Hermes se quedó quieto, con los brazos cruzados y una ceja arqueada, observando a Eros desde el umbral de la sala. El muchacho, ajeno a todo lo que no fuera el pergamino extendido sobre la mesa, tenía los ojos fijos en el mapa de Apolo. Sus dedos recorrían con delicadeza las líneas trazadas a mano, como si cada trazo ocultara un secreto, una promesa, una historia aún por vivir. Había en su mirada una mezcla de asombro y anhelo, una chispa que Hermes reconocía demasiado bien. Era la misma que él había sentido siglos atrás, cuando el mundo aún le parecía un tablero por descubrir y el amor, una fuerza tan poderosa como el rayo de Zeus.
Ese gesto, esa devoción silenciosa hacia un rostro apenas recordado, hacia una posibilidad aún incierta, le removió algo en el pecho. Hermes, el mensajero, el viajero incansable, el que siempre tenía una respuesta lista y una ruta alternativa bajo la manga, se sintió por un instante vulnerable. Porque él también había estado allí. También había sentido ese vértigo dulce y punzante que provoca el deseo de reencontrarse con alguien que apenas se ha rozado, pero que ya ha dejado una huella imborrable. Y aunque el tiempo le había enseñado a no quedarse demasiado en ningún lugar —ni en ningún corazón—, había memorias que se aferraban como hiedra a las paredes del alma.
Se permitió unos segundos más en ese rincón de nostalgia, saboreando el eco de sus propias aventuras pasadas, hasta que un sonido abrupto lo sacó de su ensueño: el crujido de un papiro al ser arrugado con furia, seguido por un gruñido de frustración.
—¡Otra vez no! —exclamó Apolo, dejando caer el mapa al suelo como si le quemara las manos.
Hermes parpadeó, regresando al presente. Caminó con calma hacia su hermano, que estaba inclinado sobre la mesa, rodeado de pergaminos arrugados, plumas sin tinta y tazas de infusión a medio terminar. El dios del sol tenía el ceño fruncido y los labios apretados, como si estuviera conteniendo una tormenta.
—¿Por qué borras tus planes, Apolo? —preguntó Hermes con una sonrisa ladeada, esa que usaba cuando sabía que estaba a punto de pinchar una herida—. Si borras una y otra vez, no llegaremos nunca con el niño a Nemea. Lo sabes, ¿no? ¿Entonces por qué lo sigues haciendo?
Apolo no respondió de inmediato. Se quedó mirando el vacío, como si las palabras de su hermano hubieran abierto una g****a en su fachada de perfección. Hermes lo observó en silencio, dándole espacio. Sabía que Apolo no era de los que compartían sus dudas con facilidad. Su hermano era luz, sí, pero también orgullo. Y el orgullo, cuando se ve amenazado, suele esconderse detrás de excusas brillantes.
Finalmente, Apolo suspiró. Se pasó una mano por el cabello dorado, despeinándolo aún más, y murmuró:
—No es tan simple como crees.
Hermes alzó una ceja, invitándolo a continuar.
—No es que quiera borrar todo —prosiguió Apolo, con voz más baja—. Es que... no estoy seguro de nada. Cada vez que trazo una ruta, me doy cuenta de que no conozco bien esa región. O que hay caminos que podrían ser mejores. O que quizás estoy llevando a Eros por un sendero equivocado. Y entonces lo borro. Y empiezo de nuevo. Pero cuanto más intento planear, más me pierdo.
Hermes se sentó en el borde de la mesa, dejando que sus piernas colgaran con despreocupación. Por dentro, sin embargo, sentía una punzada de ternura. Ver a Apolo así, tan humano, tan confundido, era raro. Pero también era un alivio. Porque significaba que, por fin, su hermano estaba dispuesto a dejar de fingir que lo sabía todo.
—¿Y si te dijera que no necesitas tener todas las respuestas? —dijo Hermes, con voz suave—. Que a veces, lo mejor que podemos hacer es caminar y confiar en que el camino se irá revelando.
Apolo lo miró, con una mezcla de escepticismo y cansancio.
—Eso lo dices tú, que conoces cada rincón de Grecia como la palma de tu mano. Yo... yo soy el dios del orden, de la armonía. No estoy hecho para la improvisación.
