El mapa de los secretos

795 Words
Ya había pasado un buen rato desde que el pequeño Eros se había sentado a la mesa con sus tíos, Hermes y Apolo, en aquella cabaña coronada por estrellas y viento. El aire olía a madera vieja, a tinta fresca y a néctar derramado. Sobre la mesa, un pergamino extendido comenzaba a llenarse de líneas, símbolos y anotaciones que, más que representar rutas, parecían contar historias. -¡Vamos a marcar los lugares más importantes! -exclamó Eros, con los ojos brillando de entusiasmo, mientras trazaba con su dedo una línea que serpenteaba desde el Olimpo hasta Nemea. Apolo, siempre dispuesto a convertir cualquier momento en una lección mitológica, se inclinó sobre el pergamino y comenzó a narrar con voz melodiosa: -Aquí, en Micenas, Perseo venció a la Gorgona. Y más allá, en Tebas, Edipo resolvió el enigma de la Esfinge. Cada paso que des en este mapa, pequeño Eros, estará lleno de ecos antiguos. Hermes, aunque al principio se mostraba reacio, no tardó en dejarse arrastrar por pluma de punta afilada, comenzó a añadir detalles curiosos: atajos secretos, posadas donde los dioses solían disfrazarse de mortales, árboles que susurraban nombres olvidados. -Y aquí -dijo, señalando un punto cerca de Corinto-, está el olivar donde Atenea perdió una sandalia. Nadie lo sabe, pero yo la vi buscarla durante horas. Eros soltó una carcajada, y Apolo se unió con una risa sonora que hizo vibrar los cristales de las copas. Así, entre bromas, mitos y un poco de desorden, los tres se sumergieron en la creación de un mapa que no solo representaba la geografía de Grecia, sino también la unión de su familia. Cada punto señalado parecía tener un vínculo con ellos: una hazaña de Heracles, una travesura de Hermes, una canción compuesta por Apolo bajo la luna. -Este mapa es como nosotros -dijo Apolo, con una sonrisa cálida-. Un enredo de historias, caminos y parentescos. Eros asintió, aunque en su interior algo se removía. La alegría del momento era real, pero también lo era el peso que llevaba en el pecho. Apolo, con su intuición de poeta, lo notó. Y aprovechando la ligereza del ambiente, intentó indagar con suavidad. -Dime, Eros... ¿por qué quieres ir a Nemea? ¿Qué te impulsa a buscar a Dionisio? El niño bajó la mirada, fingiendo concentrarse en un símbolo que acababa de dibujar. No podía contarle la verdad. No a Apolo. No ahora. Sus tíos eran los más bromistas del Olimpo, y si llegaban a enterarse de lo que había pasado -de la humillación, de la vergüenza, de la chica en la playa- no lo dejarían en paz. Las risas se convertirían en burlas, y él terminaría llorando, escondido entre los laureles. Sabiendo que Apolo no quería llegar directo al punto, él decidió hacer lo mismo. -Es solo... curiosidad -respondió, encogiéndose de hombros-. Quiero saber más sobre Dionisio. Y sobre Creta. Apolo lo observó con atención, pero no insistió. Sabía que los secretos tienen su propio tiempo para revelarse. En cambio, Hermes, que había estado en el Olimpo esa misma mañana, sí conocía la historia. Había escuchado a Hebe hablar entre susurros, había visto el rostro de Eros cuando creyó que nadie lo miraba. Y aunque su naturaleza era traviesa, también era introspectiva. Hermes vivía atrapado entre sus pensamientos, entre la ternura que sentía por el niño que había sido y la responsabilidad de ser el mensajero de los dioses. Sabía que había cosas que debía guardar para sí mismo. Momentos de magia, de vergüenza, de deseo. Revelarlos podría traerle problemas, y más aún, podría herir a Eros. Así que se mantuvo en silencio, dibujando rutas con precisión, fingiendo que no sabía nada. -Este camino -dijo, señalando una línea que cruzaba el mar- es el más rápido. Pero también el más impredecible. Las corrientes cambian, los vientos se enredan, y los dioses del agua no siempre están de buen humor. -¿Y si vamos por tierra? -preguntó Eros, intentando desviar la conversación. -Tardarás más -respondió Hermes-. Pero verás más cosas. Más historias. Más señales. Apolo se levantó, tomó su lira, y comenzó a tocar una melodía suave, como si quisiera envolverlos en una atmósfera de calma. El sonido llenó la cabaña, y por un momento, el mapa quedó olvidado. Eros cerró los ojos, y en su mente volvió a aparecer la chica de la playa. Su silueta, su mirada, el instante en que sus mundos se cruzaron. No podía contarle a nadie. No aún. Pero sabía que debía encontrarla. Que su viaje no era solo hacia Nemea, sino hacia algo más profundo. Algo que aún no sabía nombrar. Hermes lo miró de reojo, y en su interior, una frase se formó, aunque no la dijo en voz alta: "El amor, cuando nace, no necesita explicación. Solo dirección."
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