DANTE
Con el niño en brazos, salí de la habitación sin mirar atrás. No había nada más que decir, nada que hacer para retener a alguien que claramente ya no quería ser parte de mi vida. Elena había dejado claro lo que deseaba, y aunque sus palabras me habían destrozado, estaba decidido a cumplirle su deseo. Ella quería que la dejara ir, así que eso haría.
Fui directo a la recepción y pedí el alta de inmediato. La enfermera dudó, mirando al bebé en mis brazos y luego a mí, como si dudara de que realmente estuviera preparado para llevarme a mi hijo sin la madre. Le advertí, dejando claro que no tenía tiempo para perder en ese lugar, y que si quería evitar problemas, lo mejor sería agilizar el proceso.
Al final, mi tono fue suficiente para apresurar las cosas. En cuestión de minutos, finalmente tenía el alta en mis manos, listo para largarme de aquel lugar con mi hijo.
Sin embargo, justo cuando me dirigía hacia la salida, la misma enfermera que me había atendido vino corriendo hacia mí, pálida y con expresión de preocupación.
—Señor... su esposa... ella... ha desaparecido del hospital —me informó, con voz temblorosa.
Me quedé en silencio, procesando la noticia. No me sorprendía en lo absoluto; después de todo lo que Elena había dicho, era evidente que no quería quedarse aquí ni un segundo más. Pero, aun así, escuchar que simplemente se había marchado de esa manera dejaba un vacío difícil de explicar.
Saúl, que me acompañaba de cerca, se adelantó, siempre atento a cualquier posible amenaza.
—¿Quiere que mande a algunos hombres a buscarla? —preguntó, esperando mis instrucciones.
Lo miré, sintiendo una mezcla de rabia y resignación.
—No, Saúl. No moveré un solo dedo por alguien a quien no le importa su propio hijo. Ella hizo su elección. Ahora es tiempo de que yo haga la mía.
Saúl parpadeó, sorprendido por mi respuesta, pero asintió, comprendiendo que no había nada más que decir.
Nos dirigimos al auto, y él se sentó al volante mientras yo acomodaba al niño en el asiento trasero. Al poco tiempo de comenzar el trayecto, el niño comenzó a llorar, su llanto llenando el vehículo y resonando en mi cabeza, recordándome lo vulnerable que era, lo inocente que era de todo este caos que lo rodeaba.
Al llegar a la casa de seguridad, me bajé del auto con el niño en brazos y ordené a Saúl, sin perder tiempo.
—Consigue una niñera, la mejor que puedas encontrar. Y quiero que alguien vaya a una tienda y compre todo lo que este niño pueda necesitar. Absolutamente todo. Que no falte nada.
Saúl asintió sin cuestionarme y se puso en marcha para cumplir mis órdenes. Me quedé en el umbral de la casa, sosteniendo a mi hijo, viendo cómo su pequeño rostro se tranquilizaba poco a poco. Me prometí a mí mismo que, sin importar cuánto me hubiera costado este golpe, no permitiría que él pagara por las decisiones de su madre.
Había perdido a Elena, pero aún tenía algo en lo cual centrar mi vida, algo que proteger. Y no pensaba fallarle, aunque eso significara dejar atrás cualquier esperanza de redención o reconciliación con el pasado.