―¡Mire usted!, nosotros podemos saber mucho de rezar, bueno y alguna otra cosa más, pero no somos policías, y este trabajo que les vamos a encomendar es para unos buenos policías, no para cualquiera ―les estaba diciendo el sacerdote muy serio.
―Pero ¿es que pasa algo?, ¿han recibido alguna amenaza? ―preguntó Marta intranquila.
―¡Miren, vamos a empezar por el principio!, si les parece, para que así puedan sopesar bien todo. ¿Saben lo que es una J.M.J.? ―preguntó el sacerdote de pronto mirándolos a ambos fijamente como queriendo estudiar su reacción.
―¡Sí! ―dijo Marta enseguida muy segura―. Una reunión masiva de jóvenes, en la que al parecer se reúnen de todo el mundo.
―¡Muy bien!, esa que ha contestado, ¿era su parte atea, o comunista...? ―dijo el sacerdote sonriendo.
―Son informaciones que se tienen, independientes de las creencias de cada uno ―respondió ella bajando la cabeza.
―¡Claro!, por eso la he dicho antes, que no me importa en lo que crea usted o deje de creer, lo que se le pide es que realice un trabajo, como otro de los muchos que hace a diario ―la dijo el sacerdote.
―¡Bueno, pero siendo para el Papa!, no creo que sea normal que trabajen unos agentes ―dijo Jenaro bajito, casi como un susurro, más parecía que era una reflexión, que se estaba haciendo para sí.
―¡Mire usted!, nuestro querido Cardenal, les ha escogido a ustedes. Él me ha dicho que los conoce y que hay pocos que se les puedan igualar, y él quiere lo mejor ―les estaba diciendo Don José.
Los dos se miraron y bajito al unísono dijeron:
―¡Sí, es un honor, gracias!
―¡Miren!, me llamó ―continuó diciéndoles el sacerdote―. Y me contó el plan, ustedes tienen que ir a Polonia, que por si no lo saben, es donde se va a celebrar la nueva J.M.J. y hacer averiguaciones, ver si todo es seguro, creemos que sí, pero como están las cosas últimamente, toda precaución es poca.
―Pero ¿falta mucho para esa reunión? ―preguntó Marta de pronto―. ¿Para cuándo será en concreto?
―Miren, en el Vaticano están acostumbrados a hacer las cosas despacio, con tiempo y con todo controlado, para evitar que surjan imprevistos. El Señor Cardenal ha pedido que les dispensen a ustedes de todas las tareas que tengan entre manos, hasta que todo acabe.
Los dos se miraron incrédulos, al escuchar aquellas palabras, pero fue ella la que tomando la palabra dijo:
―¡Eso no es posible!, tenemos casos que no podemos dejar.
―¡Espera! ―dijo Jenaro―. ¡Claro, ahora entiendo!
―¿El qué? ―preguntó Marta con curiosidad.
―No, que el jefe nos ha dicho que nos vayamos de viaje, ¿no me has comentado que te ha dado la tarde libre? ―le estaba diciendo él sonriendo.
―Sí, pero ¿qué quieres decir?, no lo comprendo ―volvió a preguntar ella.
―Pues que lo que nos está diciendo ahora mismo Don José, es eso, que se nos ha dispensado de todo, y nos han dado este trabajo solamente ―añadió el policía asombrado.
―¡Claro!, ¿ahora ven ustedes la importancia de ello? ―dijo el sacerdote sonriendo.
―Pero ¿cómo lo han conseguido? ―dijo Marta sorprendida.
―¡Ah, eso no lo sé!, a mí me lo ha notificado el comisario, pero sin darme más explicaciones, además no sabía yo hasta este mismo instante, que a ustedes no se lo habían dicho ―les dijo el sacerdote que parecía también sorprendido.
Jenaro se levantó de la silla, y dando unos pasos por la Sacristía dijo:
―Pero ¿tenemos que dejar todo?, ¡así!, ¿sin más?, ¡no puede ser!, yo tengo cosas pendientes.
―¡Claro! ―le dijo Marta―. Ya cogerán nuestros casos alguno de los compañeros, y si nos necesitan ya nos llamaran por teléfono, parece ser que nosotros nos tenemos que centrar en esto solamente. ¡Y yo con estos pelos! ―se le escapó de pronto, al mismo tiempo que se echaba ambas manos a la cabeza.
