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Sucio Matrimonio

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No todas las promesas comienzan con un “sí, acepto”. Algunas nacen del silencio… y del miedo.

Olivia Ross vive atrapada en un matrimonio perfecto solo a los ojos del mundo. Para ella, Alexander Tarasov no es un esposo: es su carcelero. Controla su tiempo, sus pasos, su cuerpo… y quizá también su corazón.

Pero un accidente lo cambia todo. Alexander ya no es el mismo: más atento, más vulnerable… y más peligroso.

Ahora Olivia debe elegir: ¿huir de él o quedarse? Porque el hombre que la mantenía a raya, hoy la mira como si pudiera enamorarse de ella.

Y eso, quizás, es lo más aterrador de todo.

Un matrimonio sin amor.

Un deseo prohibido.

Una verdad capaz de destruirlos.

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Olivia y Alexander
Faltaban 5 minutos para que el reloj de pared marcara las siete de la noche. El ruido de mis tacones altos era lo único que se escuchaba en aquel ático que, en su solemne silencio, bien podría haber sido un mausoleo. No necesitaba mirar el reloj para saber que estaba retrasada; la culpa la tenía una torta de chocolate que, en su terquedad, se negó a subir y esponjarse. Desesperada, hice lo único que se me ocurrió: la corté en pequeños cuadrados y fingí que eran brownies. Después de todo, ¿quién se resiste a unos brownies? Quité mi delantal con rapidez y llevé los brownies a la mesa, levanté la vista y me percaté de que la copa de vino no estaba alineada a cinco centímetros del plato, sin entrar en pánico la moví y saqué la regla de madera que tenía escondida en mi vestido y medí las alineaciones de cada utensilio en la mesa. Todo estaba perfecto. Las flores siempre amarillas adornaban el centro de la mesa, el ligero aroma a canela del ambientador y ninguna mota de polvo a la vista. Ajusté mi vestido de color n***o y me senté con la espalda recta y esperé el característico sonido de sus llaves. A las 7 en punto el sonido de las llaves llegó, el eco de la puerta abriéndose, los pasos seguros y decididos al entrar, la puerta cerrándose de nuevo, el maletín dejado en el buró, lo mismo que las llaves y el abrigo, y luego los pasos hacia el comedor y a continuación, el saludo. —Buenas noches, Olivia. Me levanté con la misma sonrisa que había perfeccionado a lo largo de los 2 años que llevaba con él y respondí: —Buenas noches, Alexander. Caminó hacia la cabecera de la mesa y observó el menú que había preparado para él, su metro ochenta y nueve lo hacía parecer un hombre imponente e intimidante, las dos palabras que llegaron a mi cabeza cuando lo conocí. Se levantó las mangas de su costosa camisa y se sentó, el aroma de bergamota de su colonia inundó mis fosas nasales. —¿Qué has preparado esta noche? —Preguntó mientras acomodaba la servilleta sobre sus rodillas. Me levanté con la delicadeza propia de una mariposa y tomé la botella de vino que había colocado a 15 centímetros de las flores y de su plato. Serví el vino en su copa solo lo suficiente para que él lo oliera, lo batiera, tomara un sorbo y asintiera con la cabeza para que indicarme que había hecho la elección correcta. Como si fuera una estúpida camarera. Sonreí, llené su copa hasta la mitad y regresé a mi asiento. —El menú de hoy es bistec de Res en salsa demiglace con patatas gratinadas al queso azul y judías verdes con espinacas. —Respondí algo orgullosa. Él asintió con la cabeza y murmuró que estaba bien mientras se llevaba un trozo de carne a la boca. Apreté los cubiertos y tomé un respiro, no debía sorprenderme su estoica reacción. No importaba lo mucho que me esforzara siempre decía lo mismo sobre la comida… ¿Cuántas veces había fantaseado con echarle picante a su pure de papas y esperar su reacción? ¿Se podrían rojo? ¿Maldeciría? ¿Me gritaría? ¿Golpearía la mesa? Sonreí. Demasiadas veces para ser honesta. Miré el reloj en la pared y calculé que solo debía aguantar su presencia por solo 20 minutos más, luego de eso él se iría, trabajaría en su despacho y no lo volvería a ver hasta la noche siguiente, así había sido por casi dos años. Sin embargo, todo eso estaba por cambiar el día de hoy, hoy finalmente se vencía el contrato y ya no volvería hacer aquellas tonterías de ama de casa de los años 50. Una sonrisa de tranquilidad cruzo mi cara y tomé un gran sorbo de vino, a partir de mañana dejaba las garras de Alexander Tarasov y finalmente volvía hacer Olivia Ross. —¿Cómo estuvo tu día? El sorbo de vino que había tomado casi fue escupido de la sorpresa que me generó la pregunta, tomé la servilleta y disimulé que tosía educadamente. —¿Perdón? —Pregunté con inquietud. Alexander sonrió, o por lo menos lo intentó, parecía ser más una mueca mal disimulada. —¿Cómo estuvo tu día? —Repitió Yo traté de sonreír, pero por dentro estaba entrando el pánico, nunca en los 2 años que llevábamos de matrimonio me había preguntado algo tan trivial como eso. Habitualmente, él se dedicaba a comer, a hablar por teléfono, maldecir en ruso, mirarme incómodamente sin parpadear y luego tomar sus cosas y desparecer en su despacho. Antes hubiera matado por esa pregunta, ahora solo me generaba ansiedad. —Bueno…ya sabes, estuvo bien. Escribí un poco. Él tomó otro sorbo de vino sin apartar los ojos de mi cara, hice memoria y tanto mi peinado como mi vestuario correspondían a sus malditos gustos, cabello suelto y liso hasta los