Capítulo 14: El imperio por dentro

855 Words
Llevaba cuatro noches durmiendo en la cama de Dante Moretti. Cuatro noches en las que me metía entre esas sábanas de hilo egipcio con el estómago apretado y el cuerpo en alerta máxima, pegada al borde del colchón como si el metro de distancia que nos separaba fuera una línea que ninguno de los dos podía cruzar. Cuatro noches esperando. Tensa. Lista para lo peor. Y cuatro noches en las que no pasó absolutamente nada. Dante llegaba tarde. Se desvestía en el vestidor, salía con una camiseta y un pantalón de pijama oscuro, se metía en su lado de la cama, y apagaba la luz. Sin palabras. Sin mirarme. Como si yo fuera un mueble nuevo que todavía no había decidido si le gustaba o no. Al principio pensé que era una táctica. Una forma de hacerme bajar la guardia. Al tercer día empecé a preguntarme si no era algo peor. Porque el silencio de Dante no era el silencio de alguien que espera el momento indicado. Era el silencio de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y ninguna necesidad urgente de usarlo. Como un depredador que ya atrapó su presa y simplemente... la observa. Sin prisa. Sabiendo que no va a ningún lado. Eso me perturbaba más que cualquier cosa que pudiera haberme hecho. Me perturbaba tanto que una noche, sin poder dormirme, me sorprendí mirando el techo y pensando: ¿qué espera? Y luego, un segundo después, odiándome por haber pensado eso. ✝✝✝ La mañana del cuarto día decidí que necesitaba entender aun mejor dónde estaba parada. No el dormitorio. No el comedor. El imperio completo. Empecé por los jardines del ala este, donde los guardias me ignoraban con esa eficiencia entrenada de quien recibió la orden de no interferir. Luego la cocina, donde el chef — un hombre de mediana edad con manos grandes y cara seria — me ofreció café sin que yo lo pidiera y sin hacer preguntas. Luego los corredores del primer piso, aprendiendo qué puertas cedían y cuáles no. Fue en el corredor norte donde lo encontré. No a Dante. El límite. Una puerta doble de madera oscura, diferente a las demás, sin manija visible. Solo una cerradura electrónica con luz roja permanente. Frente a ella, un guardia que era el primero en cuatro días que me miraba directamente a los ojos cuando me acercaba — no con hostilidad, sino con una advertencia silenciosa y absoluta. Me detuve a tres metros. El guardia no se movió. No dijo nada. No necesitó hacerlo. Di media vuelta y seguí caminando. Pero lo anoté. Todo — la ubicación, la cerradura, la expresión del guardia — lo guardé en esa parte de mi mente que desde niña usé para acumular información sobre personas que tenían poder sobre mí. Primero mis padres. Luego Alex. Ahora Dante. Los poderosos siempre tienen un cuarto cerrado. Y los cuartos cerrados siempre tienen una razón. ✝✝✝ Carmela me encontró en la biblioteca a media mañana. No fue casualidad. Lo supe en el momento en que entró porque cerró la puerta detrás de ella — algo que los empleados no hacían nunca — y se quedó de pie junto a los estantes con las manos cruzadas frente a ella, estudiándome con esos ojos grises que cargaban doce años de esta casa. —¿Puedo ayudarla en algo, Carmela? —pregunté, sin levantar la vista del libro que fingía leer. —Al contrario —dijo ella, con una voz baja y precisa—. Vine a ver si podía ayudarla yo a usted. Cerré el libro. La miré. —¿Por qué haría eso? Carmela no respondió de inmediato. Se acercó despacio, sacó un libro al azar del estante, fingió revisarlo, y habló sin mirarme. —Porque llevo doce años en esta casa —dijo—. Y en doce años he visto cosas que le enseñan a una cuándo algo va a terminar mal. —¿Y esto va a terminar mal? —Todo en esta casa termina de alguna manera —respondió, con una ambigüedad que era claramente deliberada—. La pregunta es si usted quiere tener algo de control sobre cómo. Sostuve su mirada. —¿Qué quiere decirme, Carmela? Ella volvió a colocar el libro en su lugar. Se giró hacia mí por primera y única vez en toda la conversación, y cuando habló, sus palabras fueron tan bajas que casi no llegaron. —Usted no es la primera, señora. Antes de usted hubo otra mujer en esa habitación. —Una pausa—. Ya no está. El aire en la biblioteca cambió de temperatura. —¿Qué le pasó? —pregunté, con una calma que no sentía. Carmela ya caminaba hacia la puerta. —Eso —dijo, sin voltearse— es exactamente lo que debería preguntarse. La puerta se cerró detrás de ella con el mismo silencio con que había entrado. Me quedé sola entre los libros, con esas cinco palabras instaladas en mi pecho como esquirlas de algo que todavía no podía nombrar. Ya no está. ¿Qué significaba eso en la casa de Dante Moretti?
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