No quería abrir los ojos. Estaba en un sitio demasiado suave, tan acogedor que sentía que podía calmar mis nervios.
Fue como si una corriente recorriera mi cuerpo.
¿Pero de que?— Mi mente se encontraba en un limbo. Todo era oscuro, hasta que aparecieron motas de luz. Unas tras otra, como imágenes de un pasado distante.
Eran.. recuerdos de una joven. Cabello n***o brillante, Piel oliva saludable. Un cuerpo seductor, con glúteos enormes, y pechos mas grandes que la mayoría. Pero... esa chica tenia un expresión aterradora.
Su cara se retorcía de furia, diciendo palabras cargadas de veneno, a unos empleados vestidos de n***o.
Si, no quería recordar. Porque esa chica cruel y trillada... era yo.
Nací en una familia en la que solo existíamos para que nos sirvieran. Al menos, así me educaron mis padres.
Los pobres estaban abajo. Eran simples basuras. El querer es poder, pero ellos se intoxican en su propia felicidad del conformismo. Mientras tanto, personas como nosotros. Ricos. Éranos de mas valor. De mas estatus. Uno donde tener que respirar su mismo aire, era simplemente repugnante... Eso me lo repetían todos los días. Era un ciclo, uno donde cogí todo lo que me dieron y lo absorbí. Era lo correcto, por que eso es lo que siempre me repetían.
En ese entonces, la fortuna de los Clifford no tenía fondo. Teníamos mansiones, ejércitos de sirvientes y autos de lujo para elegir cada mañana. Todo era una vida de "felicidad"... hasta aquel día.
Bajaba las interminables escaleras de nuestra mansión, paso a paso, hacia la cocina, cuando escuché las voces:
—Es una perra ególatra. Es tan fea por dentro que me dan ganas de vomitar de solo verla —dijo uno de los mozos.
—Su personalidad está podrida —respondió una mujer—. Se cree mucho por haber nacido en una cuna de diamantes. El otro día me dio una cachetada solo porque no le gustó cómo preparé el té.
—Si no pagaran tan bien, me habría ido hace mucho. No soporto a esa perra.
Apoyada al costado de la puerta, escuché todo. Mi respiración se volvió entrecortada, soltando pequeños gemidos inaudibles. Ah, ah, ah. No lo entendía. ¿No era así como se trataba a esa gente? Entonces, ¿por qué siempre me respondían con una sonrisa diciendo que todo estaba bien?
¡POR QUÉ ESOS POBRES DE MIERDA ME MENTÍAN!
Fui al dormitorio de mi padre llorando. Mis lágrimas cristalinas caían sobre su fino saco mientras le decía que los sirvientes me calumniaban, que decían que yo era mala cuando yo solo era una "chica buena". Él me acarició la cabeza con ternura... y así fue como esos tres empleados desaparecieron misteriosamente de la casa Clifford.
Después de eso, me volví una tirana. Si me miraban mal, los despedía. Mandaba a que los castigaran con latigazos o golpizas. Para mí era el orden natural: yo mandaba porque tenía el poder; ellos obedecían por el infortunio de haber nacido inferiores.