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Camino entre peligro © {2}

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Blurb

Después de dejar atrás su vida con Dante, Elena creyó que la distancia sería su escudo, que alejarse la protegería de las sombras de su pasado. Pero el destino no tiene piedad, y las manos crueles de un enemigo sin alma la arrastran al abismo, donde la supervivencia es un lujo y la esperanza, un delirio.

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Capítulo 1
DANTE Habían pasado tantos meses que podía contarlo: siete meses y medio, treinta semanas, 5,040 horas, 302,400 minutos desde la última vez que vi a Elena. Y ahora iba camino al hospital porque había recibido una llamada informándome de que estaba dando a luz a mi hijo. Apenas hablábamos por teléfono. Ella no quería verme, y aunque tenía vigilancia y todo lo que deseaba, no le faltó nada durante su embarazo, pero a mí me había faltado todo al no verla tanto tiempo. Entré al hospital con Saúl y Erick a mis lados, y varios de mis secuaces detrás. Caminábamos por el pasillo, levantando todas las miradas a nuestro paso, hasta que llegué hasta donde una enfermera. —¿Elena Ortega? —pregunté con voz firme. —Señor, ¿es usted pariente de la señora? —respondió la enfermera, un tanto confundida. —Soy su esposo y está dando a luz a mi hijo —dije, notando cómo sus ojos se abrieron un poco más. —Déjeme averiguar y luego le informo —dijo, antes de desaparecer por un pasillo. Miré a Saúl con enojo mientras la enfermera se alejaba. —¿Por qué demonios la trajeron a esta porquería de hospital? ¿Para qué está la maldita clínica? —gruñí, tratando de contener la frustración. —El que la cuidaba dijo que no tenían mucho tiempo. Tuvieron que ir al hospital más cercano —respondió Saúl, manteniendo la mirada baja. Me giré de nuevo, impaciente, mirando el pasillo por donde se había ido la enfermera. —Si no aparece en cinco segundos, prepárense para buscar en cada habitación hasta encontrarla —advertí, dejando que mi voz llenara el aire, cargada de amenaza. Mis palabras parecieron surtir efecto, porque la enfermera regresó de inmediato, esta vez con una leve sonrisa. —Acompáñeme —dijo, y comenzó a caminar por el pasillo, llevándome hasta una habitación en particular. —Ahí está Elena —me informó, señalando la puerta. Sin perder tiempo, abrí la puerta y entré. Allí estaba ella, despierta, sentada en la cama y mirando hacia la ventana. Cuando escuchó mis pasos, giró la cabeza para verme, y en el momento en que nuestras miradas se encontraron, sentí cómo todos los muros que había construido a lo largo de estos meses se derrumbaban. Quería ir hacia ella, abrazarla, besarla, decirle todo lo que había guardado, pero me contuve. —Hola —dije, con la voz más suave de lo que esperaba. Elena no respondió. Su mirada era fría, distante, impenetrable. Ni siquiera un saludo, ni una palabra. Sentí que algo dentro de mí se rompía con su silencio, pero intenté mantenerme firme. Finalmente, rompió el silencio, y sus palabras fueron como un puñal. —Cumple tu trato, Dante —dijo, con una frialdad que no había visto antes en ella—. Quédate lejos de mí. Ahora que me libré de ese mocoso, al fin podré ser feliz. Sus palabras me dejaron sin aire. Miré sus ojos, buscando algún rastro de emoción, algo que desmintiera lo que acababa de decir, pero solo encontré indiferencia. Quería responder, gritarle que no entendía nada, que el niño era también su hijo, pero no encontré palabras. En ese momento, la enfermera entró en la habitación, sosteniendo al bebé en brazos. Me acerqué, sin apartar la vista de Elena, esperando algún gesto que mostrara que ella quería cargar al niño. La enfermera se lo ofreció, pero Elena no movió ni un músculo, como si no quisiera ni mirarlo. —Tómelo usted, señor —dijo la enfermera, un poco incómoda, pasándome al bebé en lugar de a Elena. Mis manos temblaban mientras lo recibía. Era tan pequeño, tan frágil. Lo sostuve contra mí, sintiendo una mezcla de emociones que apenas podía procesar. La enfermera salió de la habitación, dejándonos solos otra vez. Un silencio pesado se instaló entre nosotros, hasta que Elena volvió a hablar, con una dureza que me desgarraba. —Ahora cumple la última promesa, Dante —dijo, mirándome fijamente—. Quédate con el niño. No quiero nada de él... ni de ti. Cada palabra era un golpe. Me quedé allí, sosteniendo a nuestro hijo, sin saber si sería capaz de soportar el peso de todo lo que acababa de perder.

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