Al día siguiente todo fue exactamente igual que siempre. Dante bajó a desayunar a las ocho. Yo ya estaba en la mesa. Él pidió su café, abrió sus documentos, y durante veinte minutos el único sonido fue el de los cubiertos y la pluma de Dante firmando cosas con esa eficiencia que no necesitaba atención visual. Como si ayer no hubiera pasado nada. Como si mi mano sobre su pecho. La suya cubriendo la mía y ese silencio que duró demasiado para ser accidental no existieran en la memoria de ninguno de los dos. Yo comí mis tostadas con la espalda recta y la mandíbula apretada de quien ha aprendido que mostrar demasiado es una forma de perder terreno. Pero en algún momento Dante levantó la vista de sus documentos y me miró — solo un segundo, el tipo de mirada que no pide nada y al mismo tiempo

