El Peso de la Inutilidad
El Olimpo no era el paraíso de mármol y luz que los mortales imaginaban en sus cantos. Para Eros, en ese preciso instante, era una cárcel de ecos dorados donde cada risa de los dioses mayores sonaba como el choque de espadas. Las palabras de su abuelo, Zeus, no habían sido simplemente un regaño; habían sido una sentencia. "Inútil", "capricho de la carne", "un juego de niños en un mundo de titanes". Cada sílaba de la voz de trueno del Rey de los Dioses se había clavado en su pecho como una daga de obsidiana, fría y certera, buscando el centro de su joven e inmortal corazón.
¿Qué era él, después de todo? Para el resto del panteón, Eros no era más que un cero a la izquierda, un querubín con un juguete peligroso que causaba más problemas de los que resolvía. Su existencia, ante los ojos de los grandes regentes del rayo, la guerra y el mar, carecía de propósito estructural. Si Eros desapareciera mañana, pensaba con amargura, el sol seguiría saliendo por el este y las almas seguirían bajando al Hades. Nadie lo extrañaría, salvo quizás por el silencio de sus flechas.
Abrumado por la sensación de ser un error en la creación, Eros buscó refugio en los rincones más profundos y olvidados del monte sagrado. Se arrastró hasta una cornisa escondida tras una cortina de hiedras plateadas, un lugar donde el musgo crecía húmedo y la luz del atardecer apenas lograba filtrarse. Allí, lejos de las miradas juiciosas de las musas y los banquetes interminables, se dejó caer. Sus pequeñas alas, usualmente blancas y brillantes, colgaban ahora lánguidas y sucias de polvo, reflejando el estado de su alma.
Lloró. No fue un llanto heroico ni digno de una epopeya; fue el llanto desconsolado de un niño que acaba de descubrir que el mundo es un lugar donde no encaja. Cada sollozo le recordaba la imagen de la princesa mortal que tanto le quitaba el sueño, su dulzura y su fragilidad, contrastadas violentamente con la crueldad de Zeus. ¿Cómo podía ser su amor algo malo? ¿Cómo podía el sentimiento más puro ser tachado de "estorbo"?
De repente, el silencio del escondite se rompió. Un sonido rítmico, pesado y metálico comenzó a resonar contra las piedras. Clac... clac... clac...
Eros contuvo el aliento. Su corazón, ya agitado por la angustia, se aceleró hasta golpear sus costillas. ¿Acaso su llanto había sido tan estruendoso que había atraído a algún dios curioso? ¿Sería Ares, viniendo a burlarse de su debilidad? ¿O quizás su madre, Afrodita, con su mirada cargada de expectativas imposibles?
—¿Estás bien, pequeño? —La voz era profunda, rasposa como la piedra de esmeril, pero extrañamente cálida.
El niño no tuvo tiempo de especular más. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y levantó la mirada, esperando encontrar un rostro severo. En su lugar, vio la figura imponente y desgarbada de Hefesto. El dios del fuego y la forja estaba allí, apoyado en su bastón, con el rostro manchado de hollín y los ojos brillando con una chispa de comprensión que Eros no esperaba.
—Supongo que lo estoy —susurró Eros, aunque un nuevo sollozo traicionó sus palabras.
—Ya sé lo que pasó, querido Eros —dijo Hefesto, sentándose con dificultad sobre una roca cercana. Sus movimientos eran lentos, marcados por el dolor de sus viejas heridas, pero su presencia emanaba una solidez que los otros dioses, en su etérea perfección, no poseían.