—¿Y quién dijo que el orden no puede surgir del caos? —replicó Hermes, encogiéndose de hombros—. A veces, un poco de desorden es justo lo que necesitamos para ver las cosas con claridad.
Apolo se quedó en silencio, masticando esas palabras. Luego, como si una chispa lo atravesara, se puso de pie de golpe. Con un gesto decidido, barrió todos los pergaminos y libros de la mesa, dejándolos caer al suelo en un torbellino de tinta y papel. Hermes lo miró con los ojos como platos.
—¡Eh! ¡Mis notas! —protestó, aunque sin verdadera furia—. ¿Qué te pasa, Apolo? No podemos simplemente deshacernos de todo así como así. La planificación es clave para que nuestras ideas funcionen.
Apolo desplegó un nuevo pergamino, completamente en blanco, sobre la mesa. Sus ojos brillaban con una determinación renovada.
—A veces, lo que necesitamos no es más planificación, sino una nueva perspectiva —dijo, mientras alisaba el papel con las palmas—. Mira a Eros. Él no está buscando un camino trazado. Está buscando una señal. Una intuición. Algo que lo lleve a ella, aunque no sepa exactamente cómo.
Hermes lo observó en silencio. Había algo en la voz de Apolo, en su postura, que le resultaba familiar. Era como si, por fin, su hermano estuviera dejando de lado el peso de la perfección para abrazar la incertidumbre. Y eso, pensó Hermes, era un acto de valentía.
—Además —añadió Apolo con una sonrisa pícara—, no entiendo a qué te refieres con «nuestras ideas». Hasta donde sé, tú solo viniste a criticar.
Hermes soltó una carcajada, una de esas que nacen del estómago y se expanden como una ola cálida.
—Tienes razón —admitió, alzando las manos en señal de rendición—. Pero no puedo evitarlo. Es mi naturaleza. Observar, intervenir, molestar un poco... y de vez en cuando, ayudar.
Apolo lo miró con una ceja arqueada.
—¿Ayudar? ¿Tú?
—Oye, no subestimes el poder del caos bien dirigido —dijo Hermes—. Aunque claro, si sigues tirando mis cosas al suelo, quizás me vea obligado a devolverte el favor mientras duermes. Con una almohada. En la cara.
Apolo soltó una risa breve, pero sincera. Era raro verlo reír así, sin reservas. Eros, que hasta entonces había estado absorto en el mapa, levantó la vista y sonrió al ver a sus tíos compartir ese momento.
—¿Entonces... vamos a Nemea? —preguntó, con la voz cargada de esperanza.
Apolo asintió, esta vez sin dudar.
—Sí. Pero no por el camino más corto. Ni por el más seguro. Vamos a buscar el camino que tenga sentido para ti, Eros. El que te acerque a lo que estás buscando, aunque no sepas aún qué es.
Hermes se puso de pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
—Eso suena peligrosamente parecido a una aventura —dijo, fingiendo preocupación—. Y ya sabes lo que eso significa: desvíos, criaturas extrañas, canciones improvisadas, y probablemente algún que otro desastre.
—Y también encuentros inesperados, aprendizajes, y quizás... amor —añadió Apolo, mirando a su sobrino con complicidad.
Eros asintió, con los ojos brillando.
—Estoy listo.
Hermes sonrió, esta vez sin ironía. Porque en el fondo, sabía que todos lo estaban. Incluso Apolo, aunque aún no lo admitiera del todo.
—Entonces, que empiece el viaje —dijo, mientras recogía uno de los mapas del suelo y lo enrollaba con cuidado—. Pero esta vez, sin borrar nada. Que cada trazo, cada error, cada giro inesperado, quede registrado. Porque eso también es parte del camino.
Y así, entre risas, mapas arrugados y una promesa silenciosa de transformación, los tres dioses se prepararon para partir. No sabían exactamente qué les esperaba en Nemea, ni si encontrarían lo que buscaban. Pero por primera vez en mucho tiempo, eso no importaba. Porque lo verdaderamente valioso no era el destino, sino la forma en que decidían caminar juntos hacia él.