La madrugada los encontró en la carretera, con el motor de la motocicleta rugiendo como una bestia furiosa y el viento golpeándolos sin piedad. Aria no dijo ni una palabra durante el trayecto. Sus brazos estaban envueltos en la cintura de Kael, aferrándose a él como si fuera lo único real en un mundo que se deshacía.
Finalmente, cuando la ciudad quedó atrás y los edificios dieron paso a campos abiertos, Kael se detuvo cerca de una vieja cabaña abandonada que había conocido en su infancia. El lugar estaba rodeado de árboles altos y un silencio espeso.
—Aquí estaremos bien por ahora —dijo, mientras apagaba el motor.
Aria bajó en silencio, observando el lugar. No era precisamente acogedor, pero al menos estaba lejos de sus padres. De París. De Leonard.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Fuera del mundo —respondió él con una sonrisa ladeada.
Kael empujó la puerta de la cabaña, que chirrió como si despertara de un largo sueño. El interior era rústico, con muebles cubiertos por sábanas viejas y una chimenea cubierta de polvo. Pero había algo en el ambiente, una especie de libertad cruda que Aria nunca había experimentado.
—¿Cómo conoces este lugar? —preguntó, mientras dejaba su mochila sobre un sillón.
—Mi madre me traía aquí antes de morir. Decía que el ruido de la ciudad nos robaba el alma.
Aria se sentó, todavía aturdida.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Kael la miró fijamente. Luego caminó hacia ella y se arrodilló frente al sillón.
—Vamos a vivir, Aria. A respirar sin que nos digan cómo hacerlo.
Ella lo miró, dudando.
—¿Y si vienen por mí?
—Entonces nos vamos más lejos.
—¿Y si me obligan a volver?
—Lucharemos.
—¿Y si no puedo con esto?
—Yo sí puedo.
Kael la besó con fuerza. Era un beso distinto esta vez, lleno de una desesperación sorda. Aria le respondió con la misma intensidad. Quería creerle. Quería creer que él era suficiente para protegerla de todo.
Pasaron los días. Comían lo que podían conseguir en gasolineras o tiendas apartadas. Kael salía por las noches a buscar comida y mantas, mientras Aria escribía en su diario y miraba el cielo por la ventana. Era una vida extraña. Casi mágica. Pero no perfecta.
Porque en algún rincón de su mente, la sombra de Leonard comenzaba a crecer.
Mientras tanto, en la ciudad, la familia Belmont había declarado la desaparición de Aria. La prensa hablaba de secuestro, pero su madre sabía que no era así. Su hija se había ido por voluntad propia, y eso dolía más que cualquier sospecha de violencia.
Leonard estaba presente en cada reunión familiar, ofreciendo su ayuda, fingiendo preocupación.
—Yo la amaba —repetía ante los medios—. Nunca la habría lastimado.
Pero su sonrisa se torcía cuando nadie lo veía.
Él sí sabía cómo encontrarla. Siempre había sabido más de Aria de lo que ella creía.
En la cabaña, las cosas comenzaron a cambiar.
Una tarde, Aria encontró una vieja radio en uno de los armarios. Con algo de ingenio, logró hacerla funcionar. Las noticias inundaron el espacio como una marea incontrolable.
—La joven Aria Belmont lleva desaparecida cinco días. Su familia ofrece una recompensa millonaria por cualquier información sobre su paradero. Fuentes cercanas sospechan que fue influenciada por un joven con antecedentes…
Aria apagó la radio bruscamente.
Kael apareció en la puerta con una bolsa de pan y un par de latas.
—¿Todo bien?
—Nos están buscando. Me están buscando como si fuera una fugitiva.
—Porque eres libre, y eso les da miedo.
—¿Y tú? ¿No tienes miedo?
Kael se encogió de hombros.
—Estoy más asustado de perderte que de ir a prisión.
Esa noche, durmieron juntos por primera vez. No fue solo deseo. Fue necesidad. Una urgencia de aferrarse el uno al otro como náufragos en medio del océano.
Después, mientras Kael dormía con el brazo sobre su cintura, Aria pensó en lo rápido que todo había cambiado. ¿Estaba enamorada o solo escapando? ¿Kael era su salvación o su nueva jaula?
A la mañana siguiente, escucharon el motor de un coche acercándose.
Kael reaccionó al instante. Tomó una navaja de su mochila y miró por la rendija de la puerta.
—No es la policía —murmuró.
Aria se acercó. Un auto n***o, de vidrios polarizados, se estacionó frente a la cabaña.
Del vehículo bajó un hombre alto, de traje claro y lentes oscuros. No era policía.
—Quédate aquí —dijo Kael.
—No, voy contigo.
Kael no discutió. Salieron juntos.
El hombre los miró con una sonrisa profesional.
—Señorita Belmont, su familia está preocupada. Mi nombre es Rivas. Trabajo para su padre.
—No me voy con usted —respondió Aria con firmeza.
—Solo estoy aquí para hablar.
Kael frunció el ceño.
—¿Y si no queremos hablar?
—Entonces me quedaré aquí hasta que cambien de opinión. No quiero problemas. Pero tampoco me iré sin ella.
Kael apretó los puños. Aria lo tomó del brazo.
—Déjalo. Que mire todo lo que quiera. No vamos a escondernos más.
El hombre se instaló en su coche. Kael y Aria volvieron al interior, pero la atmósfera había cambiado. Ya no estaban solos.
Y al caer la noche, Kael no volvió.
Había salido a buscar víveres. Dijo que no tardaría.
Pero pasaron las horas. Y no regresó.
Aria lo llamó una, dos, veinte veces. No contestó.
Cuando salió al jardín, encontró la moto tirada, con una rueda pinchada y las llaves aún puestas.
Entonces lo supo.
Kael había desaparecido.
Y ella estaba sola.
O no tan sola.
Desde el auto, Rivas observó la escena.
Y levantó el teléfono.
—Está hecho. El chico está fuera. La señorita ahora es accesible.
Del otro lado de la línea, Leonard sonrió con satisfacción.
La partida apenas comenzaba.