*Mikeila*
No me pusieron en el sarcofago como pense.
Me tuvieron en la sala durante horas, esperando encadenada algo que ya sabia que seria.
Me usarían como su juguete todos los miembros del Consejo.
Por mi mente solo se cruzaba la suavidad de los labios de Eleazar, que contrastaba por completo con sus musculos firmes, unos músculos que estaban en todos lados.
Él no tenia bello en el cuerpo, pero sobre la linea de la cintura habia un pequeño sector que indicaba el camino a su parte intima.
Sentir su tamaño en mi estomago fue la mejor sensacion del mundo.
Jamas habia sentido eso antes.
Nunca habia sentido a un hombre asi y no solo no me daba asco o miedo.
Queria más.
Queria que él me enseñara y que yo aprendiera a darle placer.
Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo temblaron ante esos pensamientos.
Deseaba a Eleazar.
Mucho.
No sabia cuanto tiempo habia pasado en realidad, pero cuando los miembros del Consejo empezaron a entrar en el salon ya sabia que mi momento de paz se acabaria.
Wallace fue el primero en acercarse.
Con ayuda de las cadenas me pusieron de pie y me hicieron extender los brazos.
Parecia una cruz completamente expuesta a los hombres y mujeres que ya llenaban la sala.
—Dicen que un Dragón es nada sin su destino, tú nunca fuiste nada a pesar de haberlo tenido—declaró Wallace tomando mi mentón y obligándome a mirarlo.
—Tu traicionaste a tu compañera destinada y arruinaste tu unión—conteste más sorprendida de lo que ellos estaban.
Estaba hablando con libertad.
Eso no era posible.
—Traigan el pergamino n***o—grito alguien con desesperación.
—No—rugi expandiendo mi energia.
Las puertas del salon se bloquearon por un momento hasta que empezaron a causarme daño con el otro pergamino que si tenian aqui.
Las cadenas me sostuvieron, pero yo ya tenia la pierna izquierda destrozada.
—Los Dioses los castigaran por esto—rugi intentando mantenerme despierta a pesar del dolor.
—No eres nadie, tú no tienes poder aquí—gritó Wallace lanzandome un golpe en el estómago.
Me desmayé por el dolor y al recobrar la conciencia la sala estaba vacía.
Aún seguía encadenada.
Estaba cansada y adolorida, pero sabia que si tenia una oportunidad de volver con Eleazar era esta.
Reuni poder y luego de unos minutos logre romper las cadenas.
Al caer al suelo con todo mi peso me dolio tanto que empece a ver estrellas en el aire.
No tenia idea de como iba a salir de alli.
Al intentar destellarme del lugar falle estrepitosamente.
Estaba muy cansada y la energia me faltaba.
Tenia mucho miedo de perder el conocimiento antes de estar a salvo.
Sabia que en cuanto volvieran a la sala yo seria infeliz durante mucho tiempo.
No queria perder la conciencia, no queria, pero el dolor se extendio en todo mi cuerpo y cai al suelo escuchando el rugido furioso del Lobo de Eleazar.
Podia escuchar su voz.
Sentir su presencia a mi lado.
Escuchaba su voz ronca por el esfuerzo de cargarme y todo eso me dio esperanzas.
Necesitaba salir de aqui.
Tenia que ir con mi destino.
Otras voces me llegaron difusas.
No entendia en su totalidad lo que decian, pero hablaban de mi.
Escuche mi nombre varias veces.
Eleazar me hablaba, buscandome.
Reuni poder e intente recobrar la conciencia.
—No mi Luna, debes permanecer tranquila—susurró Eleazar con mucha tranquilidad.
Su voz en mis oidos se escuchaba muy clara y decidi que era bueno eso.
Si habia muerto por las heridas al menos lo escucharia a él.
Hasta siempre.
El olor de Eleazar nunca se alejo de mi nariz.
Todos mis sentidos empezaron a volver de a poco, pero el olfato estaba inundado de su olor.
Intente moverme y me di cuenta que estaba inmovilizada, pero no por cadenas, sino por mi destino.
—Eleazar—supliqué llamándolo cuando abrió los ojos.
Él dormia y yo estaba encima suyo.
Ibamos en un auto, en los asientos de atras.
—Eleazar despierta, Mikeila ya está consciente—pidió Laris con rapidez girandose en el asiento de adelante.
Un Pegaso conducia el auto y su olor era diferente.
De seguro se trataba de un Señor.
Volvi a mirar a Eleazar y él seguia dormido.
Me movi intentando salir de sus brazos y fue ahi cuando él se despertó.
—Mi Luna—declaró él dándome un beso.
Sus labios fueron suaves y yo los acepte sin dudarlo.
—Nos detendremos aquí—anunció el Pegaso con rapidez.
Ignorando por completo nuestro beso.
El auto se detuvo y un Elfo abrio la puerta donde estábamos.
—Mi Luna te presento a Terrion, tu no lo recuerdas, pero él era amigo de tu padre, Viggo—comentó Eleazar y eso me hizo prestarle atención al Elfo.
Aparentaba cuarenta años, pero sabia con seguridad que tenia dos o tres siglos de vida, aunque si conocia a mis padres eso significa que tenia más de cuatrocientos años.
—Mikeila por favor, respondere tus preguntas luego, ahora debemos apresurarnos—anunció él dejándonos lugar.
Salimos del auto y Eleazar no me dejo bajar de sus brazos.
Aunque mi pierna ya estaba curada no me importo quedarme aqui.
—No te haré daño—declaró el Elfo sacando un pergamino de su mochila.
El olor era demasiado fuerte y me aprete más a Eleazar.
—No, sácame de aquí—pedí desesperándome entre los brazos de mi destino.
—Tranquila mi Luna, podemos confiar en él—declaró Eleazar sosteniéndome con fuerza.
—Este pergamino está hecho con piel de tu madre, estoy seguro que debe tener un olor desagradable para ti—explicó el Elfo extendiendolo en el suelo.
Eleazar se acerco a él y se arrodillo cerca aun teniendome entre sus brazos.
—Ambos deben dar una gota de su sangre y sellar el pacto con palabras—explicó el Elfo con tranquilidad.
Mire a Eleazar y él no estaba nervioso.
Realmente confiaba en el Elfo.
—Te uniras a mí, asi debilitaremos el control que tienen los pergaminos sobre ti—explicó él dándome un beso muy lento.
No queria separarme de él, no queria hacer lo que ese Elfo dijo.
Estaba asustada.
—Debemos apresurarnos Eleazar, el Consejo nos cazara en cualquier momento—anunció Laris sacándome de mi ensueño.
—Sere tuya siempre, tu nunca me ataras ni me obligaras a nada—declare con seguridad creyendo firmemente en mi destino.
—Soy solo tuyo mi Luna—declaró él cortándose la palma de la mano con una garra.
Hice lo mismo y ambos soltamos unas gotas de sangre sobre el pergamino.
Este empezo a brillar y unos segundos después senti el impulso de hablar.
—Me uno a ti desde ahora y hasta el fin de mis días—pronuncie sin saber cómo sabía esas palabras.
—Me uno a ti desde ahora y hasta el fin de mis días—pronunció Eleazar con rapidez también y pude sentir el choque de energía que me generó su presencia.