Don José sorprendido al verla hacer ese gesto preguntó:
―¿Qué les pasa a sus pelos?
―¡Perdone, perdone, no sé qué decía! ―se disculpó ella, notando que estaba poniéndose colorada, por la metedura de pata.
―¡Sí! ―dijo su compañero de pronto―. Es que me venía comentando, qué cómo se iba a ir de viaje sin arreglarse un poco.
―¡Anda!, ¿y para que le dices esto?, ¿a este señor que le importa?, va a pensar que soy una superficial, con el asunto importantísimo que nos traemos entre manos y yo pensando en mi pelo ―le dijo, mientras le lanzaba una mirada… en tono enfadado.
―¡Mire usted, Doña Marta!, sea importante el asunto, o no, usted es una mujer, eso lo puedo entender bien, y además la puedo ayudar ―la dijo Don José sonriendo.
―¿Qué?, ¿a qué? ―preguntó ella, extrañada por la afirmación del sacerdote.
―¿De verdad necesita una peluquería? ―la preguntó él de pronto.
―¡Bueno, sí!, ¡no sé! ―contestó ella indecisa, pensando que no debía haber sacado ese tema.
―¡Pues eso está hecho!, que todo en la vida sea así de fácil ―Y sacándose del bolsillo de la sotana, un viejo móvil, marcó un número, escucharon como daba unas llamadas, y cuando al otro lado del aparato le contestaron dijo:
―¡Niña necesito un favor!
Como le debieron de preguntar, sobre qué a que se refería, los dos le escucharon que contestó:
―Tienes que atender a una amiga que te mando ahora mismo, ¡ya sé que es la hora de comer!, ¡bueno!, pues cuando termines de arreglarla comes, por un día no te va a pasar nada, porque lo hagas un poco más tarde ―Y despidiéndose colgó.
Los dos policías, allí sentados enfrente, se miraron incrédulos, no entendían que había pasado, pero sí habían oído bien, el sacerdote había pedido a alguien, que debía tener una peluquería, que la atendiera, esto era inaudito.
Don José después de meterse de nuevo el móvil en el bolsillo de la sotana, tomando la palabra dijo:
―¡Ve, hija!, ya tiene una peluquera esperándola, así que vaya y póngase guapa si eso es posible, porque yo no entiendo mucho de eso, pero me parece que usted es de las que necesitan pocos retoques, su naturaleza ya le ha hecho un buen trabajo.
Marta que no podía salir de su asombro, muy nerviosa, le preguntó:
―¿Qué me está diciendo?, ¿qué tengo que irme ahora a una peluquería?, pero si tenemos que sacarle a usted toda la información necesaria para nuestro trabajo, en estos momentos no me puedo mover de aquí.
―¡Mire hija!, usted se pone guapa, y luego vuelve aquí, que nosotros no nos vamos a mover. Yo le digo a su compañero, sí porque sé que, aunque son matrimonio, sé que les gusta que les llamen compañeros en el trabajo, bueno, pues le cuento todo lo que yo sé, y así hacemos las dos cosas ―le estaba diciendo ese anciano sacerdote con gran resolución, había en un momento resuelto todo con gran facilidad.
Jenaro que no salía de su asombro dijo:
―¡Mira, es buena idea!, yo apuntaré todo lo que me diga, para luego contártelo y que no se me pase nada, no te preocupes y vete tranquila a que te arreglen lo que quieras.
El sacerdote la dijo la dirección de la peluquería. Ella sin rechistar salió de la Sacristía, atravesó el templo dirigiéndose a la calle y mientras bajaba los escalones pensaba, “¡Hay que ver, qué día llevo!”
Cuando llegó al lugar, allí cerca en la calle Virgen del Valle, pudo comprobar que era una gran peluquería, pero en esos momentos no tenía ninguna cliente, no era de extrañar, pues era casi la hora de comer, una joven sonriendo la esperaba en la puerta, después de darle los buenos días, Marta se disculpó.
―¡No se preocupe!, yo por Don José lo hago con gusto ―la dijo la joven―. Es como un abuelo para mí, y sabe que no le puedo negar nada ―Y atendió a Marta, la tiñó y la cortó el pelo, y cuando terminó de peinarla, le dio un espejo.
Marta se miró y dando las gracias a la joven la dijo:
―Desde hoy tienes una nueva cliente, nunca me lo habían dejado tan bien, ¡vaya manos que tienes!
