9. Primeros indicios

1113 Words
Gabrielle e Irina estaban sentadas en la escalera, aprovechando los quince minutos de recreo para ponerse al día. —Así que ya son novios... Eso fue muy rápido ¿no crees, Gabrielle? —Tal vez, pero estoy muy feliz —contestó la aludida. Irina miró a su amiga con sospecha— ¡Es verdad! Matt es un chico muy bueno, que me quiere, y además es muy atento. Haría lo que fuera para que él estuviera contento. —Vaya, parece que te pegó fuerte este enamoramiento —dijo Irina sorprendida, pero agradecida de que la peliazul ya no lloraría por André— pero si tú eres feliz, yo soy feliz. —Y espero que cada día seamos más felices —dijo Gabrielle. —Yo también lo espero —dijo una voz tras ellas, mientras unos brazos rodearon a la peliazul por la espalda. —Matt, me asustaste —rió Gabrielle. —¿Es que acaso no puedo estar con mi novia en el colegio? —respondió el chico haciendo un puchero. —Bien, tórtolos, creo que es hora de irme. También debería ver qué hace Jean —suspiró la morena, pensando que su novio probablemente estaría en la biblioteca jugando videojuegos. Gabrielle y Matt se quedaron juntos el resto del recreo. Y también el siguiente. Y la hora de almuerzo. Después de ese día, se hizo frecuente que pasaran los tiempos libres juntos. Al principio a Gabrielle le gustaba estar con el chico, pero se dio cuenta de que ya no tenía tiempo para estar con Irina o Mylène, Rosemarie, Florencia ni Julie. Y cada vez que siquiera mencionaba la posibilidad de juntarse con alguna de sus amigas, su novio siempre respondía lo mismo. —Pero Mari, lo pasamos tan bien juntos. ¿Acaso no te gusta estar conmigo? —Claro que me gusta, Matt. Solo que no quiero que mis amigas sientan que las olvidé. —Si son tus verdaderas amigas, entenderán que prefieras estar con tu novio. Gabrielle asentía con la cabeza, dándole una triste sonrisa, pensando en la relación de Irina y Jean, donde ambos eran libres de ver a sus amigos y nunca se obligaron a estar juntos todo el tiempo. Quizás solo son relaciones diferentes. Matt es más de piel que Jean y mucho más atento, por eso siempre quiere estar conmigo y no compartirme con nadie. El gran problema se presentaba cuando tenían citas fuera del horario de clases y algún villano aparecía para atacar Paris. Gabrielle debía inventar que se sentía mal o que tenía que ayudar a sus padres de forma urgente y salir corriendo, dejando a su novio solo y enojado. Cuando se transformaba, peleaba lo más rápido que podía para purificar al villano, y casi sin despedirse de Rusé Carmin, iba lo más rápido que podía a su hogar. Hasta que un día, Matt llegó a la panadería de su familia antes que ella. —Vaya, creí que tenías que ayudar a tus padres —dijo Matt secamente cuando Gabrielle entró después de haber derrotado a un oponente especialmente difícil. La chica se quedó de piedra, sin saber qué decir ni cómo explicar su ausencia. —Si no tienes nada que decirme, entonces me voy —dijo Matt empezando a caminar, pero Gabrielle lo detuvo tomándolo del brazo. —Acompáñame a mi cuarto. Allí podemos conversar tranquilos —susurró la chica al ver que algunos clientes se giraban a verlos— Mamá, vamos a estar arriba. Lo que necesites, me llamas. —Claro, cariño. Tómense el tiempo que quieran. —Gracias, señora Morin —contestó Matt, y ambos chicos se dirigieron al tercer piso. Al llegar a la habitación de Gabrielle, cerraron la puerta y Matt se acercó a ella y la tomó del brazo derecho por debajo del codo. —Entonces, Gabrielle, ¿Qué tienes que decirme? —dijo el chico con enojo. —Lo siento, Matt, es solo... —Dios, qué le digo. —¡Es solo qué! —gritó Matt zarandeándola. —¡Matt, me haces daño! —¡Si no me contestas entonces mejor terminemos con esto de una vez! —continuó Matt soltándola bruscamente. —¡No! Lo siento Matt. Debía comprar algo en la farmacia... algo privado de... mujeres... y me daba vergüenza decirte o que me acompañaras —mintió Gabrielle con los ojos llorosos. —Oh... oh, Gabi, lo siento... de verdad —dijo Matt abrazándola. La chica derramó algunas lágrimas mientras su novio le acariciaba la espalda con suavidad. —¿Me perdonas, Mari? No sé qué me pasó... es solo que... pensar que te podía perder... —Claro que te perdono, Matt. Perdóname por haberte mentido —respondió la peliazul. —Claro que sí, pequeña —dijo Matt besándola en los labios. Ella le correspondió el beso, que poco a poco se hizo más profundo. Matt introdujo su lengua en la boca de Gabrielle, haciendo que ella se sorprendiera en un inicio para luego dejarse llevar. No se siente como esperaba. Creí que este tipo de besos era más tiernos y suaves. ¿Es normal sentir tan raro su lengua dentro de mi boca? Es como una babosa... No, Gabrielle, no pienses eso. Disfruta tu primer beso real. Matt tomó a Gabrielle por la cintura y la acercó a su cuerpo, acariciando su espalda. Luego dejó de besarla en la boca para empezar a besarle el cuello. —Matt, espera —susurró Gabrielle. Pero el chico siguió besándola y recorriendo su cuerpo con las manos, pasando de la espalda al cuello, y luego a la cintura y la cadera. No sé si quiero seguir adelante con esto... pero Matt parece tan concentrado en mí... disfrutando el acariciar mi cuerpo... Así que esto es sentirse deseada. Un poco incómodo, pero creo que si no lo pienso mucho, podría gustarme. Solo me dejaré llevar. El chico levantó un poco la playera de Gabrielle y comenzó a acariciar su cintura, sintiendo la suavidad de su piel mientras la volvía a besar en la boca, hasta que unos golpes en la puerta los interrumpió. Ambos se separaron justo a tiempo. Salvada por la campana. —Hija, tu padre necesita ayuda abajo y yo estoy atendiendo. ¿Puedes ir, por favor? —preguntó Sandra al abrir la puerta. —Claro que sí, mamá. —Yo creo que... ya me tengo que ir —comentó Matt. Bajaron al primer piso y Gabrielle acompañó a su novio a la puerta. —Nos vemos, Gabi —se despidió el chico besándola suavemente en la boca— Te quiero mucho. Gabrielle se quedó perpleja unos segundos antes de reaccionar. —Yo también te quiero, Matt. El chico sonrió y ella hizo lo mismo. Se despidieron con la mano y él se encaminó a su propio hogar. Gabrielle cerró la puerta y se apoyó en ella. ¿De verdad lo quiero? Digo, me gusta, aunque creo que es algo inseguro. Debo cuidar que no se enoje y no me abandone. Vaya, si necesito que esté conmigo, entonces creo que sí lo quiero. Y luego de esa resolución, fue a ayudar a su padre en la cocina.
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