Una pesadilla

1972 Words
Sellé con cinta la última caja con mis pocas pertenencias y uno de los hombres de Alexander me ayudó a llevarla al auto, era la última caja así que ya no quedaba nada más que hacer. Antes de irme eché un vistazo por última vez a mi habitación, era la única parte de la casa que Alexander me había dejado modificar, así que la había pintado de un naranja tropical, había puesto unas cortinas azules, las sábanas eran de un rosado chillón con bolas blancas adornadas con cojines negros, la tapicería de mis muebles era marrón oscuro, mi escritorio nunca estaba en orden y el armario era un desastre, el tapete de la alfombra no combinaba, nada combinaba en realidad, pero me encantaba, era como el pequeño caos que necesitaba para mantenerme cuerda ante la impoluta perfección de aquella casa. Sonreí, ahora todo estaba en orden y vacío, lo único que se conservaba era la pintura naranja que seguramente Alexander no demoraría en ocultar. —Así que es verdad…te marchas. Giré mi cuerpo en dirección a la voz y un amago de sonrisa cruzó mi cara, Mirka Steel estaba parado en el marco de la puerta con las manos en los bolcillos. —Tu deberías saberlo mejor que nadie, redactaste el contrato. —dije volviendo a dejar las caja junto con las otras —Así es—señaló acercándose, llevaba puesto un traje hecho a medida de tres piezas, su cabello rubio a pesar de ser rizado estaba pulcramente ordenado y en su muñeca brillaba el reloj Cartier que Alexander le había regalado en su treintavo cumpleaños como muestra de su lealtad. A pesar de su aparicencia de no matar ni una mosca, sabía que podía ser letal en algunos aspectos—Pero deberías disimular un poco tu felicidad, estas sonriendo. —añadió arqueando una ceja. Dejé de sonreír y suspiré insatisfecha. —Tú sabes mejor que nadie, lo que representaba ese contrato para mí…—titubeé—Para ambos. —Olivia… —Sí, sé que suena hipócrita viniendo de mí parte porque yo fui quien inició todo esto, pero… de la misma manera era lógico que yo lo terminara. Hice una pausa y me quite la alianza plateada de mi dedo anular y el monstruoso anillo de compromiso y los dejé en el escritorio vació de la habitación, debería haberlos dejado en el buró, cerca donde deja las llaves para que él pudiera encontrarlos y deshacerse de ellos. Sin embargo, sabía que sí los dejaba aquí le tomaría más tiempo encontrarlos, y de una manera egoísta quería que después de un tiempo pensara en mí y me recordara, pero sabía que eso era imposible, desde el día de ayer ya no representaba nada para Alexander Tarasov. Compuse una sonrisa y dirigí mis ojos hacia Mirka para preguntar: —¿Viniste por los papeles del divorció? Mirka de arrugo el entrecejo y me miró con confusión —Alexander no me ha dado ninguna orden. Me desconcerté un segundo, pero luego recordé lo metódico que era Alexander. —Seguramente ya deben estar en poder del abogado…Eso me recuerda—dije, mientras buscaba la tarjeta en mis jeans cortos y se la extendía—Este es mi nuevo número, que el abogado o tú se contacte conmigo cuando ya este todo arreglado. Mirka escudriñó la tarjeta y la guardó en su saco, luego echó un vistazo al almario, al celular que dejé en el escritorio y luego reparó en mi ropa sencilla. —En verdad no te llevas nada ¿cierto? Negué con la cabeza con una sensación de tranquilidad. —No, me voy como vine. Una hora después, me encontraba en mi viejo honda rojo con las pocas pertenencias empaquetadas en solo tres cajas, rumbo al antiguo edificio donde aún tenía mi apartamento. Lo único que sentía era un verdadero alivio al saber que finalmente había dejado aquel mausoleo y ya no tenía que jugar a las casitas con un hombre que