hombros, vestido de n***o hasta las rodillas, aretes de perla y maquillaje ligero. Todo obedecía a la maldita lista que me había dado hacia un año y medio ¿Por qué me estaba incomodando de esta manera? Normalmente a estas alturas ya estuviera encerrado en su despacho. —¿Cómo estuvo tu día? —Pregunté también en un intento por llenar el silencio aplastante que nos rodeaba. Él se limpió ligeramente los labios con la servilleta y se levantó, todos mis sentidos se pusieron alertas. —Oh el día de hoy estuvo aburrido—dijo acercándose—Un buque se hundió con gran parte de la mercancía y tuvimos que mandar otra con rapidez hacia la Republica Checa, tuve que despedir a mi secretaria porque descubrí que espiaba para la competencia. Alexander dirigía una de las empresa más grande de logística Internacional de carga, transportaba mercancías de alto valor como tecnología, obras de arte, piezas industriales, productos farmacéuticos por rutas marítimas, áreas y terrestres. Tenía vínculos con embajadas, empresas privadas, y entidades gubernamentales. Si algo necesitaba transportarse del Atlántico al pacifico, TARASOV GLOBAL LOGISTICS, se encargaba. Él se acercó y tocó ligeramente un mechón de mi cabello, sorprendiéndome en el proceso. Nunca me había tocado antes a menos que fuera estrictamente necesario y hubiera ojos en la habitación. Sin embargo, solo duro un segundo y luego vi como tensaba los dedos de esa misma mano y se retiraba a su asiento. —Eso no se oye como un día aburrido—dije con nerviosismo. Él sonrió y siguió comiendo, yo intenté hacer lo mismo pero mi estomago se había cerrado, mi apetito se había perdido. Intenté disimular cortando varios trozos y tomado el resto de vino con la carne, una táctica que había aprendido los primeros días de mi matrimonio cuando no podía comer delante de él. Alce mi mirada y vi con serenidad que solo faltaban cinco minutos para que toda esta farsa llegara a su fin. —¿Sabes qué día es hoy? —Preguntó de pronto. Desvié la mirada hacia él y me di cuenta de que su plato estaba limpio y ahora tomaba un trozo de brownie y lo comía muy despacio con vino. Normalmente me preguntaría porque cambié el menú a brownies, en lugar de la habitual torta de chocolate, pero hasta ahora solo se había dedicado a saborearla, en lugar de quejarse, así que era una buena señal. Ante su pregunta, sonreí genuinamente, se acordaba, Dios que bueno que se acordaba, aunque era algo obvio, Alexander Tarasov nunca olvidaba nada. —Por supuesto que sé qué día es hoy—Respondí con serenidad genuina—Lo he estado esperando hacia muchísimo tiempo. Su entrecejo se frunció ante mi respuesta, sin embargo, antes de que pudiera hablar, el timbre de su teléfono sonó y Alexander se disculpó para atenderlo. — О чем он? No me sorprendió que contestara en su lengua natal, nunca contestaba su teléfono en otra lengua que no fuera el ruso, no sé si lo hacía por mi o sus empleados, pero el caso era que no me importaba, pronto dejaría aquella casa, a su dueño y a su difícil idioma. Alexander desapareció en su despacho aun con el teléfono en la mano y yo aproveché para limpiar la mesa, llevé los platos al lavavajilla y lo puse a andar, regresé al comedor, arreglé las sillas y luego tomé el sobre con los documentos que estaba guardado en mi habitación y me senté a esperarlo. Aquella charla no sería difícil, todos los acuerdos del contrato, así como los 2 años de matrimonio se habían cumplido, para hacer más rápido el proceso, ya había leído el contrato de divorcio y lo había firmado. Todo estaba en orden, solo faltaba su firma y mañana a primera hora desaparecía de aquella casa y de la vida de Alexander Tarasov. Caminé hasta su despacho y toqué con cuidado la puerta, cuando escuché un adelante, abrí la puerta y pasé, Alexander estaba sentado magistralmente en su escritorio y tenía al frente su portátil n***o. Mi primer pensamiento cuando lo miré fue pensar que aquella persona, aquel desconocido imponente y letalmente hermoso había sido mi esposo, el segundo fue pensar que esta era la primera vez que estaba en su despacho y no me sorprendió para nada la decoración lujosa e imponente de mismo. —¿Necesitas algo? —Preguntó sin levantar la vista de su portátil. Yo fruncí el ceño, desconcertada ¿Por qué rayos me hacia esa pregunta cuando ya sabía perfectamente a que venía? Caminé hasta quedar frente a él y le extendí con propiedad los documentos. —Nuestro acuerdo llega a su fin hoy. —dije—Solo falta tu firma, la mía ya está. Sus ojos por fin aterrizaron sobre mí, sus helados ojos verdes me recorrieron por completo el rostro, no sabía que buscaba, pero si buscaba algo como arrepentimiento no lo encontraría. Él tomó el sobre con los documentos de divorcio y cuando los leyó pude notar algo de desconcierto en su mirada, lo cual era ridículo ya que él mismo había puesto el plazo para nuestro divorcio y nunca había mostrado ningún interés en mí. —Está bien, los firmaré—dijo con frialdad mirándome a los ojos—Mi abogado se contactará contigo cuando sea un hecho. Asentí con la cabeza ya que por alguna razón no podía hablar. —¿Te iras hoy? —Preguntó dejando los documentos a un lado y volviendo de nuevo su vista hacia su portátil. —Mañana por la mañana. —Bien—Respondió Y eso fue todo, así dejaba por fin de ser la señora Tarasova, di la vuelta y salí del despacho sintiéndome por primera vez libre en dos años.

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