Capitulo 11

757 Words
El relato de Eros fluyó como una herida que finalmente se abre para drenar el veneno. Mientras le hablaba a Hermes, la calidez de la cabaña pareció disiparse, reemplazada por el recuerdo gélido de aquel día en el Gran Salón del Olimpo. -Ella no es solo una humana para mí, Hermes -confesó el niño, con la voz quebrada-. Todo empezó con un sentimiento que no pude contener. Al principio, busqué refugio en el abuelo Zeus. Pensé que él, siendo el rey, el más sabio y el más fuerte, entendería este fuego que me consumía el pecho. Pensé que su mirada sería un refugio, pero terminó siendo una trampa de mármol. Eros apretó los puños sobre el mantel, recordando la figura imponente de su abuelo recortada contra los rayos del mediodía. En su memoria, el rostro de Zeus no mostraba la sabiduría de los años, sino una dureza ancestral que lo hacía sentir como un insecto bajo la lupa. -Recuerdo que le dije: «Abuelo, hay una niña... la vi en la playa». Le hablé de su risa, de cómo su cabello rizado parecía atrapar la luz del sol, de cómo mi corazón latía de una forma que nunca me habían enseñado en las lecciones de tiro con arco. Esperaba un consejo, un abrazo... algo. Pero su mirada se clavó en mí durante un tiempo que me pareció eterno, un silencio que me caló más hondo que el frío de este puerto. Hermes escuchaba en un silencio sepulcral, su pluma suspendida, reconociendo la crueldad de la que eran capaces sus parientes cuando se trataba de "mantener el orden". -Y entonces -continuó Eros, con una lágrima rebelde brillando en el borde de su ojo-, él soltó esas palabras que todavía me queman: «¿Y a ti quién carajo te dijo que los dioses se enamoran? Los dioses no se enamoran, Eros. Los dioses poseen, conquistan o destruyen, pero no se entregan». El niño soltó un sollozo seco, un nudo en la garganta que amenazaba con asfixiarlo. -Lo peor no fue eso. Lo peor fue que, de repente, sentí que las paredes del lugar se cerraban. Uno a uno, los Olímpicos empezaron a aparecer desde las sombras, como si mi confesión fuera un espectáculo de circo. Mi padre, Ares, estaba allí, mirándome con una decepción que me dolió más que cualquier golpe. Y mamá... Afrodita me miraba con esa preocupación que en realidad es una advertencia. Eros se encogió en la silla, reviviendo el bochorno de verse rodeado por el panteón entero mientras su abuelo lo humillaba. -Le supliqué que me entendiera, que quería volver al bosque, que no podía ocultarle esto a mamá por más tiempo. Pero Zeus solo se rió. Una risa que hizo temblar las columnas. Me dijo que dejara de pensar en ridiculeces, que me concentrara en lo que nací: ser una herramienta, un juguete que dispara flechas para el capricho de otros, pero que jamás debía sentir el efecto de mi propia magia. «Concéntrate para lo que naciste», eso fue lo que me gritó. Hermes dejó la pluma y, por primera vez, dejó de lado su papel de estratega. Se levantó y puso una mano firme sobre el hombro de su sobrino. Él también había nacido para servir, para llevar mensajes de otros, para ser el mensajero de los deseos ajenos mientras los suyos quedaban en segundo plano. -Ellos tienen miedo, Eros -susurró Hermes con una gravedad que el niño nunca le había escuchado-. Tienen miedo de que el Amor sea más poderoso que el Rayo. Por eso te querían pequeño, por eso te querían ciego a tus propios sentimientos. Pero no estamos en el Olimpo ahora. Estamos aquí, y ese mapa que estoy trazando no es para una "herramienta", es para alguien que ha decidido que su corazón no es propiedad de Zeus. Eros levantó la mirada, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano. El chocolate ya estaba frío, pero el fuego en sus ojos se había reavivado, esta vez alimentado por la comprensión de su tío. -Dime, Hermes... ¿Tú crees que soy una ridiculez? Hermes sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa de malicia ni de pasiva-agresividad. Fue la sonrisa de un cómplice que está a punto de robarle el fuego a los mismos dioses. -Creo que eres el único de nosotros que es realmente libre. Ahora, termina de contarme hacia dónde fue ese barco. Si Zeus quiere que te concentres en tu trabajo, vamos a darle el mejor espectáculo de su vida. Vamos a encontrar a esa princesa.
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