Capítulo I-4

2002 Words
―¡Y dime!, ¿cómo hacéis lo de los hoteles?, pues supongo que en esos días los subirán de precio y os serán muy caros ―la volvió a preguntar. ―¡Qué va!, todo está muy bien organizado, y de hoteles nada, pero estamos mejor que si estuviéramos en el mejor de ellos, se lo puedo asegurar ―dijo Encarna sonriendo―. ¡Sí, desde luego mucho mejor! ―¿Qué dices?, ¡no te entiendo!, ¿vais en tiendas de campaña?, ¿a camping?, ¡bueno, como sois jóvenes, eso seguro que os gustará! ―estaba diciendo Marta muy seria, el tema le estaba interesando de verdad, ella que conocía por su oficio, en que se distraían la mayoría de los jóvenes, no acababa de comprender, que esta que tenía allí delante, le estuviera diciendo que había otra clase de juventud. Riendo Encarna la exclamó: ―¡Qué va!, además, ya nos han avisado de que no olvidemos los impermeables, que por esas tierras casi todos los días cae agüita. ―Entonces, ¿dónde dormís? ―la volvió a preguntar. ―Bueno, pues muchísimos de los jóvenes que vamos, en casas particulares, que esos días nos acogen, como ya ha sucedido en otros lugares, y otras veces en instituciones, como colegios, que al ser verano están de vacaciones, también nos suelen alojar en polideportivos. Le aseguro que hay unos organizadores fantásticos, preparan todo para que podamos estar bien, no se les pasa nada, todos los detalles los tienen bien estudiados y todo lo que podamos en algún momento necesitar, lo tenemos sin problema, además nos van a enseñar otras ciudades, vamos a hacer un recorrido por el país, lo que le digo, ¡va a ser fantástico!, ya estoy deseando que llegue ―la joven se quedó callada, pensativa un momento. ―¡Pero si aún creo que falta mucho! ―dijo Marta aprovechando ese silencio. ―¡Bueno, eso ya lo sé!, pero lo mismo que cuando empieza el curso, ya estas deseando que llegue junio y te den las vacaciones, pues con esto es lo mismo. En el momento en que termina una J.M.J. y el Santo Padre nos dice dónde va a ser la siguiente, ya empezamos a planear todo y estamos ansiosos por que llegue, y volver a reunirnos con Él de nuevo ―la joven se quedó en silencio, parecía que estaba pensando en aquellos momentos que esperaba con tanto anhelo. Marta mirando el reloj dijo: ―¡Huy!, ¡cómo se ha pasado el tiempo!, me tengo que ir que Don José y mi marido estarán impacientes por que no llego. La volvió a intentar dar dinero, ahora con más motivo, después de saber para lo que lo quería. ―¡Ni hablar, no puedo tomarlo, de verdad! ―la joven comentó muy seria. ―¡Bien! ―dijo Marta sonriendo―., pues te traeré algo de Polonia, ya me pasaré por aquí para contarte cómo es aquello ―Y saliendo por la puerta se volvió y añadió―. ¡Me has dejado estupendamente!, ¡volveré, de verdad! Andando deprisa, después de mirar de nuevo el reloj, y ver lo tarde que se le había hecho, recorrió el espacio que había hasta la Parroquia, subió casi corriendo los escalones y atravesó todo el templo, deprisa pero respetuosamente, pues tuvo un pensamiento en esos momentos, “No es correcto que aquí corra”. Cuando entraba en la Sacristía a modo de disculpa por la tardanza dijo: ―¡Lo siento, y ustedes sin comer! Don José, el sacerdote, la miró sonriente y dijo: ―¡Pero hija!, ¡sí ha merecido la pena¡, ha venido usted cambiada, hay que ver lo que hace un peinadito. Jenaro mirándola muy fijo dijo: ―¡Caramba, te han dejado diferente! ―¿Estoy mal? ―le preguntó ella, sorprendida por la afirmación de su marido, no estaba acostumbrada, era muy poco usual en él mostrarse así y menos delante de testigos. ―¡Qué va! ―la dijeron los dos al tiempo―. ¡Está guapísima! El policía miró extrañado al sacerdote y este encogiéndose de hombros le dijo: ―Uno también tiene ojos. Como había llegado casi sudando de lo deprisa que había venido, se sentó un poco y dijo: ―Bueno, ¿y ahora cómo comemos?, estará todo cerrado y seguro que a usted ya no le