Capítulo 3: El Contrato del Diablo (Parte 2)

473 Words
La sala olía a desesperación. Lucia permanecía inmóvil frente a Alex, quien se retorcía en el sillón viejo y pulcro, intentando venderle una última mentira. —Amor... tú dijiste que harías lo que fuera si dejaba de apostar. Esta vez es en serio, te lo prometo —suplicó Alex, estirándose para tocar la mano de su esposa. Lucia no se movió. Sus ojos, dulces pero cargados de una valentía amarga, lo diseccionaban. —En nuestro compromiso dijimos “en las buenas y en las malas”, ¿no? —continuó él con un cinismo que provocaba náuseas—. Estos hombres me van a matar, Lucia... Me van a lastimar. Tú me amas, ¿verdad? Harías lo que fuera por mí... El silencio de Lucia era una sentencia, hasta que el sonido agudo de un teléfono rompió el aire. Era el celular de Dylan. El sicario escuchó la orden con el rostro de piedra y luego señaló a uno de sus subordinados. —Ve afuera. Recoge el encargo. Mientras el hombre salía, Dylan clavó sus ojos en la mujer. —Señora, no pierda el tiempo. Su esposo ya la vendió. Las palabras fueron como balas. Lucia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —Di... dime que es falso, Alex —susurró ella, con la voz quebrada. Él bajó la mirada—. ¡DIME QUE ES FALSO, ALEX VALENTI! ¡PEDAZO DE MIERDA! ¡DÍMELO! —Yo... lo siento —fue la única respuesta del cobarde. Lucia se desplomó contra el respaldo del mueble. Las lágrimas, calientes y traicioneras, empezaron a rodar por sus mejillas. —Nunca te faltó cariño, Alex. Ni un plato de comida, aunque no tuviéramos un dólar. Nunca te faltó mi sonrisa cuando tu empresa cayó en bancarrota... Y aun así, creí que me amabas —su voz se volvió un látigo de desprecio—. Pero me equivoqué. No eres un hombre, Valenti. Eres un despojo de ser humano. En ese momento, el subordinado regresó con un fajo de papeles impresos en papel de alta calidad. Dylan los tomó y los arrojó sobre la mesa de madera como si lanzara una sentencia de muerte. —¿Eso es...? —Lucia no pudo terminar la frase. —Es el contrato —dijo Dylan con una sonrisa que helaba la sangre—. Y se equivoca en algo, señora. Él no solo no la ama a usted. Tampoco ama a su hija. Lucia bajó la vista hacia el documento. Las letras negras y elegantes destacaban sobre el blanco inmaculado: CONTRATO DE SERVIDUMBRE: LUCIA Y GIANNA VALENTI. ¡PLAP!  El sonido de la bofetada de Lucia contra el rostro de Alex fue tan fuerte que pareció estallar en toda la habitación. Pero antes de que ella pudiera gritar de nuevo, una sombra imponente se proyectó desde la entrada.
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