Para Eros, no era del todo una sorpresa que fuera Hefesto quien lo encontrara. Había un vínculo extraño entre ellos, forjado en la exclusión. Durante mucho tiempo, los rumores en el Olimpo decían que eran padre e hijo, una idea que Eros atesoraba en secreto porque Hefesto siempre había sido el único que lo trataba con algo parecido a la ternura. Todo cambió el día en que Ares, en un arranque de arrogancia, se burló del arco y las flechas que Hefesto le había fabricado a Eros, llamándolas "baratijas de lisiado". En un acto de rebeldía, Eros usó una flecha de Atenea —una de sabiduría y verdad, no de sus pasiones usuales— para flechar a Ares. El resultado fue el escándalo que reveló la aventura de Ares y Afrodita ante todo el Olimpo. Desde entonces, el parentesco se había roto legalmente, pero el afecto permanecía.
—¿Viniste a burlarte también? —rechistó Eros, tratando de recuperar algo de dignidad mientras se sentaba en el suelo, con las piernas abiertas y el arco tirado a un lado—. ¿A decirme que soy un inútil que solo causa problemas?
—He visto demasiada belleza romperse en mi fragua como para burlarme de un corazón roto —respondió el herrero con una sonrisa triste—. Solo vine para asegurarme de que no te habías desvanecido en el aire por el peso de tus penas.
—¿Sabes cómo me siento? —preguntó Eros, desafiante.
Hefesto no necesitó responder con palabras. Se limitó a mirarlo, y en esa mirada Eros vio siglos de soledad, de ser el "dios deforme" entre los bellos, el trabajador entre los ociosos. Hefesto era el único que sabía lo que era ser necesario para el funcionamiento del mundo (pues él creaba sus armas y palacios) y, aun así, ser despreciado por aquellos que se beneficiaban de su trabajo.
—A veces, los adultos somos los seres más ciegos del universo —comenzó Hefesto, extendiendo una mano callosa hacia el niño—. No comprendemos lo que sentimos y, por orgullo, preferimos callar o herir a otros para no admitir nuestro propio miedo. Pero el silencio es un veneno, Eros. Si sientes que esa princesa es importante, si sientes que tu propósito es real, no dejes que el trueno de Zeus apague tu voz. Deberías hablar con ella.
—¿Y si no entiende? —La voz de Eros se quebró de nuevo—. ¿Y si pasa lo mismo que con mi abuelo? ¿Y si se ríe de mí? ¿Y si me dice que un dios tan pequeño no puede ofrecerle nada?
Hefesto no lo dejó hundirse en la espiral de la duda. Con una agilidad sorprendente para su condición, se inclinó y tomó las pequeñas manos de Eros entre las suyas, que eran grandes y calientes como carbones encendidos. Con un gesto firme pero protector, usó las propias manitos del niño para taparle la boca.
—Basta —sentenció el dios del fuego—. Escúchame bien. El éxito o el fracaso de tu camino será solo tuyo. Nadie en este panteón, ni siquiera el que se sienta en el trono más alto, tiene el poder de decidir si lo lograrás o no. Tú eres la pregunta y tú eres la respuesta, Eros. Si confías en lo que arde dentro de ti, encontrarás la forma. Y si fallas... —Hefesto suavizó el tono—, si fallas, al menos habrás tenido la valentía de intentarlo, algo que muchos aquí arriba no tienen.
Eros sintió que un calor agradable, muy distinto al fuego abrasador de los rayos de Zeus, se extendía por su pecho. Era el calor de la aceptación.
—No estás solo en esto —concluyó Hefesto, soltándole las manos—. Siempre estaré junto a mi yunque si necesitas que alguien te escuche. Mi fragua siempre está abierta para los que no encuentran su lugar.
Con esas palabras, el aire alrededor de Eros pareció volverse más ligero. El peso de la "inutilidad" no había desaparecido del todo, pero ahora tenía un propósito. Recogió su arco, sintiendo la madera familiar y sólida. Tal vez, después de todo, podría encontrar la manera de hablar sobre sus sentimientos. Tal vez podría compartir su mundo con la princesa y, algún día, encontrar el valor para enfrentarse a la mirada de su madre, Afrodita, no como un niño asustado, sino como el dios que realmente era.