—Te marcharás en el plazo acordado, muchacho —le dijo con ira el comisario— No me busques las cosquillas porque no te irá bien. —amenazó.
Brian miró hacia donde estaba el viejo Rufus Reynolds.
—Señor Reynolds —le dijo en voz alta para que lo escuchara bien— Usted sabe que yo no secuestré a Lottie, y también sabe que la amo y que ella me ama a mí.
—No menciones ese diminutivo ni el nombre de mi hija con tu sucia boca, pedazo de escoria —la rabia se le notaba aún sin hablar— Por tu culpa tuve que darle unas bofetadas a mi hija, pero eso me lo vas a pagar, al igual que el atrevimiento de llevártela, como si hubieras podido ofrecerle algo de valor, no eres más que un pobre e inmundo ladronzuelo.
—Quizás sea pobre, “conde” Reynolds —al escuchar el título sarcástico el viejo Rufus se puso lívido de la rabia— Pero saldré adelante, y usted y sus esbirros me la van a pagar algún día.
—¿Me estás amenazando, porquerizo? —rugió el comisario, usando el término despectivo de los que criaban cerdos, uno de los oficios más despreciados por la “gente” de alcurnia— Tendremos que “ablandarte” un poco para que te muestres más obediente. Pensaba soltarte ahora mismo, pero creo que necesitas una noche más de escarmiento a ver si se te quita lo bocón.
—Por mi que se pudra tras las rejas, comisario —dijo el viejo Reynolds con ira— Le pagaría muy bien el favor —terminó diciendo con descaro.
—No sabe cuánto me agradaría, excelencia —le dijo con zalamería— Pero esta semana vienen de la capital a hacer una inspección a la comisaría, así que no me parece conveniente tener a esta escoria por aquí.
El viejo Rufus parecía contrariado, pero había cosas que no podía solucionar como quería, no era cuestión de que los agentes de la capital metieran sus narices en la comisaría del pueblo y menos con alguien rebelde como Brian Lancaster, lo mejor era echarlo para siempre del pueblo so amenaza de maltratar a su familia.
—Tiene razón, comisario —dijo Reynolds— Óyeme bien, muchacho —dijo dirigiéndose a Brian— Es mejor que te largues sin problemas, porque al final te irás, lo quieras o no, entonces tus queridos padres y tu famélico hermano lo pagarán muy caro.
Brian se mordió los labios por la rabia y para no decir nada. No porque tuviera miedo de que lo golpearan, pero sabía que podían hacerle mucho mal a su padre que trabajaba aún en la mina siendo mayor, y los Reynolds eran accionistas mayoritarios en ella. También quería evitar que lastimaran a Charlotte, porque cuando oyó que el viejo Reynolds la había golpeado casi que se rompe las manos de lo duro que apretó las rejas.
Al ver que no decía nada más, el comisario se acercó a las rejas de nuevo.
—Te vas a largar como te dijimos, basura —el comisario ya no disimulaba su ira y mal disposición hacia Brian y su familia— No hagas todo esto más difícil.
Luego se volteó a ver a los padres de Brian.
—Y ustedes, largo de aquí —les dijo en tono amenazador— Pueden venir a buscar la piltrafa esta que tienen por hijo.
Hizo un gesto hacia los alguaciles quienes empujaron a los dos ancianos sin ninguna consideración o misericordia, haciendo caer a la madre de Brial al piso con un brusco empujón. La bilis le llegó a Brian hasta la garganta al ver cómo maltrataban a sus padres pero no dijo nada.
Cuando los alguaciles salieron con sus padres, el viejo Reynolds se acercó a la celda que ocupaba Brian, lo miró de arriba abajo con una mueca de asco en su cara.
—Mírate nada más, perro —le dijo silabeando despacio— ¿Esta es la escoria que quería casarse con mi hija? —la mirada de desprecio irritó aún más a Brian, si es que esto era posible.
—Soy un hombre, señor Reynolds —le dijo Brian con ira contenida— Y algún día le mostraré mi valía.
—Jajajajajajajajajaja Jajajajajaja —las largas risotadas de Rufus Reynolds resonaron por los vacíos calabozos de la comisaría— El día que tengas mas de cien dólares en tus mugrosas manos te los triplicaré y te los regalaré, te lo juro por mi honor.
—Usted no tiene honor, Reynolds —le dijo Brian con ira haciendo que la risueña cara se pusiera seria y pálida.
—Cuidado, puerco —le dijo apretando los labios con ira— No tienes idea de lo que puedo hacer contigo y tu familia.
—Tranquilo, señor Reynolds —le dijo el comisario— No vale la pena.
—Es verdad —dijo estirándose cuán largo era— No vales la pena, pero mi oferta sigue en pie, te regalaré, triplicado, el dinero que puedas conseguir algún día, te doy veinte años para ello.
—Le tomaré la palabra —contestó Brian.
—Jajajajaja jajajajaja —las risas se fueron alejando junto con Rufus Reynolds.
Cuando este salió entraron los dos alguaciles de confianza del comisario Brown.
—Hagan que pase una noche inolvidable el perro este —dijo señalando a Brian— Pero no lo maltraten mucho, tendrá que irse caminando por muchos kilómetros como el pobretón que es.
Los dos sádicos sujetos se rieron complacidos mientras se sobaban las manos ante la oportunidad de hacer el mal.
El comisario salió riéndose de allí dejando a Brian con sus esbirros.
Pero estos no eran tontos, esa noche llamaron a otros alguaciles para someter a Brian, para lo que tuvieron que pelear duro, porque Brian era un oponente formidable, eso, unido a su profunda rabia por todo lo que le estaba pasando hizo que varios de ellos terminaran con golpes y moretones por todo el cuerpo.
Por supuesto que cuando finalmente pudieron someterlo lo esposaron con las manos en la espalda y luego se turnaban para darle golpes en el cuerpo, pero no usaron los puños, sino que usaron toallas mojadas, con lo que no dejaban huellas sobre la piel, pero los golpes afectaban los órganos internos del joven.
Cuando sus padres fueron a buscarlo al día siguiente, apenas si Brian podía caminar por lo adolorido que estaba.
—¡Por Dios! —dijo su padre al verlo tan maltrecho— ¿Qué demonios te hicieron, hijo?
—Nada que no pueda soportar —dijo con voz baja y débil, pero se esforzó por caminar apoyado en su anciano padre y su hermano, quien había perdido la mañana para venir a buscarlo.
Esa noche la pasó con fiebre muy alta, pero los remedios y linimentos que le puso su madre lo fueron recuperando poco a poco.