Finalmente, tras una danza que parecía no tener fin, el niño logró atrapar a la mariposa entre sus manitas. Lo hizo con una delicadeza instintiva, como si comprendiera que aquel ser alado no era solo un insecto, sino un fragmento de algo más grande, más antiguo, más sagrado. Sintió la suavidad de sus alas contra su piel, como el roce de un suspiro. Era un momento de pura felicidad, un instante suspendido en el tiempo, donde el mundo parecía contener la respiración. Eros la observó con reverencia, como si sostuviera un secreto del universo entre sus dedos.
—Eres tan bonita... —susurró, con los ojos brillando de asombro.
Pero la belleza no se puede retener. Con un gesto lento, casi ritual, abrió las manos y dejó que la mariposa se elevara hacia el cielo. Sus alas vibraron con un destello de luz, y en un parpadeo, desapareció entre las copas de los árboles. Fue entonces cuando Eros se dio cuenta de que el lugar donde se encontraba ya no era el mismo. Miró a su alrededor, y la familiaridad del arroyo, de los árboles que conocía, de la arena donde había dibujado, se había desvanecido. En su lugar, un paisaje nuevo y misterioso se extendía ante sus ojos: colinas suaves cubiertas de hierba alta, árboles de formas extrañas, y un cielo que parecía más profundo, más antiguo.
El niño dio un paso atrás, con el corazón latiendo rápido. No sabía cómo había llegado allí, pero tampoco sentía miedo. Era más bien una mezcla de asombro y un ligero temblor de incertidumbre. El mundo se había abierto ante él, y aunque no sabía qué camino tomar, algo dentro de él lo impulsaba a avanzar.
Recordó entonces la imagen de la chica que había visto en la playa. Su silueta, apenas dibujada por la bruma, se había grabado en su mente como un símbolo. No sabía quién era, ni por qué su presencia lo había conmovido tanto, pero sentía que debía encontrarla. Era como si su corazón, aún húmedo por las lágrimas que había derramado, latiera con una nueva dirección.
Se sacudió la tristeza, se levantó con decisión, y comenzó a caminar. Sabía que no podía quedarse allí, lamentándose por lo que había perdido. Lo ocurrido en el Olimpo, las miradas esquivas de los dioses, las palabras no dichas, le hacían pensar que no podía preguntar a cualquiera. Necesitaba ayuda, pero debía elegir con cuidado.
—¿Quién podría ayudarme...? —se preguntó en voz baja, mientras caminaba entre la hierba alta.
Pensó en sus tíos. Dionisio, el dios del vino y la locura, siempre tenía una historia que contar, una risa que compartir. Heracles, el héroe inmortal, fuerte como un roble y tierno como un hermano mayor. Recordó que esa misma mañana, su madre había mencionado que ambos habían sido vistos en Creta. Pero llegar allí no sería fácil.
—¿Quién es el que ayuda al resto de los dioses? —se preguntó, deteniéndose un momento.
La respuesta llegó como un susurro en el viento.
—Hermes.
El mensajero de los dioses, el viajero incansable, el que conoce todos los caminos y todos los atajos. Si alguien podía ayudarlo a llegar a Creta, era él. Con renovada determinación, Eros se dirigió hacia la cabaña donde vivían Hermes y Apolo. Aunque estuviera lejos, aunque no supiera exactamente dónde estaba, su corazón lo guiaba como una brújula invisible.
El camino fue largo. Las horas se sucedieron como hojas arrastradas por el viento. El niño caminaba sin descanso, con la rama torcida aún en la mano, como si fuera un talismán. El paisaje cambiaba lentamente: los árboles se volvían más altos, las piedras más lisas, el aire más claro. Finalmente, divisó una colina suave, coronada por una cabaña de madera que parecía construida con música y luz.
Justo cuando pensó que podía descansar sus pies, los ojos se le llenaron de lágrimas. No sabía si era por la alegría de haber llegado o por la frustración de tener que subir la cuesta. Pero subió. Paso a paso, con el corazón palpitando, con la esperanza latiendo fuerte.
Al llegar, los encontró sentados en la mesa, rodeados de pergaminos, estrellas dibujadas, mapas celestes y copas de néctar. Hermes estaba inclinado sobre unos planos, murmurando algo sobre rutas imposibles. Apolo, con su mirada serena, contemplaba el cielo como si leyera un poema invisible.
—Tíos... —dijo Eros, con la voz entrecortada—. Necesito su ayuda. Quiero ir a Creta a buscar a Dionisio. He visto a una chica y creo que él puede ayudarme a encontrarla.
Hermes levantó la vista, con una ceja arqueada.
—¿Una chica? ¿En Creta? Dionisio justo ahora está en Nemea —replicó, señalando un punto en el mapa con su dedo manchado de tinta.
Apolo lo miró con seriedad, pero también con ternura. Había algo en la voz del niño que le recordaba a los cantos antiguos, a los mitos que aún no habían sido escritos.
—Nemea es un lugar lleno de misterios y aventuras, pero también de peligros —dijo, con voz grave—. ¿Estás seguro de que quieres ir?
Eros asintió, con firmeza.
—Sí, estoy seguro. No puedo quedarme aquí sin hacer nada.
Hermes resopló, volviendo a sus planos.
—¿Por qué no podemos hacer un mapa más ordenado? —murmuró, frustrado por el caos de rutas y símbolos.
Pero su voz se perdió entre las risas de Apolo y el entusiasmo del niño. La energía del momento era contagiosa. Aunque el desorden le molestaba, no podía evitar sonreír ante la alegría que emanaba de ellos.
—Está bien —dijo finalmente Hermes, levantándose—. Te llevaré. Pero será un viaje largo, y no todo será fácil.
—No importa —respondió Eros—. Si ella está allá, yo también debo estar.
Apolo se acercó, colocó una mano sobre el hombro del niño, y le susurró:
—El amor, Eros, siempre encuentra su camino. Pero recuerda: a veces, lo que buscamos no es lo que encontramos. Y lo que encontramos... puede cambiarlo todo.