Capitulo 12

798 Words
En la mirada de Eros se veía un brillo inusual, la luz de los candelabros del refugio impactada en las lágrimas que aún no habían terminado de c******e. Eros estaba nervioso y lo único que pensaba era lo que había ocurrido en el Olimpo. Aunque ya Hermes tenía la información suficiente como para saber lo que había pasado Eros retomo el relato. Este se volvió una marea de palabras desesperadas, un intento por ahogar los ecos de la risa de Zeus y el desprecio del panteón. Hermes escuchaba con la mandíbula apretada, reconociendo el patrón de crueldad que los dioses mayores infligían sobre todo aquello que no podían controlar mediante la fuerza. —Corrí hacia ella, Hermes —decía el niño, sus manos gesticulando en el aire como si aún intentara alcanzar un fantasma—. Sentí la arena quemando mis pies, pero no me importó. Al verla jugar con las olas, el mundo dejó de ser un mapa o una tarea; se convirtió en ese instante de luz. Pero entonces... —su voz se quebró— entonces vi la silueta de mi madre recortada contra el cielo del Olimpo. El recuerdo de Afrodita llegando al Gran Salón era una mancha de amargura en su memoria. Ella había sido alertada de que su hijo estaba al borde de un colapso, y aunque cruzó el umbral bajo las miradas cargadas de veneno de las otras diosas, el ambiente ya estaba emponzoñado. —El abuelo ni siquiera me miró como a un nieto —continuó Eros, con el labio temblando—. Me miró como si fuera una mancha en su precioso suelo de mármol. «Ya llévatelo», farfulló con ese asco que le tiene a la debilidad. «E intenta hablar con él a ver si se le quita esa tontería». Hermes soltó un gruñido bajo. Podía imaginar perfectamente a Zeus volviéndose hacia su trono, más preocupado por el brillo del piso que por el corazón roto del niño, mientras las risas de los demás dioses estallaban a sus espaldas como látigos. —Mamá me sacó de allí cargado en sus brazos, pero el peso de sus burlas era más grande que yo mismo. Ella intentó ser paciente, de verdad lo intentó. Me llevó lejos de sus miradas, buscó un rincón de paz y esperó... esperó durante horas a que yo pudiera articular una sola palabra. Pero el nudo en mi garganta era una roca. Eros miró fijamente el chocolate frío, recordando la sensación de impotencia absoluta. —Después de dos horas, la paciencia de mamá se agotó. Se veía cansada, harta de la humillación que yo le había hecho pasar frente a todos. «Búscame cuando te sientas mejor», me dijo, y su voz sonaba tan distante que sentí que la perdía para siempre. Cuando vi que se alejaba, quise gritarle que volviera, quise correr y abrazarla para decirle que tenía razón, que debía concentrarme en mi trabajo para no sentir este dolor... pero estaba tan débil, Hermes. Mis piernas no me sostenían. Me quedé allí, solo, viendo cómo la única persona que podía consolarme me dejaba atrás porque yo era incapaz de hablar. Hermes se mantuvo en silencio un largo rato. Se levantó de la mesa y se acercó a la ventana de la cabaña, mirando la oscuridad del puerto. El reflejo del dios de los mensajeros en el cristal parecía cansado, cargando con siglos de secretos ajenos. —Eros —dijo Hermes sin darse la vuelta—, lo que sentiste ese día no fue debilidad. Fue el impacto de la realidad de los dioses. Ellos no odian tu amor por esa niña; odian que ese amor te haga independiente de ellos. Si no puedes hablar, es porque tus palabras no pertenecen al lenguaje que ellos quieren oír. Hermes se giró, y esta vez su mirada era afilada como una de sus sandalias aladas. —Afrodita se cansó de esperar porque ella también tiene miedo de Zeus. Pero yo no tengo que rendirle cuentas a nadie esta noche. Si tu madre se fue porque no pudiste hablar, yo me quedaré aquí hasta que termines de trazar cada centímetro de ese mapa en tu cabeza. No necesitas ponerte de pie solo, para eso estamos aquí. Eros levantó la barbilla, y por primera vez, el temblor de sus manos cesó. La calidez del chocolate ya no importaba; la calidez de la lealtad de su tío estaba empezando a soldar las grietas de su espíritu. —Dime —instó Hermes, regresando a la mesa con una pluma nueva—, después de que tu madre se fue y te quedaste solo en aquel suelo frío... ¿qué fue lo que te dio fuerzas para levantarte y buscar este barco? Porque algo te trajo hasta aquí, y no fue el mandato de Zeus.
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