mi respuesta no la convenciera en lo más mínimo.
—Quisiera tanto que esa muchacha enrumbará su vida —murmura con evidente cansancio—. Y sigo preguntándome en qué me equivoqué.
Hago girar el whisky dentro del vaso, observando el líquido ámbar chocar contra el cristal.
—Mamá, no te mortifiques ni te culpes —digo con una paciencia que no siento—. Lo mejor es que pienses en lo que te pedí. Convence a papá para que confirme mi puesto ante la junta de accionistas.
Del otro lado se instala un silencio breve que me crispa los nervios.
—Lukas… ese tema no es para hablarlo por teléfono —replica finalmente con su tono sereno de siempre—. Ven a casa a cenar y lo conversamos.
Aprieto el celular con más fuerza.
—Veré cuándo puedo y te aviso.
Cuelgo la llamada lleno de rabia e impotencia. Y en un impulso, lanzo el vaso contra la pared.
—Presumo que no conseguiste nada de tu mamita… y de paso tienes otro problema encima.
La voz cargada de desdén de Céline suena a mis espaldas.
—¿Y cuál es ese problema según tú? —pregunto con ironía mientras me giro apenas.
Contemplo su sonrisa burlona.
—Saber si existe una relación real entre tu hermana y Volkov. Pero, a mi parecer, había demasiada tensión s****l entre ellos —explica mientras camina en mi dirección—. Todavía no se han acostado.
—¿Dices que mintieron? —pregunto con cierta duda.
—Digo que no te duermas en los laureles —replica con frialdad—. Hay que sabotear esa relación antes de que se convierta en un peligro para tu puesto.
La observo unos segundos en silencio, sopesando sus palabras.
—Entonces, querida esposa —digo con voz peligrosa—, llama a tus contactos. Quiero conocer todo sobre el pasado de Adrián Volkov. Busquemos ese hilo suelto que nos permita destruir esa relación.
Céline ladea la cabeza, evaluándome.
—Yo haría algo más directo y contundente —murmura con una sonrisa apenas visible—, pero depende de ti.
Hace una breve pausa antes de rematar:
—¿Hago la llamada… o no?