Mentiras a media noche

1013 Words
El silencio en la mansión Belmont era engañoso. A simple vista, todo parecía en orden: las luces tenues de los candelabros, los cuadros perfectamente colgados, el aroma leve a gardenias frescas. Pero Aria sabía que la calma no duraría mucho. —¿A dónde fuiste anoche? —preguntó su madre, sentada frente a ella durante el desayuno, con la voz suave pero cargada de veneno. Aria alzó la vista lentamente, sin dejar que la cuchara con yogur temblara en su mano. —A dar un paseo —respondió. —A las dos de la mañana. Con vestido de gala. —Estaba aburrida. Su padre dejó el periódico sobre la mesa. La tensión era espesa como la miel. —No toleraremos mentiras, Aria. Eres una Belmont. Te estás comportando como una niña caprichosa. Aria se levantó sin pedir permiso, sin una palabra más. Subió las escaleras con pasos lentos y elegantes. No dejaría que la vieran temblar. Una vez en su habitación, cerró la puerta con llave y se dejó caer sobre la alfombra. Su corazón aún latía con fuerza por lo ocurrido la noche anterior. El beso de Kael. Sus palabras. Ese tipo de cosas que las chicas como ella no debían vivir. Y sin embargo, no podía dejar de repetirlo todo en su mente. Tomó su celular. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Lo odió un poco por eso. A la hora del almuerzo, ignoró todas las miradas. Fingió que nada pasaba. Sonrió a los invitados, se rió con los primos de su madre, habló de arte como si no le importara que su vida estuviera desmoronándose por dentro. Y luego, como si el destino escuchara su deseo más oculto, lo vio. A través del ventanal del comedor, en la calle, junto a una vieja motocicleta que no debería estar ahí, estaba él. Kael. Con sus jeans rotos, su chaqueta de cuero y esa maldita mirada que le derretía la voluntad. Aria se excusó con una sonrisa, diciendo que necesitaba tomar aire. Salió sin ser detenida, y cuando llegó a la vereda, él ya no estaba. —¿Me buscabas, princesa? —murmuró su voz detrás de ella. Se giró con un sobresalto. Él estaba ahí, entre los arbustos del jardín, fumando como si nada. —Estás loco. Si mis padres te ven… —¿Qué harían? ¿Dispararme con billetes de cien? —Kael, esto es serio. Él apagó el cigarro contra un árbol y se acercó. —Lo sé. Por eso vine. Aria lo miró con el ceño fruncido. —¿Por qué no me escribiste? —Porque pensé que si me extrañabas, volverías. —Eso es idiota. —Funciona. Ella se quedó en silencio. Porque sí, había funcionado. —¿Qué quieres de mí, Kael? —preguntó, bajando la voz. Él se acercó aún más, tan cerca que podía oler su perfume: tabaco, aceite de motor, y algo dulce que no lograba identificar. —Quiero verte temblar de rabia por mí. Quiero que me grites, que me beses, que me odies y me ames al mismo tiempo. —No sabes amar. —Tal vez no. Pero tú me estás enseñando. Y entonces, sin permiso, la besó. El beso fue más lento esta vez, más profundo. Aria sintió que sus rodillas flaqueaban. Que todo lo que había creído sobre sí misma se evaporaba con el roce de sus labios. —Tengo que volver —murmuró ella, cuando logró separarse. —¿Volver a fingir? Ella no respondió. Esa noche, Kael la llevó en su moto hasta lo alto de un mirador desde donde se veía toda la ciudad. Se sentaron sobre una manta vieja, compartieron una hamburguesa grasienta y hablaron de cosas que no parecían importantes. —Mi madre murió cuando yo tenía nueve —confesó él, sin mirar al frente—. Mi padre se emborracha cada noche y se olvida de que existo. Aria sintió un nudo en el estómago. —Lo siento. —No lo hagas. Me hizo fuerte. —No quiero que seas fuerte todo el tiempo. Kael se giró hacia ella, sorprendido. —¿Sabes lo peligroso que es decirme eso? —¿Y sabes lo peligroso que es hacerme sentir viva por primera vez? Se miraron largo rato. El reloj marcaba la medianoche cuando Aria volvió a casa. Entró por la ventana de su habitación, como si fuera una ladrona. Pero ya la esperaban. Su madre estaba sentada en su cama, con los brazos cruzados y el rostro de piedra. —No puedes seguir viéndolo —dijo sin rodeos—. Lo investigamos. No tiene familia estable. Problemas legales. Es una vergüenza. —No lo es. —Te vamos a enviar al extranjero. A París. Mañana. —¿Qué? —Mañana. He hablado con tu tía. Ya todo está arreglado. Aria sintió que el mundo se le venía abajo. —¡No pueden hacerme esto! —Sí podemos. Porque te amamos. Y no vamos a dejar que destruyas tu vida por un... delincuente. Aria temblaba. Su corazón latía como una alarma. —Voy a escaparme. Si me obligan, me voy a ir con él. Su madre la abofeteó. No con violencia, sino con elegancia. Una cachetada fría, precisa, que cortó el aire. —Ya no eres una niña. —¡Y tú no eres dueña de mí! La puerta se cerró con un portazo tras ella. Aria corrió a su celular y escribió el mensaje más corto y desesperado de su vida: "Ven por mí. Ahora. No tengo tiempo." Kael respondió con una sola palabra: "Voy." Esa noche, Aria escapó. Se llevó solo una mochila, su diario, y el collar que su abuela le había dado cuando cumplió quince. Subió a la moto de Kael con lágrimas en los ojos. Él la abrazó por la cintura sin decir nada. Y juntos, desaparecieron en la oscuridad. Pero el mundo no olvida tan fácil. Y hay personas que no perdonan ser reemplazadas. Leonard, desde su habitación impecable, observaba la foto que aún guardaba de Aria. Y sonreía. Pero no era una sonrisa de amor. Era promesa de venganza.
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