me despreciaba. Sin embargo, en lo más profundo de mi ser, oculto entre capas y capas de orgullo y melancolía, estaban mis horribles ganas de llorar por un sentimiento de pérdida al que no encontraba ningún sentido. *** —No respires Liv, no respires… Me levanté entre sudores fríos con la respiración agitada, extendí mi mano y encendí mi lampara de noche que estaba junto a mi cama, la luz iluminó la sencilla habitación de mi apartamento y cerré mis ojos para tranquilizarme. Estaba en mi casa, en mi apartamento, no en aquel mausoleo, no en un lugar desconocido, estaba en mi casa. A salvo. Revisé mi celular y vi que eran cerca de las dos de la madrugada, retiré las sábanas y me levanté para llegar a la cocina. Mi apartamento era algo pequeño, pero estaba bien distribuido, la cocina estaba junto al dormitorio y el baño estaba al lado contrario, había una terraza pequeña que estaba adornada con algunas plantas que por alguna razón sobrevivieron con la poca agua que les echaba cada vez que podía visitar mi apartamento, en la sala solo había algunos muebles y el comedor consistía en una mesa pequeña con dos sillas, al pasar por la terraza me di cuenta de que llovía. Cuando vivía en el Pent-house nunca podía saber cuándo llovía, aquel mausoleo era demasiado cerrado para escuchar la lluvia. Me quedé un rato contemplando y escuchando como salpicaba contra los vidrios de la terraza, habían pasado tres días desde que dejé el lujoso pent-house de Alexander y aun me costaba acostumbrarme al espacio pequeño de mi apartamento. Saqué del refrigerador un pote de leche que había comprado en el supermercado esa mañana y saqué una pequeña olla de la alacena. Vertí la leche para calentarla, luego encendí la estufa y me quedé viendo la leche mientras esperaba que se calentara. Trataba de distraerme con pequeñas cosas mundanas para no pensar en el horrible sueño que había tenido. Pensé que ya lo había superado, pero era obvio que estaba equivocada. En todo el tiempo que estuve con Alexander me había confiado porque ni una sola vez había tenido aquellas pesadillas. Pensé con optimismo que las había superado. Apagué la estufa y vertí la leche en un pequeña taza. Tomé un sorbo mientras distraídamente miraba por la terraza. Tenía tantas cosas que hacer que no sabía por dónde empezar. Lo primero que debía considerar era si quería permanecer en esta ciudad donde todo el mundo me iba a considerar la ex esposa de Alexander Tarasov. Lo segundo que debía hacer era mover el dinero del banco a una cuenta en el exterior por si mi alguien pensaba en rastrear el dinero, lo tercero era visitar la tumba de mi madre y lo cuarto era dejar de sentirme culpable. Aunque eso ultimo me iba a costar demasiado. Dejé los platos sucios en el fregadero y regresé de nuevo a mi habitación, necesitaba dormir, aún era de madrugada y debía levantarme temprano en la mañana, me acerqué a la cama y apagué la lampara antes de meterme debajo de las mantas. Sin embargo, no habían pasado ni 5 minutos cuando el sonido de mi celular me sobresaltó, me incorporé y alargué mi brazo para tomarlo de la mesa de noche y en la pantalla el nombre de Mirka parpadeaba. ¡Que rayos…! —Por Dios, Mirka. Son casi las tres de la madrugada, más te vale que sea impor… —Alexander sufrió un accidente. —Me interrumpió. Necesité más de 4 segundos para volver a hablar. —¿Qué? —él…él… Dios santo, Mirka nunca tartamudeaba, debía ser malo, muy malo. Un horrible dolor me golpeó en la boca del estómago. —Él está… —No—negó, pero hizo una pausa excesivamente larga— Está inconsciente, los doctores, los doctores no me dicen nada. —¿En qué hospital está? —En el Chastain. —Voy para allá. Colgué