Después de volverse a mirar al espejo, en donde encontró reflejada una imagen que le gustó, el corte que le habían hecho, la hacía parecer más joven, tomó el bolso y sacó el monedero para pagar a la joven por el trabajo realizado.
―¡No le puedo cobrar, señora!, ha sido un encargo de Don José ―la dijo la joven peluquera negándose a tomar el dinero que le ofrecían.
―¡Pero hija!, ¿qué tiene eso que ver?, él me ha hecho un favor, porque yo necesitaba arreglarme un poco, que me ha surgido un viaje a Polonia de improvisto y ¡mira qué pelos tenía!
―¿Polonia? ―preguntó la joven extrañada―. ¡Qué casualidad, allí voy a ir yo también!
―¿Tú?, ¿es que vas de vacaciones?, sí que es casualidad ―le dijo Marta sorprendida.
―No, nada de vacaciones, ¡a algo mejor!, no sé si sabe usted que en Cracovia se reúne la J.M.J. ―estaba diciendo la joven peluquera, con evidente alegría reflejada en su rostro.
Al escucharla a Marta se le abrieron los ojos como platos:
―¿Y tú vas a ir? ―la preguntó.
―¡Pues claro, señora!, no me lo perdería por nada del mundo ―contestó la peluquera poniéndose muy seria.
―Pero ¿cómo es posible? ―la preguntó Marta con curiosidad.
―Mire, ya he asistido a otras, y desde que se acaba una, hasta la siguiente, estoy deseando que llegue. Es como si en esos días que dura, tomara fuerzas para vivir, ¡no sabría cómo explicárselo! ―estaba diciendo la joven a la que se le notaba un énfasis en sus palabras, no podía disimular la alegría que hablar de ese tema le producía.
―¿Qué pasa, que lo pasáis bien tantos jóvenes juntos? ―preguntó Marta en ese momento.
―¿Bien?, ¡no es eso!, bueno, no digo que no, pero eso no es lo importante, ¡ya me entiende!, es la forma de pasarlos, es como si uno estuviera haciendo unos Ejercicios Espirituales, compartiéndolos con miles y miles de personas que piensan y sienten como tú.
Marta que se había vuelto a sentar a escuchar dijo bajito:
―¿Qué son unos Ejercicios Espirituales?
Encarna, que fue como dijo la joven que se llamaba, extrañada preguntó:
―Pero ¿nunca ha hecho unos? ―Y al ver la cara de extrañeza de Marta la dijo rápidamente―. ¡Perdone!, soy una bocazas, cada uno es muy libre de pensar en lo que crea.
―¡No te entiendo! ―la dijo Marta―. ¡Bueno!, dime, ¿por qué es para ti tan importante acudir a eso? y ¿de dónde sacas el dinero?, porque me imagino que un desplazamiento como ese, a pocos días que dure, costará lo suyo, y no será fácil que una persona como tú lo pueda asumir.
La joven peluquera, sonriendo la contestó:
―Cuando uno quiere una cosa, le aseguro que pone todo de su parte y al final lo consigue. Yo trabajo aquí, que es la peluquería de mi tía, y no es que lo haga siempre, no, yo estudio, y solo lo hago el día que no tengo clase o no tengo que estudiar, y eso sí, los sábados, y mi tía me deja que me quede con todas las propinas que dan las clientas, que como saben para lo que necesito el dinero, la puedo asegurar que son muy generosas, tanto que se saca para el viaje de varios.
―¡No entiendo! ―dijo Marta, asombrada por lo que estaba escuchando.
―Sí, mire, en la parroquia, tenemos actividades, rifas, pequeñas fiestas en las que reunimos dinero para ir, todo se mete en un fondo común y así de esa forma unos nos ayudamos a los otros, a hacer realidad el sueño de pasar unos días con el Santo Padre, y escucharle en directo, ¡no sabe lo que es eso! ―estaba diciendo aquella joven con gran entusiasmo.
―¡Pero, si tú eres muy joven!, ¿no estarías mejor en otro sitio?, en la playa, o yo que sé ―le decía Marta queriendo comprender todo lo que estaba escuchando.
―Mire, en la vida hay tiempo de todo, y unos días así no es fácil de encontrar, por eso cuando se tiene la oportunidad de vivirlos, no se les debe dejar pasar. Contestó la peluquera muy seria.