La cafetería estaba a reventar. Era un local pequeño, solo tenía ocho mesas, cada una con cuatro sillas de metal con respaldo semiacolchado. Los clientes normalmente entraban desesperados, como si un perro con rabia los persiguiera y fuera de vida o muerte conseguir un café. Melody intentaba trabajar a la velocidad del rayo; ponía la máquina a funcionar, servía el café, que se mantenía caliente dentro del bote de cristal, y cobraba a los clientes. Era mucho trabajo para una sola persona, pero el lugar estaba en remodelación y por su condición de embarazada y porque el dueño se había apiadado de ella, Melody era la única empleada de la cafetería.
Ella se encargaba de abrir y cerrar. Los días que no podía abrir el local a las siete de la mañana, el señor Doyle bajaba de su departamento y lo abría.
La familia Doyle había vivido encima de la cafetería por más de veinte años, manteniéndose de esto como único medio de empleo. La pareja solo tenía un hijo, el cual fue a la universidad por medio de una beca y que solo regresaba para verano. Raymond amaba a su padre, pero no podía quedarse atendiendo el local por siempre, al menos eso le dijo Doyle cuando ella llegó recomendada por Lucy. Su amiga conocía a Doyle desde hacía años. Él le había dado su primer empleo. Por eso Melody se esforzaba, no quería hacer quedar mal a su amiga, no después de que le consiguió trabajo y de que le dio un hogar temporal.
—Jovencita. —El hombre con camisa desarreglada la llamó por enésima vez.
Él le pidió un doble espresso y la máquina estaba atascada, algo que solía pasar, pero que no había encontrado alguien que la reparara.
—Ya voy, caballero. En seguida esto comienza a funcionar —se disculpó Melody sin mirar al hombre. Estaba segura de que si lo miraba encontraría una cara de disgusto e ira.
—Eso me dijo hace diez minutos.
—Como verá, ni a usted ni a los demás les he despachado el café. No es personal. Puede esperar o puede caminar por veinte minutos y encontrar otra cafetería con café mínimamente regular y donde quizás encuentre hasta cabello.
Los clientes que estaban alrededor de la barra se quedaron pasmados observándola como si el infierno se hubiese desatado en su boca. No obstante, ninguno dijo nada. Ella tenía razón. Melody se conocía todo Manhattan como la palma de su mano.
No había una sola cafetería cerca, al menos no una que valiera la pena siquiera entrar.
En Doyle’s, un nombre muy poco original, al menos tenían un excelente café y unos ricos panecillos de mantequilla y miel.
Melody hacia su mayor esfuerzo. Había puesto empeño desde el primer día. Aunque las cosas no fluían como ella quería, por lo menos tenía un empleo.
Los otros empleados que tenía el señor Doyle en la cafetería eran jóvenes entre los dieciocho y veinte años, chicos que realmente no necesitaban trabajar ocho o diez horas, pero que lo hacían para tener algo extra y ganado con su propio sudor. Ella sabía que al menos uno de ellos había conseguido el trabajo como parte del inicio de la independización del lazo paterno. Chicos como lo fueron ella una vez. Incluso cuando cumplió su mayoría de edad, su padre seguía supliéndole todo. No tuvo que trabajar: ese era el propósito. Su padre siempre se lo recalcó a ambas hijas del matrimonio: trabajar no era una opción. «Estudiar, un título universitario, es la mejor herencia que puedo dejarles cuando me muera». Para las niñas fue drástico, pero ahora ella entendía en parte por qué su padre decía eso y por qué no se cansaba de repetirlo.
Ella no iba a arrepentirse nunca de seguir con su embarazo. Su hijo era su familia. Desde el momento en que vio el positivo en la prueba de embarazo, su bebé se convirtió en todo para ella. Sin embargo, su madre tenía razón en algo; ella iba a cambiar su vida para siempre, la vida que con tanto afán y sacrificio le habían dado sus padres.
—Un café, por favor. —El hombre entrado en los cuarenta se paró frente a ella como para darle a entender que tenía prisa.
Melody hizo caso omiso y le rodeó para llevarle tres panecillos al viejo Clark, un cliente que, según su jefe, tenía bastante tiempo visitando su cafetería, casi como uno de los dueños.
—¿No me escuchó? Tengo prisa. Mi jefe espera el café.
—Lo escuché, pero, como podrá notar con esos ojos tan ridículamente grandes, hay más personas esperando y la máquina no funciona correctamente.
En ese instante escuchó cómo la cafetera comenzó a subir.
Casi empezó a dar saltitos de alegría.
Por fin iba a poder dar el servicio que correspondía y por fin iba a poder vaciar el lugar.
—¿Quiere que espere a estas… seis personas? —El hombre parecía no creer lo que la chica decía. Mirándola como si ella fuera estúpida, volvió a meterse en su camino—. El señor Giannato se pone de muy mal humor cuando no bebe café temprano.
