Capítulo 19: Lo que dante recuerda

1346 Words
Luca se fue esa noche. No hubo escena, no hubo explicación visible. Rosa me informó al día siguiente, con su economía habitual de palabras, que el señor Luca había tenido que adelantar su regreso al norte por asuntos de negocios. Lo dijo mirando la bandeja del desayuno, no a mí. Yo asentí como si la noticia me resultara natural. Gianna lo supo cuando llegó a sus clases y el corredor del ala este tuvo por primera vez en cuatro días esa textura limpia de los espacios donde nadie te observa. —Se fue —dijo, sin preguntar. —Sí. —¿Tú le dijiste algo a Dante? No respondí de inmediato. Gianna me miró con esos ojos que heredó de mí y que por lo tanto no podían engañarme ni yo podía engañar con ellos. —Mamá. —Le informé de la situación —dije. —O sea que sí. Gianna miró hacia la ventana un momento. Afuera, los jardines del ala este tenían esa luz de mañana que hacía difícil recordar que estábamos presas. —¿Cómo lo tomó? —preguntó. —Lo resolvió. —¿Sin condiciones? Pensé en el despacho. En el bolígrafo depositado sobre la mesa. —Sin condiciones visibles —dije, que era la respuesta más honesta que podía dar. Gianna asintió despacio. Luego, con esa capacidad suya para ir al hueso de las cosas sin rodeos: —Mamá. ¿Lo estás estudiando o te estás acostumbrando a él? La pregunta me golpeó con más fuerza de la que ella probablemente pretendía. O quizás exactamente la fuerza que pretendía. Con Gianna nunca se podía estar del todo segura. —Las dos cosas —dije, porque mentirle me parecía un lujo que ya no podíamos permitirnos ninguna de las dos—. Y ninguna de las dos es buena noticia. ✝✝✝ Esa tarde Carmela me encontró en los talleres. Yo había empezado a pintar. No porque hubiera tomado la decisión conscientemente sino porque un día los lienzos en blanco me resultaron insoportables y agarré un pincel sin pensarlo demasiado. Pintaba sin plan — manchas de color oscuro que empezaban sin forma y terminaban pareciéndose a cosas que no había decidido pintar. Esa tarde era una ventana. Una ventana con barrotes que yo no había dibujado pero que estaban ahí cuando di un paso atrás a mirar. Carmela se detuvo junto a mí y estudió el lienzo un momento. —Ella también pintaba —dijo. —¿Renata? —Sí. —Carmela cruzó los brazos—. Pero ella pintaba flores. Cosas con luz. —Una pausa—. Usted pinta cosas con sombra. —No lo hago a propósito. —Lo sé —dijo Carmela—. Por eso es interesante. Me giré hacia ella. —¿Cuánto tiempo estuvo Renata en esta casa? —pregunté. Carmela tardó. No porque dudara de si responder — sino de cómo. —Casi dos años —dijo finalmente—. Llegó como usted, sin elegirlo. Pero se quedó porque sí lo eligió. —Sus ojos fueron al lienzo y volvieron a mí—. El señor Moretti es un hombre difícil de no querer cuando decide mostrarte algo real. El problema es que muestra muy poco. Y lo que no muestra pesa más que todo lo demás junto. —¿La amaba? —pregunté. La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Carmela no parpadeó. —La amaba —dijo, con la certeza de quien lo vio—. Pero los Moretti no saben amar sin destruir primero lo que aman. Es una tradición que llevan generaciones sin romper. El pincel en mi mano de pronto pesaba diferente. —¿Qué pasó con ella, Carmela? —pregunté, y esta vez la pregunta tenía un filo distinto. Ya no era curiosidad. Era algo más cercano al miedo—. La verdad. No lo que dicen. La mujer me miró largo tiempo. Luego miró hacia la puerta, que estaba entreabierta, con ese gesto automático de quien lleva doce años midiendo cuándo