DANTE
Elena seguía impasible, observándome con esa mirada fría que parecía capaz de atravesarme. Sostenía a nuestro hijo en mis brazos, y con cada segundo que pasaba, sentía cómo el dolor crecía, cómo la ira se mezclaba con la impotencia.
—¿Ni siquiera vas a cargarlo? —le reclamé, intentando controlar la rabia en mi voz—. Es tu hijo también, Elena. ¿Es que no te importa nada de esto?
Ella ni siquiera me miró. Su voz salió en un susurro helado.
—No quiero saber nada de alguien que me recuerde lo que pasó con Raphael —respondió, escupiendo el nombre como si fuera veneno—. Aunque tú lo hayas matado, él sigue presente... cada vez que me miro al espejo, cada vez que pienso en lo que me hizo. Este niño... es solo una sombra más de todo eso.
Sentí que la sangre me hervía. No podía comprender cómo ella podía rechazar a nuestro hijo, cómo podía mirarlo y verlo como un recordatorio de esa pesadilla, en vez de como una oportunidad para empezar de nuevo. Mi voz temblaba de frustración.
—¿Y qué piensas hacer entonces? —le pregunté, sin ocultar el resentimiento—. ¿Huir? ¿Pretender que nada de esto pasó? Sabes que no voy a dejarte ir, Elena. Ni a ti ni al niño.
Ella dejó escapar una risa amarga, sin rastro alguno de alegría.
—Quiero que me dejes ir, Dante. Quiero que me dejes vivir sin vigilancia, sin control, sin que sepas nada de mí. Quiero desaparecer de esta vida que nunca pedí, de esta carga que no merezco.
La furia me consumió, y antes de darme cuenta, le grité.
—Esa no es la Elena de la que me enamoré —le dije, y las palabras salieron con una dureza que no pude detener—. La Elena que yo conocía era fuerte, luchadora. No esta sombra que tengo delante.
Por un momento, ella se quedó paralizada. Pude ver el destello de dolor en sus ojos, pero tan rápido como apareció, se desvaneció, reemplazado por una frialdad que solo aumentó mi frustración.
—¿Tu amor? —dijo, en un tono que rozaba el desprecio—. A mí no me importa tu amor, Dante. Solo quiero alejarme de todo esto. De ti, de esta vida... de todo lo que me mantiene atada a ese pasado que nunca quise. Todo hubiera sido diferente si no hubiera ido a Cancún ese día, si no hubiera aceptado esa despedida de soltera. Si me hubiera casado con Diego, hubiera sido feliz, una vida simple, sin estar marcada para siempre.
Sus palabras me golpearon como una ola helada. Me quedé en silencio, con nuestro hijo en brazos, incapaz de procesar lo que acababa de decir. Había soñado con una vida junto a ella, y ahora, en este momento, comprendía que, para Elena, yo era parte de todo lo que quería olvidar.
Y allí estaba yo, sosteniendo a nuestro hijo, sintiendo cómo el amor, la ira y el dolor se mezclaban, dejándome sin saber qué camino tomar.