Capítulo 7: El Aroma del Verdugo

553 Words
Me sentía sucia, como una perra en celo. Un calor abrasador subía desde la planta de mis pies, recorriendo mis glúteos y encendiendo cada terminación nerviosa hasta nublarme el cerebro. —Ah... —el gemido escapó de mis labios como si soltara lo último que quedaba de mi voluntad. Apoyé una mano en el suelo, luego la otra. Moví mis piernas lentamente, gateando hacia él con la cabeza gacha, negándome a sostenerle la mirada. Cada centímetro que avanzaba sentía que el fuego me consumía por dentro; no sabía si era por la vergüenza extrema o por un morbo oscuro que empezaba a echar raíces en mi pecho. Paso a paso, como un bebé indefenso, me acerqué hasta que mi frente golpeó su pierna. Me quedé allí, estática, viendo sus zapatos italianos que brillaban con la opulencia de quien es dueño del mundo. Sentí su palma abierta acariciando mi mejilla. Fue un toque suave, casi romántico, y eso lo hizo mil veces más aterrador. —Quítame los zapatos —su voz era un susurro demoníacamente dulce. —Haa... haa... —mi respiración se volvió pesada, errática. Mis manos se movieron por instinto, sin que mi mente pudiera detenerlas. Toqué la superficie de su talón y tiré con una fuerza temblorosa. Al quedar sus pies descalzos frente a mi rostro, el aroma de su piel me golpeó. No era un olor sucio; era algo agrio, masculino y cargado de feromonas que provocaban un éxtasis prohibido al inhalarlo. No pude evitarlo: respiré profundamente, embriagándome de él. Algo estaba muy mal conmigo. No podía creer que, en medio de mi degradación, estuviera disfrutando ser tratada así. —Besalo. El temblor regresó a mis extremidades. —Por favor, no... —rogué, mientras las primeras lágrimas cristalinas se asomaban por las esquinas de mis ojos. Él no conoció la piedad. —Hazlo. Bajé la cabeza, humillada hasta la médula. Presioné mis labios contra la piel oliva de su empeine, sellando mi rendición con un beso húmedo y amargo por el llanto. —No tienes por qué llorar, cariño. Dante me sujetó por las axilas y me levantó sin esfuerzo. En un segundo, me encontré sentada sobre su regazo, con nuestras piernas entrelazadas y los cuerpos pegados. Estábamos en la esquina de la cama, y al intentar moverme para escapar de ese "abrazo", sentí una dureza implacable presionando mi zona íntima. —¡Ah! —solté un jadeo de pura vergüenza. Estaba segura de que él podía sentirlo: mi ropa interior estaba empapada, supurando ese líquido traicionero que revelaba mi deseo. Él me rodeó con sus brazos, hundiéndome en su pecho musculoso, atrapándome en su aroma. —Estás húmeda —me siseó al oído, con una voz cargada de triunfo—. Estás soltando tus jugos para mí... Al escucharlo, mi cerebro simplemente se desconectó. El calor fue demasiado, la presión excesiva. Todo se volvió n***o. Sentí que mis fuerzas desaparecían y me desvanecí en sus brazos. —Oye, despierta... —escuché su voz lejana, con un tono de fastidio divertido—. ¿En serio? ¿Acaso eres una adolescente? Lo último que sentí antes de perder la conciencia por completo fue la suavidad del colchón y ese perfume embriagador que me rodeaba. Era un olor que, supe en ese instante, podría oler por el resto de mi vida.
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