Capítulo 6: La Habitación del Ángel y el Demonio

502 Words
Mi cuerpo empezó a temblar. No era un simple escalofrío; era el miedo absoluto apoderándose de mis músculos. Dante, lejos de mostrar piedad, tomó mi temblor como una invitación. Me tiró de la muñeca, obligándome a seguir sus pasos por el interior de la mansión. Era un laberinto de opulencia asfixiante. Miré desesperada hacia atrás, buscando el rastro de mi hija, pero la inmensidad de la casa se la tragó. Ni en los mejores años de mi familia habríamos soñado con una escala de poder semejante. Subimos por escaleras de madera preciosa hasta que nos detuvimos frente a una puerta doble. En ella, un relieve tallado mostraba a un ángel y un demonio entrelazados en un abrazo eterno. Una escena espeluznante que vaticinaba mi destino. Cuando Dante abrió la puerta, mis piernas finalmente cedieron. Caí al suelo, incapaz de sostenerme. La habitación era un santuario de pecado. Una cama inmensa con colchas de un blanco virginal dominaba el espacio. Cerca, un diván en media luna de color rojo sangre. Y a la derecha, sobre una mesa de mármol, la realidad me golpeó: un látigo de cuero y unas esposas de metal reluciente. Sentí que el aire desaparecía. ¿Era un sádico? El futuro se dibujó ante mí mucho más oscuro de lo que alcancé a imaginar. Dante no dijo nada. Empezó a quitarse el chaleco con una lentitud calculada, brindándome un espectáculo de poder. Luego, desabrochó uno a uno los botones de su camisa hasta dejarla caer sobre el mueble. Su torso era un mapa de músculos y autoridad. —No estarás pensando en escapar, ¿verdad? —su voz llevaba un dejo de burla—. Recuerda que tu hija está bajo mi techo. Si tú no cumples con satisfacerme... iré tras ella. —Yo... yo... El terror me paralizaba, pero el instinto de madre fue más fuerte. Tenía que levantarme. Apoyé el brazo en el suelo, luchando por poner de pie mi dignidad rota, cuando su voz me detuvo como un demonio tentándome desde las sombras. —Ya que estás en el suelo... ven gateando hacia mí. Me quedé perpleja. El nudo en mi garganta casi no me dejó hablar. —No soy un perro —le escupí, con un odio que apenas ocultaba mi pavor. —No eres un perro, Lucia. Eres un objeto. Así que obedece —se acercó un paso, su sombra cubriéndome por completo—. Si lo haces bien, si me complaces, te daré una recompensa. Tal vez... considere liberar a tu hija. —¿En... en verdad? —Un Moretti no miente —dijo con esa maldita semisonrisa burlona—. Todo depende de qué tan bien te muevas para mí. Bajé el rostro, avergonzada. Sentía un fuego extraño recorriéndome la piel, subiendo por mis senos y quemando mi cintura. Y entonces, lo sentí. Una traición de mi propio cuerpo. Una humedad repentina, cálida y pecaminosa, manchando mi ropa interior. No podía creerlo. Mi mente lo odiaba, pero mi instinto estaba respondiendo al monstruo.
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