esperarán a esta hora. ―Ya lo tengo pensado, si les parece bien nos acercamos al VIP, aquí cerca, en República Argentina que, seguro que allí si nos dan algo de comer, a pesar de lo tarde que es, pues nunca cierran ―dijo Jenaro. ―Bueno, y si no, ayunamos, ¡que por un día no pasa nada! ―dijo Don José sonriendo. ―¿Nada?, no se diga más, ¡vamos a comer allí!, y así tenemos más tiempo para seguir hablando ―añadió el policía, mientras se levantaba. ―¡Espérenme un momento fuera!, tengo que cerrar, que esto no se puede quedar abierto, si no, no sé qué nos encontraríamos luego ―les dijo el sacerdote mientras plegaba la silla. ―¡Anda, no sea exagerado!, ¿quién se va a atrever a entrar en un sitio así? ―le preguntó Marta plegando también la suya y apoyándola a la pared, como recordaba que estaba cuando entraron. ―¡No crea, nunca se sabe!, pero como dice el refrán, “más vale prevenir que lamentar” ―Y Jenaro y Marta se dirigieron a la salida, mientras dentro Don José fue apagando todas las luces que había encendidas y después de revisar la otra puerta para ver si estaba bien cerrada, salió. Apareció sonriendo mientras decía: ―Bueno, ya está todo asegurado, ¡vamos donde les parezca!, ya he llamado también a casa, para decirles que estén tranquilos, que no me ha pasado nada, que no me esperen, pues tengo cosas que hacer. ―¿Es que vive cerca? ―le preguntó ella. ―Sí, muy cerquita, en la calle Asunción, tenemos un piso donde vivimos varios sacerdotes ya mayores, pero claro, yo les gano, y se preocupan por si me caigo o me pasa algo, así que cuando me entretengo les doy una llamadita y así se quedan tranquilos, ¿ve?, eso es lo bueno de tener el teléfono en el bolsillo, aunque a veces no es tan agradable llevarlo, sobre todo cuando uno está diciendo misa, y se le ha olvidado apagar el aparatito, como ya me ha pasado en alguna que otra ocasión, que me llaman en el momento más inoportuno, y a mí me entran unos nervios, que no sé ni dar al botoncito para apagarlo, pero que le vamos a hacer, esa es la otra cara de la tecnología moderna. Andando tranquilamente, al paso del anciano, hablando de varias cosas, llegaron a la puerta del VIP, allí en República Argentina, al entrar vieron que todo estaba vacío, no les extrañó por lo tarde que era. ―¡Qué, Don José!, ¿cómo por aquí a estas horas? ―preguntó el joven que atendía la caja. ―¡Mira hijo!, a ver si nos dais un poco de comer ―le contestó el sacerdote sonriendo. ―¡Claro!, pasen, pasen, ¡faltaría más! ―volvió a decirle aquel hombre―. ¿Cómo no? ―Mientras les señalaba con el brazo extendido el lugar. Los tres se dirigieron a la parte del fondo de la tienda, donde se encuentra el restaurante, a esas horas solitario, al poquito una cabeza salió de una puerta del fondo y dijo: ―¡Ahora mismo les atiendo! Era un camarero, que como ya no había clientes, estaba haciendo cosas por allí dentro, salió de la cocina y dijo: ―¿Cómo a estas horas? ―¡Hijo! ―dijo Don José―. ¿Es que no les queda nada de comida para estos amigos?, a mí me da lo mismo. ―¡No, padre! ―le contestó el camarero―. Si no es muy difícil lo que desean, se lo hacemos en un segundo. ―Bueno, pues para mí ―dijo el sacerdote bromeando―. Un trozo de pan con mantequilla. Los tres se le quedaron mirando y él se echó a reír: ―¿No me ha dicho que algo sencillito?, pues eso creo que es lo más. ―Padre, no sea bromista, me refería a que, si piden algún asado complicado, va a ser difícil que se lo hagamos deprisa, pero no obstante si le apetece estese seguro de que se lo hacemos ―les decía el camarero mientras iba poniendo los cubiertos a cada uno en su sitio. ―¿Y de beber que les apetece? ―volvió a preguntarles aquel hombre sonriente. El sacerdote ya más serio, les dijo a los dos: ―¡Pidan ustedes primero! ―No, no ―dijo ella―. ¡Usted primero! ―Lo dice porque soy el más viejo. Bueno, pues una ensalada Cesar, de esa que hacen ustedes tan exquisita ―dijo el sacerdote. ―¿Y algo más? ―preguntó el camarero. ―Sí, alguien con quien compartirla, porque si le digo que solo me ponga la mitad, seguro que me va a decir que no, que eso no lo puede hacer, y como la ponen ustedes tan grande, no hay quien se la pueda terminar ―dijo Don José al camarero, y mientras mirando a Marta añadía―. Pero es que la hacen tan rica, que lo prefiero a cualquier otra cosa. ―Yo también iba a pedir eso ―dijo ella―. Así que si quiere la compartimos. ―¡Bien! ―contestó el sacerdote sonriendo―. Ve como no es muy difícil ponernos de acuerdo a pesar de nuestras creencias. Ella agachando la cabeza se quedó callada, sabía bien lo que él la quería decir. Jenaro en ese momento mirando al camarero, le preguntó: ―¿Hay por ahí dentro algo ya preparado? ―luego añadió―. Para que lo sirvan pronto. El camarero se quedó pensativo, y al momento contestó: ―Tenemos unas berenjenas rellenas exquisitas que se las podemos hacer en un pis pas. ―Pues póngame de eso y algo de carne que tengan también, es que es muy tarde y además no queremos molestar demasiado. Don José dirigiéndose al camarero, le preguntó: ―¿Y al peque?, ¿qué tal le va en el cole? ―Ya sabe ―contestó el camarero―. Aun lloriqueando un poco por las mañanas, porque aún le cuesta ir, pero ya se acostumbrará, como les ha pasado a sus hermanos. ―¡Tener paciencia con él!, es que él está más enmadrado ―le dijo el sacerdote. ―¡Claro!, los benjamines de las casas, ya se sabe… Dicho esto, el camarero se dirigió al fondo y cuando desapareció por la puerta que debía dar a la cocina, Marta le preguntó al sacerdote: ―¿También le conoce? ―Hija, esa es mi misión, conocer a todos mis feligreses ―la contestó el anciano sacerdote con una sonrisa en los labios. ―Sí, ya lo he visto, por la chica de la peluquería ―le dijo Marta. ―¡Ah, Encarnita!, a esa como a muchos de por aquí, la he bautizado y dado la comunión, ¿cómo no la voy a conocer bien?, además con ella tengo algo más que con otros, que después no vuelven por circunstancias de la vida ―estaba diciendo él algo serio. ―Sí, ella ya me ha dicho que viene por la Parroquia y que usted es como un abuelo para ella ―añadió Marta. ―Sí, es que le sucedió un percance el día de su Primera Comunión, y eso nos hizo ser más amigos toda la familia. ―¡Cuente, cuente! ―dijo Marta con tono de voz curioso―. Bueno, si se puede contar claro. ―Sí, pues que en la misa de ese día se desmayó, ¡nos dio un buen susto!, la tuvieron que llevar a la Clínica Santa Isabel y allí después de observarla, dijeron que solo había sido, producto del calor que ese día hacía, y los nervios que tenía. ¡Total!, que la dejaron en observación hasta el día siguiente, pero la niña dijo que cómo el día de su Primera Comunión no iba a tomarla, y si se moría esa noche. ¡Total!, no hubo forma de convencerla de que la hiciera el domingo siguiente, con otro grupito de pequeños que la tomaban, y convenció a sus padres para que me llamaran y me hicieran ir. Claro, en cuanto que les escuché, accedí encantado, y cuando terminé de todo esa mañana, que como se imaginarán, suelen ser un poco diferente por la cantidad de afluencia de gente que viene, bueno, pues cuando todo acabó, me encontré al padre sentado esperándome en el último banco de la iglesia, para llevarme en el coche a la clínica, así que cuando terminé, como les digo, nos fuimos y la madre que es muy diligente, le había dicho a una enfermera lo que pasaba, y esta no sé cómo se las arregló. ¡Total!, que habían arreglado la capilla del sanatorio y cuando llegué yo, y me lo dijeron, me pareció muy bien. El padre subió a la habitación a por la niña, y ya estaba arregladita con su traje de nuevo y allí en aquella capilla se la di, era la primera y seguramente la última Primera Comunión que se ha dado en ese lugar, y desde luego ni ella ni yo lo hemos olvidado.
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