Capítulo 1 — La primera marca
Las marcas no se ven hasta que ya no se pueden tapar.
Mi madre me enseñó eso, aunque no con palabras. Me lo enseñó con la mano que tenía en la espalda cuando caminábamos por el bosque, con el silencio que dejaba entre las palabras cuando le preguntaba por mi padre. *Todo se amarca, hija. Pero no todo se rompe.*
La primera marca que vi fue en su brazo. Tenía siete años. Estaba soplando las velas de un pastel que ella había hecho con miel y harina robada. La luz temblaba en su rostro, y entonces lo vi: una línea negra, fina como un cabello, subiéndole desde la muñeca hasta el codo. No sabía qué era. Solo sabía que mi estómago se contrajo y el pastel se me cayó.
—¿Qué pasa, pequeña? —preguntó, recogiendo los pedazos.
—Tu brazo —dije, señalando—. Tienes algo n***o.
Ella se detuvo. Me miró con unos ojos que nunca había visto antes. Miedo.
—¿Ves algo más? —preguntó.
—No. Solo eso.
—Escúchame, Ira. —Me tomó las manos—. Nunca le digas a nadie que ves estas cosas. Ni a tu amigo, ni al panadero, ni al rey. ¿Entiendes?
Entendí. Entendí que lo que veía no era normal. Entendí que mi madre tenía miedo de mí.
Tres días después, los cazadores derribaron la puerta. Esa noche, mi madre me metió en el armario con las mantas de lana y me dijo: "Pase lo que pase, no salgas." Cerró la puerta. Oí cómo rompían la mesa, cómo gritaban su nombre, cómo ella gemía. Pero también oí una cosa que nunca había oído antes: el silencio entre sus gemidos. No gritaba por dolor. Gritaba por distraerme. Para que yo no oyera lo que le preguntaban.
No sé cuánto estuve en el armario. Cuando salí, la casa estaba vacía. Solo quedó su colgante en el suelo. Y en el colgante, el reflejo de mi propia cara. Ya no era una niña. Ya era alguien que veía marcas.
Trece años después, en el Pack Roto, todavía veía marcas. En el cuello del herrero, en la mano de la cocinera, en la frente del niño que recogía leña. Marcas negras, grises, a veces tan claras que parecían dibujadas con tiza. Había aprendido a no mirar. A bajar los ojos cuando hablaba con alguien. A fijarme en los platos, en la sopa, en el barro de mis botas.
El día que llegó Kian, estaba lavando una olla. El agua estaba caliente, casi quemándome los dedos, pero no me importaba. El dolor en los dedos era más fácil de soportar que el dolor de ver.
Lo vi entrar desde la ventana de la cocina. Alto, delgado, con una cicatriz en la ceja que le daba un aire de hombre roto. No llevaba armas visibles. Solo una capa desgastada y un cansancio que se veía a kilómetros.
La cocinera, Elia, le ofreció sopa. Él aceptó. Se sentó en la mesa de los forasteros, el rincón donde nadie hacía preguntas. Yo estaba a tres metros de él, fregando una olla que ya estaba limpia.
Y entonces lo vi.
No era n***o. No era gris. No era una cicatriz vieja ni una sombra a medio formar. Era rojo. Rojo como la sangre que aún no había salido. Le cubría el pecho desde el esternón hasta la mandíbula, y se movía. Se movía como las raíces de un árbol muerto, extendiéndose, enroscándose. No era una marca de traición. Era la marca de una traición que le harían a él. Y era enorme.
Mi mano soltó la olla. Cayó al suelo con un golpe sordo que resonó en la cocina. Él levantó la cabeza. Sus ojos eran grises, vacíos, pero cuando me miraron, parpadearon. Como si yo le hubiera hecho algo. Como si él también estuviera viendo algo en mí.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
Su voz era grave, seca. Llevaba días sin hablar, quizá semanas.
—Nada —respondí, y mi voz sonó normal—. Buenas noches.
No me preguntó mi nombre. No lo hizo hasta el día siguiente. Pero esa noche, mientras él dormía en la litera de arriba, yo estaba despierta. El colgante de mi madre se calentó contra mi pecho, tan caliente que pensé que iba a marcarme la piel.
No era una advertencia. Era un llamado.
Algo empezaba. Y no iba a terminar bien.