El arrollo de ensueño

1028 Words
El pequeño Eros, dios niño del amor, caminaba descalzo por la orilla de un arroyo que serpenteaba entre los árboles como un susurro líquido. Sus pies, aún redondeados por la infancia, se hundían levemente en el barro fresco, dejando huellas efímeras que el agua borraba con ternura. El sol de la mañana filtraba su luz entre las hojas, creando reflejos dorados que danzaban sobre la superficie cristalina. Cada rayo parecía acariciar su piel con la misma delicadeza con la que su madre, Afrodita, solía peinarle el cabello antes de dormir. En sus manos pequeñas, Eros sostenía una rama torcida, caída de algún árbol anciano. La había convertido en su pincel, su varita mágica, su instrumento de creación. Con ella dibujaba sobre la arena húmeda formas caprichosas: espirales, alas, corazones, rostros que solo él podía ver. A veces se detenía, ladeaba la cabeza y observaba sus trazos como si esperara que cobraran vida. Su rostro, iluminado por la concentración, se transformaba en una máscara de alegría pura, de esa que solo los niños conocen cuando están completamente solos y libres. —¿Y si esto fuera un mapa? —murmuró para sí, trazando una línea curva que se cruzaba con otra más recta—. Un mapa secreto que lleva al lugar donde viven los sueños... El murmullo del agua, el canto de los pájaros, el crujido ocasional de una rama bajo el peso de algún animal curioso: todo componía una sinfonía natural que envolvía al niño en una atmósfera de ensueño. Pero, como ocurre en toda melodía, había una nota disonante. En el corazón de Eros, una sombra de melancolía se cernía, tenue pero persistente. Recordaba lo que había sucedido esa mañana, y al hacerlo, su ceño se fruncía, su nariz se arrugaba, y un puchero se dibujaba en su boca. Todo había comenzado al amanecer. Afrodita, su madre, lo había despertado con una caricia en la mejilla y un beso en la frente. Su voz era suave, como el roce de las alas de una paloma. —Hoy iremos al bosque, mi pequeño —le dijo, mientras lo ayudaba a ponerse su túnica ligera—. Hay alguien a quien debo visitar. Eros, aún somnoliento, se aferró a su mano con confianza. Afrodita caminaba con la gracia de quien conoce el poder de su belleza pero no se jacta de ella. Su cabello dorado ondeaba al viento como una bandera de luz, y su risa, cuando brotaba, parecía despertar a las flores dormidas. El bosque los recibió con su frescura habitual, con sus aromas de tierra húmeda y hojas nuevas. Pero pronto, Afrodita se desvió del sendero principal y se dirigió hacia una zona más profunda, donde el aire se volvía más denso y el silencio más solemne. —Voy a ver a Ares —dijo, sin mirar al niño—. Quédate cerca, Eros. No te alejes. Eros asintió, aunque su mirada ya vagaba entre los árboles, atraída por la promesa de lo desconocido. Afrodita desapareció entre los troncos, y el niño se quedó solo, con la rama en la mano y el corazón palpitando con una mezcla de emoción y desasosiego. —¿Ares? —susurró—. ¿El dios de la guerra? ¿Por qué mamá quiere verlo? En su mente, las imágenes de su madre y Ares se entrelazaban como hilos de una historia que no comprendía del todo. ¿Sería una aventura? ¿Un secreto? ¿Un peligro? La curiosidad lo empujó a caminar, a explorar, a buscar respuestas en los dibujos que trazaba en la arena. Fue entonces cuando ocurrió. Una mariposa, de alas vibrantes como gemas vivas, descendió del cielo y se posó delicadamente sobre la nariz del niño. Eros se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y la respiración contenida. El insecto parecía mirarlo, como si reconociera en él algo más que un niño: una chispa divina, una promesa. —Hola... —susurró Eros, sin moverse—. ¿Vienes a jugar conmigo? La mariposa aleteó suavemente, creando un susurro apenas audible, como si respondiera con un sí silencioso. Luego, con un giro elegante, se elevó en el aire y comenzó a danzar entre los árboles. Eros, embelesado, la siguió. Cada paso lo alejaba más del arroyo, más de la seguridad de la presencia materna, pero también lo acercaba a algo nuevo, algo que no podía nombrar. —Espera —dijo, riendo—. ¡No vueles tan rápido! La mariposa zigzagueaba, se detenía, lo esperaba, y luego volvía a volar. Era como si lo guiara, como si supiera exactamente a dónde debía llevarlo. El niño corría tras ella, esquivando raíces, saltando charcos, sin notar que el bosque cambiaba a su alrededor. Los árboles se volvían más altos, más oscuros, y el aire más frío. Finalmente, la mariposa se detuvo en un claro bañado por una luz dorada que parecía no venir del sol. Allí, en medio de la vegetación, había una piedra lisa, como un altar natural. Eros se acercó, jadeando, y se sentó sobre ella. La mariposa se posó en su hombro, y por un momento, todo quedó en silencio. —¿Este es tu hogar? —preguntó el niño, acariciando el aire cerca del insecto. La mariposa no respondió, pero Eros sintió que algo se movía en su interior. Una emoción nueva, una mezcla de asombro y nostalgia. Cerró los ojos, y en su mente apareció la imagen de su madre, de su risa, de sus ojos brillantes. Luego, la figura de Ares, imponente, con su armadura reluciente y su mirada de fuego. —¿Por qué mamá sonríe cuando lo ve? —se preguntó—. ¿Es eso el amor? La mariposa alzó el vuelo una vez más, pero esta vez no se alejó. Giró en círculos sobre la cabeza del niño, como si tejiera una corona invisible. Eros se levantó, y en ese instante, sintió que algo cambiaba en él. Ya no era solo un niño curioso. Era el dios del amor, y acababa de descubrir que el amor no siempre era suave como el canto de un ruiseñor. A veces era fuego, a veces era guerra, a veces era distancia.
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