y me desvestí con prisa sin repetir movimientos torpes que pudieran retrasarme. Sin embargo, cuando ya me encontraba lista y dentro del auto para salir al hospital, mis pies no se movieron. Cerré los ojos, recosté mi cabeza contra el volante y recé la única oración católica que me sabia para poder calmarme. Necesitaba estar tranquila, necesitaba pensar con claridad para poder conducir. Inhalé Exhalé Inhalé Exhalé Después de cuatro respiraciones pude encender el auto y conducir rumbo al hospital, no me tomó mucho tiempo llegar. Afortunadamente pude encontrar lugar para estacionarme y la entrada de urgencias no estaba congestionada. Llegué a recepción y una enfermera con un horrible labial rojo y actitud algo prepotente se negó a darme información hasta que no le dijera mi relación con Alexander. —¿Es usted familiar del paciente? La enfermera me miró y reparó en mi atuendo, no era de extrañar tanta desconfianza, Alexander Tarasov era una de las personas más ricas e influyentes del país y yo parecía, bueno, parecía recién salida de un manicomio con mi cabello desordenado. —Yo…Yo ¿Sí le decía que era la exesposa me creería? Las veces que tuve que ir del brazo de Alexander Tarasov lo hice luciendo muy diferente, es decir, vestía con los mejores atuendos de diseñador y con joyas costosísimas, representaba el papel de Olivia Tarasova, esposa y señora del hombre más rico de Toronto y ahora todo lo que la enfermera debía estar viendo era a mí, a Olivia Ross con los pantalones de Walmart al revés. —Ella es la esposa. La voz de Milka hizo que girara la cabeza con brusquedad, trague saliva cuando vi que su peinado perfecto estaba desordenado y su inmaculada camisa blanca estaba arrugada. —¿En serio? —Cuestionó la enfermera. Yo enrojecí y Mirka fulminó a enfermera con la mirada al tiempo que tomaba mi brazo y me apartaba a un lado. —¿Cómo esta? —Pregunté una vez que estuvimos solos Mirka soltó un suspiro que pareció durar una eternidad —Entró a cirugía, parece que tuvo un fuerte golpe en la cabeza El dolor en la boca de mi estómago empeoró, traté de tranquilizarme apretando los dedos de mis manos, pero no funcionaba. —¿Cómo sucedió el accidente? —Pregunté mientras tomábamos asiento. —Conducía bajo la lluvia y se estrelló contra un árbol. Lo miré con incredibilidad—Alexander no conduce y menos si está lloviendo. —Lo sé, a mí también me sorprendió. Su chofer me dijo que fue el mismo Alexander que le pidió las llaves del auto, trató de persuadirlo, pero Alexander fue muy insistente. —Eso es muy raro en él. Mirka asintió. —Lo sé, últimamente no ha sido el mismo desde… —¿Desde? —Familiares de Alexander Tarasov Mirka y yo nos incorporamos de las sillas con rapidez —Ella es la esposa doctor—dijo Mirka al médico. Traté de no sentirme mal por la mentira, pero si era la única forma de yo permanecer aquí no había problema. —Afortunadamente la cirugía salió bien—dijo el médico—fue un fuerte trauma, hay que esperar que despierte para ver su evolución, tiene un brazo roto, pero fuera de lo demás esta estable. Tuvo mucha suerte. El alivio que sentí casi hizo que me desplomara. El doctor se despidió. Nos informó que, en breve, Alexander sería trasladado a una habitación privada —Oye—detuve a Mirka antes de que fuera a revisar toda la documentación en la recepción—Deberías de dejar de decir que soy su esposa, la gente puede malinterpretarlo. Te recuerdo que ya no lo soy. Mirka me miró y me tomó de los hombros, el gesto me alarmó porque parecía que me iba a dar una terrible noticia. —Me temo que aun eres su esposa Olivia. —¿Qué? —Alexander no firmó los papeles de divorcio.
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