Me había perdido con la muerte de mi hermano. No había estado viviendo con él y mucho menos, relacionaba su rostro de adulto, con el niño con el que había vivido muchas cosas, pero, saber que ahora estaba muerto, era algo que no podía manejar con calma. No vivía con él, pero, tenía claro que cuando mis recuerdos volvieran, el reencuentro sería más significativo y si no volvían, después de una gran calma al resolver los problemas y enemigos, caminaríamos hasta las tumbas de nuestros padres y saludaríamos, diciéndoles que estábamos juntos. Que nuevamente, aunque no fuéramos hermanos de sangre y lo sabíamos, nos tratábamos como unos. Saber que eso ya no era posible y que mientras me quejaba porque acabaría la paz a la que estaba acostumbrada, a él se le había acabado su vida, fue duro. Por

