El pequeño Eros había permanecido en un rincón, observando el intercambio de palabras entre los dos dioses con una mezcla de curiosidad y picardía. Sus ojos, brillantes como dos ascuas de oro, saltaban de los gestos rígidos de Hermes a la exuberancia desmedida de Apolo. Finalmente, rompiendo la tensión que flotaba en el aire cargado de polvo y pergaminos antiguos, el niño dio un paso al frente e intervino con una voz que sonó como campanillas de plata:
—Quizás la respuesta no sea que tengo que elegir un bando, sino dejar que ambos se den la mano —propuso, ladeando la cabeza con una sabiduría impropia de su estatura—. Un poco de caos para alimentar la chispa de la creatividad y un poco de orden para que esa chispa no incendie la biblioteca. ¿Qué les parece si trazamos un mapa nuevo? Pero olvidemos las reglas aburridas por un momento; hagámoslo como si estuviéramos inventando un juego.
Hermes, que en ese preciso instante tenía los dedos crispados sobre el lomo de un pesado tomo de cartografía —el cual acababa de rescatar del suelo tras el último alboroto—, sintió un impulso casi irresistible de golpear la cabeza de su hermano Apolo con él. Sin embargo, al percibir la suave presencia del pequeño, sus hombros se relajaron y soltó un suspiro largo. Lo que menos deseaba en el mundo era que la inocencia de Eros fuera testigo del límite real de su paciencia, que ya pendía de un hilo extremadamente fino.
Apolo, por su parte, se iluminó por completo. Una sonrisa radiante, capaz de rivalizar con el mismísimo sol, se extendió por su rostro.
—¡Oh, eso suena simplemente... revolucionario! —exclamó con un deje de sarcasmo juguetón dirigido a la rigidez de su hermano, aunque sus ojos brillaban de forma genuina ante la idea de Eros—. Un mapa que sea el reflejo de nuestras mentes, libre de a******s y rebosante de diversión. Hermes, por favor, dime que tu mente cuadriculada puede procesar semejante genialidad.
Hermes apretó la mandíbula. La actitud de Apolo podía llegar a ser verdaderamente irritante, rayando en lo insoportable cuando se ponía histriónico. No obstante, al mirar a su sobrino y ver la energía vibrante que emanaba del pequeño, no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara ligeramente hacia arriba.
—Está bien, acepto el desafío —cedió Hermes, señalando con un dedo admonitorio el desorden de tintas y papeles—. Pero con una condición innegociable: en cuanto este "juego" termine, ambos me ayudarán a recoger hasta la última brizna de este desastre que han provocado.
—¡Trato hecho! —gritó Eros sin un segundo de duda.
Antes de que Hermes pudiera arrepentirse, el niño ya estaba correteando por la sala, reuniendo pigmentos de colores imposibles, carboncillos y plumas de fénix para dar vida al proyecto. Con una chispa de emoción bailando en sus pupilas, Eros y Apolo se arrodillaron sobre el frío suelo de mármol y extendieron un pergamino virgen tan largo que parecía no tener fin.
Con trazos firmes, pero contagiados de una alegría caótica, comenzaron a delinear los contornos de Grecia. Hermes, manteniéndose un paso atrás con los brazos cruzados sobre el pecho, observaba la escena en un silencio vigilante. De reojo, no podía evitar sentir una mezcla de ternura y pavor; la creatividad de Eros era un río desbordado, y ver a Apolo intentando ayudar —quien, a pesar de su divinidad, no parecía tener la menor idea de la forma real de las islas jónicas— era una receta segura para el desastre cartográfico.
—¡Miren esto! ¿Qué tal si dibujamos un sendero de hilos de oro que conecte todos los templos de los dioses? —sugirió el niño, su voz cargada de un entusiasmo contagioso mientras su mano pequeña volaba sobre el papel.
Apolo asintió con fervor, añadiendo pinceladas de azul eléctrico donde se suponía que debía ir el mar, aunque el color se mezclaba con el ocre de la tierra de forma caprichosa.
—¡Sí! Y no nos olvidemos de las montañas sagradas, hagámoslas tan altas que toquen el encabezado del mapa —añadió el dios de las artes—. Y los ríos... hay que pintarlos de manera que parezca que fluyen con el peso de todas las historias antiguas que se han contado en sus orillas.
Mientras Eros movía su mano con una agilidad asombrosa, el mapa comenzó a transformarse en algo que no era una herramienta de navegación, sino un organismo vivo, lleno de mitos, colores y una libertad que solo el caos y el orden, trabajando bajo el mando de un niño, podían lograr.