Melody se quedó quieta observando al hombre frente a ella. No tenía idea de que esos especímenes existieran en la vida real. Estaba acostumbrada a verlos en revistas de vanidades, esas revistas que solo exhibían a los hombres ricos y hermosos. Hojas y más hojas de pura masculinidad, riqueza y lujos. Hombres de la mano de mujeres que vestían ropas más costosas que un carro.
—¿Hola? ¿Sabe hablar? —El hombre la hizo reaccionar con su nivel elevado de sarcasmo—. ¿Puede ya darme el café? ¿O se me va a quedar mirando durante diez minutos más? En caso de ser lo segundo, me lo informa para sentarme.
Él era irritante.
¿Nada era perfecto en la vida? Melody pestañeó un par de veces y vio cómo él sonreía con una perfecta y blanca dentadura, típica de alguien que exudaba tanto poderío y dinero.
—Su café saldrá cuando termine con los demás. —Melody se volvió hacia la máquina y esperó por el pequeño chorro de café.
Debía volver a llamar a Doyle para que consiguiera un técnico, sino iban a perder clientes.
La cafetería tenía muchos clientes fijos, de esos que a puras leguas se notaban. Eran clientes viejos frecuentes que visitaban el negocio del viejo Doyle.
—¿Siempre es así de molesta?
—Siempre que un hombre porque tiene dinero quiere pasar por delante de los que ya están en turno.
Los clientes que aún estaban en la barra los miraban de uno a otro, como si de una lucha se tratara, aunque bien cerca estaba Melody de pasarle por encima una demoledora al gigante ese.
Sonrió ante su propio pensamiento descabellado.
—Genial, ahora se ríe sola —volvió a hablar.
Melody no pudo ignorarlo.
Era automático en ella, siempre tenía respuesta para todo. Por eso tuvo muchos problemas con sus padres. Fue una adolescente respondona.
—Me río de su prepotencia. —No era cierto, pero al menos podía seguir incentivando al hombre a que se molestara.
El don dinero, por alguna razón, irritaba enormemente a su hijo. Si el refrán “A quien odias en el embarazo, como él saldrá tu hijo” ojalá fuera cierto, Melody amaría que su hijo tuviera esos ojos tan hermosos.
Entregó los últimos cafés, empacó el pedido de bollos de mantequilla y panecillos y despachó a dos de los clientes que estaban en la barra.
—No llegué con prepotencia. Usted, jovencita a medio cruzar la pubertad, me puso de este humor. —Él entrecerró los ojos.
Melody vio cómo unas diminutas arrugas se ponían en las comisuras de sus ojos.
La vida de Melody se basaba en ir y venir del trabajo a la casa, si acaso ir al supermercado o a la farmacia por una pastilla para los vómitos, cosa que no le había resultado nunca, y aun así seguía comprando con la esperanza de dejar de expulsar todo lo que tocaba su estómago. Había ocasiones en las que ni siquiera llegaban los alimentos a su estómago, solo desde la garganta eran devueltos. Por eso, cuando ese don dinero entró a la cafetería, Melody inconscientemente había decidido divertirse a su costa y en el proceso refrescarse la vista.
—No soy una jovencita a medio cruzar la pubertad —refutó y sirvió su café.
El chofer, guardaespaldas o lameculos, lo que fuera, seguía parado detrás del ricachón; observaba la puerta como si una guerra fuese a armarse en cualquier momento. Sería gracioso ver a una Melody embarazada golpeando al riquito con un bollo de mantequilla.
—Es lo que parece. ¿Me da ya el café? Si lo sigue observando así, es muy probable que le explote encima.
—Tengo tiempo bregando con estas cosas. No voy a dejarlo…
Justo al momento que terminaba la frase mientras le pasaba el café, Melody sintió un calambre en el vientre. Soltó el café en automático para agarrarse donde le dolía.
El vaso con café caliente cayó sobre la barra y salpicó todo a su alrededor, incluida la camisa inmaculada y planchada que llevaba puesta él.
—Pero ¿qué demonios te pasa, maldita loca? ¡Has arruinado mi camisa! Tengo una reunión ahora en menos de media hora —explotó.
Se despegó la camisa pegada a la franela que llevaba puesta debajo.
Pero Melody no pensaba en eso en ese momento, lo único que podía hacer era pensar que iba a morir del dolor, que podía perder a su bebé, que le dolía como el mismo infierno y que no tenía a nadie que la ayudara.
—Señor, ¿está bien? ¿Se quemó? ¿Quiere que vayamos al hospital? —Melody escuchaba cómo el chofer le hablaba al hombre preocupado y molesto. Ella podía determinar esos timbres de voz, pues su padre hacía lo mismo. Preocupación e ira al mismo tiempo.
Melody se acercó al teléfono crema que estaba colgado en la pared. No marcaba llamadas fuera de la cafetería, y el único número al que podía llamar era el de Doyle, a su departamento. Pinchó el discado rápido y esperó a que su jefe respondiera. Entretanto, el hombre maldecía en lo que ella determinó que era italiano. Después de los meses horribles que había pasado, no podía creer que fuese a perder a su hijo. Se ponía nerviosa. Sentía cómo el sudor frío bajaba por su frente. El italiano detrás de ella no ayudaba. El hombre se calló y ella podía jurar que la maldecía en la mente.
—¿Sí?
Soltó el aire cuando escuchó la voz de Doyle.
—Doyle, soy yo —balbuceó.
—¿Qué pasa? ¿Mucha clientela?
—Necesito irme. —No podía decir nada más, no encontraba nada que su cerebro pudiera generar deprisa.
Pasó el peso de un pie a otro varias veces, como si hormigas se hubieran apoderado de sus nervios.
—¿Irte? Son apenas las nueve de la mañana, niña, así que no puedes dejarme en la estocada. Te necesito allí abajo. —Mientras Doyle hablaba sobre compromisos y responsabilidades, Melody respiraba profundo y soltaba el aire seguido.
—Doyle —le llamó para que él se detuviera.
En ese momento ya no le dolía, no más que lo que dolía normalmente un dolor menstrual, pero aun así no iba a descuidarse y a quedarse allí sin saber si su hijo estaba bien.
No podía llamar a su madre, no podía porque le habían cerrado las puertas de la casa de su familia. La única con la que mantenía contacto era su hermana mayor. La única que, desde que se fue, la llamó dos veces preocupada por la situación que atravesaba.
—¡Doyle! —le gritó molesta ya por su parloteadera—. ¡Escúchame! Necesito un taxi. Llama una compañía de taxis o no sé… Yo tengo que irme. Tengo que ir al hospital. Algo le pasa al bebé. —Pronunciarlo fue aún más duro de lo que ella pudo haber imaginado y de inmediato se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sintió una mano sobre su hombro.
Miró hacia atrás aún con el teléfono pegado en el oído.
—Yo la llevo.