Karol Brown:
Mi caminar es lento pero muy seguro, dado el caso que me encuentro de los nervios. Las manos me tiemblan del miedo pero aun así continuo.
-Tengo que hacerlo. - Me repito mentalmente.
Llego al lugar en donde habíamos quedado por un mensaje y tomo asiento en el puesto que queda más cercano de la puerta, por si acaso.
La mesera llega al instante con una gran sonrisa, que lamentablemente no le pude devolver.
-Buenas tardes señorita, ¿Desea pedir algo? - Me pregunta.
-Asiento - Agua estará bien, gracias.
La expresión de la mujer se oscurece un poco.
-¿Está segura? - Me dice incrédula - Es que acá tenemos una variedad de bebidas que le podrían gustar.
Suspiro. - De acuerdo, entonces ¿Cuales son las bebidas?
Noto como sonríe satisfecha.
-Tenemos jugos de frambuesa, de mora y de limón pero lo más pedido por acá suelen ser los batidos de fresa.
-Asiento. -Okey está bien, quiero un batido de fresa.
Ella recoge el menú que dejó antes, sobre la mesa y se va rápidamente por mi orden.
Me quedo mirando todo el lugar detalladamente y me doy cuenta que es la primera vez que lo visito. Nunca me había percatado de entrar en él, pero ya de saber que aquel hombre viene por aquí seguido, mejor no lo vuelvo a pisar en mi vida.
La puerta del lugar se abre e instintivamente clavo mis ojos en ella. Entonces es cuando entra él. Siento como las rodillas me tiemblan y mi corazón late rápidamente, temeroso.
Lleva unos vaqueros desgastados y una camisa negra casi al punto de romperse, las botas marrones sobresalen en sus pies y el cabello lo tiene más largo que hace ya unos años.
En cuanto me ve, una sonrisa de superioridad se enmarca en su rostro y no puedo evitar poner los ojos en blanco.
-Mierda, pensé que no venías. - Dice sentándose al frente.
-Te dije que vendría, no entiendo por qué te sorprendes. - Le digo corta.
-¡Bueno! Ahí está la Karolsita contestona de siempre. - Se ríe.
- No me vuelvas a llamar así, ¿Okey? - Digo con los dientes apretados. - Sabes bien que no te cabe.
-Claro que me cabe, yo te llamo como quiera.
-No por mucho. - Murmuro.
La mesera ahora me mira con el ceño levemente fruncido para después entregarme la bebida.
-Gracias. -Susurro y ella asiente.
Cuando ya se ha ido, entonces me dirijo hacia él.
-Ahora puedes decirme de una buena vez qué es lo que quieres. - Pongo las manos en la mesa.
-Voy a ser directo contigo, porque veo que ya no te queda lo de la niña pendeja... - Dice y le fulmino con la mirada. - Quiero dinero y lo necesito antes del miércoles.
-¿Qué? Cómo te atreves a pedirme algo así después de todo lo que has hecho, eres un imbécil.
-Imbecil y todo pero vas a tener que transferir a mi cuenta ese puto dinero el miércoles, ¿Se entiendió?
- Es que aquí el que no entiende eres tú, que no te pienso dar nada. Y si eso era todo lo que venías a decirme, ya me tengo que ir.
Pero como las cosas siempre están en mi contra, él me agarra del brazo con fuerza y me da una bofetada, dejándome atónita.
-Mira niña, no estoy aquí para escuchar cómo juegas a ser una adulta. - Sus manos comienzan a aferrarse de mi brazo y sé que pronto quedará un morado. - Aquí se hace lo que yo digo, la próxima te jodes antes de que vuelvas a hablarme así.
Me suelto de su brazo de un tirón y entonces agarro el vaso y derramo el contenido sobre su cara. Cuando sus ojos se cierran, es donde aprovecho y salgo corriendo lo más rápido que puedo de aquel lugar.
Siento sus pasos detrás de los míos y mi estómago se revuelve por el miedo. Después de varios segundos comienza a caer el cansancio en mí. Lo que me recuerda, la vida anti-deportes que llevo. El dolor inicia en mis piernas y en mis rodillas, pero la apuntada que tengo en el pecho parece todo menos normal.
Finalmente observo como un taxi está a pocos metros de mí y agito mi brazo rápidamente, pidiéndole a todos los dioses que tan sólo se pare frente a mí.
Estoy sudando a mares, cuando me detengo en busca de un poco de aire. Volteo y ya no falta nada para que pueda alcanzarme. Por lo que cuando mis ojos se clavan ahora en aquel taxi, que solo está a dos pasos de mí, veo la gloria.
Y todavía no sé cómo pude lograrlo, pero solo faltaban centímetros para que él detuviera la puerta que cerré con fuerza.
-¡Señor arranque ya, por favor! - Los ojos del conductor me observan confusos pero aun así hace lo que le pido. - ¡Ya!
Comienza a arrancar el auto cuando veo en cámara lenta como sus manos tocan el automóvil y luego se separan al no poder contar con la misma velocidad.
- Maldita sea... Casi. - Susurro en voz baja, cuando noto como su cuerpo se hace pequeño a medida que el auto avanza.