puede hablar y cuándo no. Cerró la puerta. Y entonces me lo dijo. —Hubo una noche —empezó, en voz muy baja—. Una emboscada de una familia rival. Llegaron a por el señor Moretti. Ella estaba con él. Y cuando llegó el momento... —Carmela hizo una pausa que tenía el peso de algo que no se puede decir sin que duela—. Ella lo empujó. Lo sacó del camino. La bala era para él. El taller se quedó sin aire. —Murió —dije. No era pregunta. —Murió —confirmó Carmela, con una sencillez que era la única manera de decir algo así—. En sus brazos. En el suelo de un callejón que no merecía ser el último lugar que vio. No hablé. No podía. —Desde esa noche —continuó Carmela—, el señor Moretti cerró el ala norte. Su habitación. Todo lo que era de ella. Y no volvió a ser el mismo hombre. —Me miró—. Usted me preguntó por qué quiere sumisión. Por qué no quiere una mujer con carácter, con fuerza, con voluntad propia. —Una pausa—. Ahora ya sabe la respuesta. Lo entendí todo de golpe, con esa claridad brutal de las cosas que una parte de ti ya sabía pero que necesitaba que alguien pusiera en palabras: Dante no quería una mujer fuerte porque la última mujer fuerte que tuvo murió por él. Y él no sabía cómo sobrevivir a eso dos veces. ✝✝✝ Esa noche, en la cama, Dante llegó más tarde que de costumbre. Eran casi las dos de la madrugada cuando escuché sus pasos en el vestidor. Cuando salió y se metió entre las sábanas, el aroma a whisky que traía era nuevo — no era el de alguien que tomó para celebrar sino el de alguien que tomó para callar algo. Apagó la luz. El metro de distancia entre nosotros era el mismo de siempre. Pero esta vez yo lo miré en la oscuridad — no su silueta, sino el espacio donde estaba — con ojos diferentes. Con toda la información que Carmela me había dado pesando sobre mi pecho como una piedra que no pedí cargar y que sin embargo ahora era mía. Dante Moretti había amado a alguien. Y esa alguien había muerto por salvarlo. Y él había construido todo este imperio de control y frialdad y sumisión consciente sobre esa tumba, como quien levanta una fortaleza sobre una herida para que nadie — ni él mismo — pueda volver a tocarla. No lo justificaba. Nada de lo que me había hecho tenía justificación. Pero ahora lo entendía. Y entenderlo, descubrí con una incomodidad que no me abandonaría en mucho tiempo, era infinitamente más peligroso que temerle. —Dante —dije, en voz muy baja. Casi sin voz. Silencio. Luego, después de tanto tiempo que ya pensaba que dormía: —Duerme, Lucia. Lo dijo igual que siempre. Con esa calma que dictaba el ritmo de mi respiración. Pero esta vez yo sabía qué acechaba en el fondo de su abismo. Y no era vacío. 🖤 ─── 𝕵.𝕽. 𝕽𝖔𝖞𝖓𝖊 ─── 🥀 ¡Hola a todos! Una disculpa enorme por la hora de publicación. Entre los negocios de los Moretti y un pequeño descuido mío al olvidar programar los episodios, se me hizo tarde para enviarlos. ¡Espero que la espera haya valido la pena! Hablemos seriamente del "Reto del Miércoles": Ayer solo sumamos 4 favoritos más. A este ritmo, Dante y Lucía se van a quedar encerrados en mi libreta un poco más de tiempo. Todavía nos falta para alcanzar nuestra meta y desbloquear esos 5 capítulos de maratón. Tienen hasta mañana por la tarde para demostrar cuánto quieren leer lo que viene. Si no llegamos a la cifra, la maratón tendrá que esperar. ¿Vas a dejar que el contador se quede así? Solo dale al botón de Favorito (corazón) ahora mismo y asegura tu dosis de Moretti para mañana. ¡Cuento con ustedes!
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