Marcas invisibles

524 Words
El colegio parecía más grande, más frío, más vacío sin él. Ella caminó entre los pasillos como una sombra de sí misma, fingiendo que todo seguía en orden. Pero cada rincón le recordaba a Kael. Su sarcasmo. Su manera de mirarla como si supiera exactamente en qué parte se rompía por dentro. Ahora no estaba. Y ella no tenía idea de por qué. Lo había buscado. En el patio, en la azotea, incluso se había atrevido a asomarse en las zonas del instituto donde no solía ir. Nadie sabía nada. Nadie lo había visto. Kael simplemente... había desaparecido. Y eso la ponía al borde. La rabia empezó a arderle en la garganta. Odiaba sentirse así. Débil. Expuesta. Pero algo dentro de ella le decía que esto no era casual. Que su padre, o alguien más de ese infierno de control y poder, estaba detrás. —¿Te sientes bien, señorita? —preguntó una voz suave. Era una de sus compañeras. Sonreía con cortesía, sin interés real. —Perfectamente —mintió, con su sonrisa de siempre. Pero al girar, tropezó con una mirada que no esperaba. Rivas. Sentado en una banca, con el periódico en las manos, parecía casual. Pero sus ojos oscuros, fríos, no dejaban de observarla. Como si calculara cada uno de sus movimientos. Ella fingió no notarlo. Caminó con elegancia hasta el final del pasillo y desapareció por la escalera de servicio. Necesitaba aire. Afuera, el sol apenas calentaba. El viento era seco. Cerró los ojos. Quería entender. Quería encontrarlo. Quería… a Kael. —¿Lo extrañas? La voz llegó como un susurro desde la nada. Se giró bruscamente. Y ahí estaba él. Leonard. Parado junto al auto n***o con vidrios polarizados, con ese traje que parecía sacado de una reunión de mafiosos y esa sonrisa de víbora domesticada. Su exnovio. —¿Qué haces aquí? —espetó, retrocediendo un paso. —Preguntarte cómo estás. Interesándome por ti, como siempre lo hice. —Se acercó sin prisa—. ¿Tan rápido te aburriste de tu juguete callejero? —No hables de él. —¿Por qué no? ¿Porque desapareció sin dejar rastro? —Leonard ladeó la cabeza—. Qué conveniente. Ella lo miró con el corazón golpeándole las costillas. No podía ser. Él no... ¿Lo había hecho? —¿Qué le hiciste? Leonard soltó una risita suave, como si le divirtiera verla furiosa. —No te preocupes. Solo lo alejé. No te conviene, princesa. No quiero que te pase nada. —¡No tienes derecho! Leonard la tomó del brazo, no con violencia, pero con esa fuerza disfrazada de ternura que ella conocía demasiado bien. —Claro que tengo derecho. Porque tú eres mía. Aunque te cueste aceptarlo. Ella lo empujó con todo lo que tenía. —No. Ya no lo soy. Pero su mirada no cambió. Seguía sonriendo. —Eso crees. Pero estás equivocada. Muy pronto lo vas a entender. Y mientras él subía al auto, ella sintió que su mundo, ese que había comenzado a reconstruir con Kael, empezaba a resquebrajarse otra vez. Esta vez, el juego era real. Y las piezas ya estaban en movimiento.
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