Melody cruzó la barra, sirvió tres cafés y les colocó la tapa. Señalando el azúcar, se los entregó a sus respectivos dueños. Ellos dejaron el dinero sobre la barra y se despidieron entre agradecimientos.
—Espere su turno. No me importa quién ese ese tal Gianetto, para mí es igual que otro cliente. Usted espere su turno.
«No mantendré una conversación con ese tipo», se dijo Melody yendo a recoger una mesa.
Volvió a pasar por el lado del hombre trajeado.
—Mi café, señorita. —Era el sujeto de camisa desarreglada y mirada desesperada.
—Tenga. —Volvió con las manos llenas de platos, los colocó sobre la barra y le sirvió el café—. ¿Azúcar? ¿No? Son…
—¿Qué pasa con mi café, William? —Melody se vio interrumpida por la voz de un hombre que acababa de llegar.
Su mañana no podía ir peor. Primero los vómitos como si fuese una enferma y luego la máquina de café retrasando todo su trabajo. Estaba hecha un peligro andante con el cabello despeinado, pues con la caminata constante en la cafetería mientras llevaba y traía platos y café, varios flecos de cabello se habían soltado de su cola. Melody no era una mujer exuberantemente hermosa, no cautivaba a simple vista. Ella no se consideraba de revista ni mucho menos, pero lo que sí tenía era unos hermosos ojos grises y un cabello azabache que llegaba hasta la cintura. Sus cejas eran mínimas, por lo que tenía que pintarlas con lápiz oscuro, y su nariz era más pequeña de lo que ella hubiera deseado.
Se había acostumbrado a estar desaliñada. Aunque Lucy le recalcó el hecho de mantenerse maquillada y peinada, ella no le hizo caso alguno. Estaba en la cafetería para brindar un servicio, no para ofrecerse como producto.
Melody ni siquiera miró al hombre, solo escuchó el sonido de la campanita que indicaba que alguien había abierto la puerta y le cobró al hombre de camisa estrujada.
Doyle le había permitido quedarse. No era la más diestra en el trabajo, tampoco la más versada en el tema de trato a clientes, pero él confió en ella para dejarla. Quizá fue el hecho de ser la mayor del equipo o tal vez porque estaba embarazada —cosa que aún no se notaba, menos cuando vomitaba todo lo que comía cada mañana—, aunque era la más reciente empleada que contrataba el dueño. Con apenas una semana, él decidió el día anterior que iba a prescindir de todos los chicos, menos de ella.
—La joven parece ocupada —fue lo único que le respondió el ayudante o asistente al recién llegado.
A Melody le irritaba esas personas que tenían el lujo de tener un asistente que les comprara el café, que les llevara la ropa a la tintorería, más aún cuando eran jóvenes y creídos, de esos millonarios hijos de papi y mami que se pensaban dueños y señores del mundo.
Ella nunca se relacionó con esa clase de personas por miedo a dejar ver su verdadero concepto, ese que estaba segura de que se le escaparía de entre los labios, porque si había una cosa que siempre hacía era decir lo que pasaba por su mente sin importar quién se ofendiera en el camino.
No tenía pelos en la lengua, y eso siempre le generó millares de inconvenientes.
—¿Ocupada? ¿Ella no sabe que está en un negocio de comida? ¿De servicio? Ella come porque los clientes vienen.
Melody apretó los puños para evitar tirarle la cafetera encima al arrogante hombre. Observó la máquina de café y maldijo por lo bajito.
—Habla alto, que no puedo entenderte. —El hombre se dirigió a ella en específico.
Melody lo ignoró por completo, sirvió cinco cafés regulares y uno con leche descremada, los tapó y entregó a sus respectivos clientes.
Se giró al estudioso hombre que había entrado solo para molestarla y terminar de arruinar su mañana. Se quedó pasmada al ver al individuo. Frente a ella estaba el hombre más alto que había visto. Tenía pómulos marcados, cabello rubio dorado, finísimo y reluciente, una boca estrecha y la mandíbula cuadrada. Ese hombre exudaba pura masculinidad y esencia a dinero. Sus ojos eran verdes esmeralda, tan claros que podían parecer casi grises, flanqueados por unas tupidas pestañas. Él la miraba fijamente. Por un instante, por una milésima de segundo, Melody se preguntó cómo sería ser poseída por esos deliciosos labios tan apetecibles.
Se sintió presa de la vergüenza y su pálida piel fue invadida por un sonrojo casi en la cara completa.
Por un instante a ella se le olvido por qué estaba en aquel lugar y todo el enojo que había sentido por el ataque constante del hombre.
—¿Sera que puede darme el café? ¿O tengo que llamar a Doyle para que venga a hacerlo él?
Él se había dado cuenta del impacto que tuvo sobre ella.
Con una sonrisa descarada, levantó las cejas y cruzó los brazos sobre el pecho.
Por primera vez, Melody estaba sin palabras.