Matt no soltó a Gabrielle durante los diez minutos que caminaron hacia la casa del chico. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron a la habitación del pelinegro y él cerró la puerta.
—Me puedes explicar qué fue lo que pasó —dijo él conteniendo la rabia. Gabrielle se soltó del agarre de su novio, sintiendo un dolor punzante en la muñeca.
—Nada, Matt. Solo coincidimos...
—Claro, por eso estaban de la mano. Aún estás enamorada de él, ¿verdad? ¿Crees que soy estúpido? —gritó el chico acercándose a Gabrielle, arrinconándola contra la pared.
—¡No! Estoy enamorada de ti, por eso estoy contigo. No siento nada por André —Demonios ... aún me gusta André... no, Gabrielle, olvida ese sentimiento.
—Pero qué quieres que piense, Gabrielle, si los veo tan juntos y a solas—comentó el chico con tristeza, alejándose y para sentarse en su cama— ¿Cómo voy a estar seguro de que me quieres solo a mí? ¿De que eres mía?
Gabrielle se sentó junto a él y le tomó la mano.
—Matt, sabes que te quiero mucho, y siempre estoy demostrándotelo. Quisiera que confiaras más en mí. Jamás haría nada para dañarte.
El pelinegro tomó de vuelta la mano de la chica y la miró a los ojos. Sin decir más palabras, se acercó y la besó. Primero de forma suave, pero pronto profundizó cada vez más la intensidad. Introdujo su lengua en la boca de Gabrielle, atrayéndola hacia él, acariciando la espalda de su novia.
Con cuidado, Matt empujó a Gabrielle para recostarla sobre la cama, poniéndose sobre ella, apoyando las rodillas a cada lado de los muslos de la chica.
—Ay, Gabi. Eres tan hermosa —le susurró al oído— quiero sentir que eres toda mía.
Gabrielle se tensó y sintió que su corazón comenzó a palpitar muy fuerte, mientras Matt volvía a besarla con pasión y comenzaba a acariciar y apretar sus pechos.
—Matt... yo... no lo sé —contestó la chica dudosa, sin atreverse a mirarlo a la cara.
—Por qué no —dijo Matt enojado, dejando de acariciarla— ¿acaso no me quieres lo suficiente? ¿Es por el estúpido de Bonnet?
Gabrielle se turbó ante estas palabras, sintiéndose aún más culpable por albergar aún ese pequeño sentimiento por el rubio. Entonces tomó la mano de Matt y la puso sobre su pecho. Si así debía demostrar que lo quería, lo haría.
Y quizás con esto logre dejar de pensar en André por fin.
Matt sonrió y volvió a masajearle los pechos mientras la besaba en el cuello. Puso las manos en la cadera de la chica, metiéndole las manos bajo la camiseta, que a los pocos instantes le sacó, para dejarla solo con ropa interior en la parte superior. Él también se sacó la camiseta y, tomando a Gabrielle de la cintura la cambió de posición, colocándola sobre él, haciendo que sintiera la dureza bajo sus pantalones. La volvió a abrazar y la acercó hacia él. Le agarró el trasero y lo empujó hacia su pelvis, moviéndose para frotar sus intimidades. Gabrielle respiraba agitada, intentando relajarse pensando en lo que inevitablemente iba a pasar.
Matt sé deshizo de sus pantalones, y ayudó a su novia a hacer lo mismo.
—Oh, Mari, he estado esperando mucho tiempo poder hacer esto —susurró Matt mientras introducía su mano bajo las bragas de la chica, acariciando su monte de Venus.
Gabrielle sintió el frío toque de los dedos de Matt en su intimidad y no pudo evitar estremecerse.
—Estás muy seca, Gabi —comentó el chico. Al instante se llevó la mano a la boca y puso saliva, para humedecer la entrepierna de su novia. Entonces, le bajó la ropa interior y luego, deshaciéndose de la propia, comenzó a frotar su erección contra el pubis de la chica. La tomó de la cintura y comenzó a moverla hacia adelante y hacia atrás— ¿Estás lista, Gabi?
La aludida no dijo nada, a lo que Matt asumió que lo estaba. Con poco cuidado, introdujo su m*****o en Gabrielle, haciendo que la chica sintiera dolor en la zona, como si ese cuerpo intruso dentro de ella hubiese rasgado algo dolorosamente. El pelinegro comenzó a moverse hacia arriba y abajo, primero con lentitud, sintiendo cada vez más exitación. Pero la chica solo sentía dolor y molestia, y una extraña sensación en el pecho, como de ahogo.
Sin salir de ella, Matt la tomó por la cintura y cambió de posición dejando a Gabrielle de espaldas sobre la cama. La abrazó y volvió a moverse de atrás hacia adelante, cada vez con más fuerza y rapidez.
Gabrielle se sentía cada vez más compungida, y a cada estocada sentía más dolor. Su intimidad se secó haciendo que los movimientos de su novio la rasparan por dentro y por fuera, pero por alguna razón, no podía articular palabra. Se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo.
—Sí, Gabi, gime para mí —dijo el chico pensando que el sonido era producto de la excitación de su novia.
Pero Gabrielle no estaba disfrutando aquello, y aquel sollozo se volvió un llanto silencioso. Apretó los ojos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas y los movimientos de Matt se hacían más rápidos y bruscos.
Luego de pocos minutos el chico comenzó a jadear y por fin salió de Gabrielle. Agarró su m*****o y lo estimuló unos segundos hasta acabar en el estómago de la chica, que sintió aquel líquido pegajoso y caliente cayendo sobre su cuerpo.
Matt se acostó junto a su novia, quien con un rápido movimiento había secado las lágrimas de su rostro.
—Eso fue maravilloso, Gabi. Te amo.
—... Yo también... —logró decir ella en un susurro, e inmediatamente agregó— ya debo irme a casa. Mis padres estarán preocupados.
—Claro, te llamo un taxi —se ofreció el chico.
Gabrielle asintió con la cabeza, se puso de pie, tomó su ropa y caminó al baño, donde con papel higiénico se limpió el estómago y luego se vistió, teniendo especial cuidado en su entrepierna, que sentía muy sensible y le ardía.
El taxi llegó pronto. Gabrielle se despidió de Matt con un beso y subió. Al llegar a su casa, pasada la media noche, entró en silencio para que sus padres no la oyeran y subió a su habitación. Entró al baño y se duchó. Entonces comenzó a llorar. Se sentía sucia, ultrajada, usada y violentada. Y aún tenía mucho dolor.
Salió del baño, se puso el pijama y se acostó.
—¿Gabrielle? —dijo la voz del búho.
—Hibo, lo siento, pero solo quiero dormir— contestó la peliazul apagando la luz, sin poder evitar que las lágrimas volvieran a caer.