Preludio

1325 Words
"Señor, concede a mí padre el descanso eterno y que la luz perpetua lo ilumine " Miranda se mantuvo con los ojos cerrados, mientras el aroma a incienso se mezclaba con el frío mármol de la iglesia. ​Apretó sus manos una contra la otra en un gesto de súplica que no solía practicar. Su madre no había sido una mujer devota, pero siempre había acudido a aquel santuario cuando la vida se ponía difícil, y Miranda había heredado esa costumbre silenciosa. Rezaba por su padre, un hombre que se había enredado con una mujer mucho menor y que ahora, consumido por los años, apenas sostenía el aliento. Ella sabía que el tiempo se le agotaba, y con él, se agotaba su propia seguridad. Su padre, Randall Antonov. Era uno de los miembros más respetados en la Bratva de Moscú, pero no se podía decir que eso era algo bueno, Miranda no había nacido en el seno de una familia tradicional dentro de la mafia rusa, más bien era producto de una de las tantas noches apasionadas que su padre tuvo con una de sus amantes. El hombre era viudo de su primer matrimonio, y aunque estaba en todo su derecho de meter la v***a donde le viniera en gana. Embarazar a una mujer fuera del matrimonio iba contra las reglas. Y pese a que al saber de la existencia de su hija le dió su apellido. No era suficiente. Su sola existencia era visto como un maldito pecado. Un pecado que se pagaba con la muerte. El mundo moderno y sus leyes podían avalarla como hija legítima del ruso, pero tampoco importaba, porque dicha mafia tenía sus propias reglas. Y la más importante de ellas era que no había cabida para un hijo nacido fuera del matrimonio. Eran bastardos Y eso convertía a Miranda Antonova en un error que debía ser erradicado. Lo único que la protegía, era el peso que el mafioso tenía en la organización, un escudo que dejaría de protegerla una vez que diera su último aliento. ​El silencio del lugar fue interrumpido por el eco de unos pasos que resonaron contra el suelo de piedra. Miranda no se movió, pero por el rabillo del ojo divisó una silueta que se detuvo justo a su lado. ​—¿Crees que una plegaria logrará hacerlo descansar en paz? —La voz grave y cargada de una ironía que resonó entre las paredes del recinto le recorrió la espina dorsal. —Randall ha matado a más hombres de los que podrías contar, es un hecho que su lugar en el infierno está asegurado —declaró el hombre con ironia—. A menos que desees que se mantenga con vida para asegurar la tuya, aunque hasta para mí, eso sería algo egoista teniendo en cuenta que es bastante viejo. ​Miranda elevó la mirada y se topó con un par de ojos ámbar, tan intensos como un whisky de etiqueta cara. El hombre era alto, con una piel clara, aunque ligeramente bronceada por el paso del tiempo y una presencia que parecía devorar el aire del recinto. Rubio, con tatuajes visibles en las manos y un dragón chino ascendía por su cuello, perdiéndose bajo la mandíbula. Sabía quién era. Se trataba de Levka Ivanov, el líder de la Bratva, el hombre que regía las reglas que ahora la sentenciaban a ella. ​Volvió la vista al frente, fijándola en el altar. Le pareció un atrevido. ¿Cómo podía decir algo así cuando uno de sus mejores hombres estaba en su lecho de muerte? Aunque no le sorprendía, la mayoría de esa gente eran monstruos sin escrúpulos, mismos que esperaban como buitres la muerte de su padre para dictar la de ella. ​—Estoy segura de que papá encontrará descanso a donde quiera que vaya —respondió de forma mordaz, sin permitir que el temblor de sus manos delatara su inquietud. ​Se apoyó con fuerza en el bastón que durante años le había brindado la estabilidad necesaria después de aquel atentado que le impidió volver a caminar con normalidad —La vida no la había tratado bien; desde que era niña se habían tratado de deshacer de ella— Con un esfuerzo que no sustituyó su elegancia, se puso de pie y elevó el rostro para verlo directamente a los ojos. Los de ella eran tan azules como el mar, pero en ese momento tenían el color de un mar agitado, oscuros y cargados de una molestia evidente. ​—Aunque sin duda me gustaría mantenerlo con vida, no es por las razones que usted piensa —soltó ella, manteniendo la barbilla en alto—. Por otro lado, si se encuentra aquí porque cree que después de su muerte voy a huir, pierda cuidado. Conozco mi destino y no soy tan estúpida para emprender una huida que sé que no mantendré por mucho tiempo. Estaré aquí cuando mi padre muera, los estaré esperando —declaró sin titubear. Estaba cansada, cansada de aquellas miradas llenas de desdén, de vivir con la sombra de un arma apuntada a su nuca constantemente. No tenía miedo de morir y cuando llegase el momento, lo haría como la Antonova que era. ​Levka ladeó una sonrisa mientras la observaba con un descaro absoluto. No era muy listo de su parte retarlo de esa manera, pero no podía negar que había algo fascinante en esa mujer pequeña que se negaba a doblegarse. Miranda pretendió salir de ahí, avanzando con el apoyo de su bastón, manteniendo una dignidad que parecía irritar y atraer al hombre al mismo tiempo. En cualquier otro momento, Levka no habría dejado pasar semejante insolencia, pero la forma en que ella lo miraba, sin temerle a la muerte que él representaba le hizo pasarlo por alto. ​De repente, con un movimiento rápido y dominante, Levka estiró la mano y le arrebató el bastón. Miranda perdió el punto de apoyo y tuvo que tensar los músculos para no tambalearse, frunciendo el ceño con una mezcla de ofensa y furia. ​—Te concederé el honor de presenciar su velorio —dijo él, observando cómo ella se esforzaba por mantenerse erguida sin su ayuda—, aunque no puedo prometer que habrá un lugar para ti junto a su tumba. ​Maldito, mil veces maldito. Miranda sintió un repudio incontrolable que le quemaba el pecho. Jamás había cruzado palabra con ese hombre, pero bastó ese breve intercambio para que lo detestara con cada fibra de su ser. Sin embargo, no pudo ignorar la tensión que vibraba entre ambos, una energía extraña que iba más allá del desprecio. Él no le devolvió el bastón de inmediato; comenzó a juguetear con él, sopesándolo con una mano mientras la recorría con una mirada que era un espectáculo de arrogancia y magnetismo. Era un tipo atractivo, con esas pestañas tupidas y quebradas que enmarcaban su mirada depredadora, pero su personalidad era desalmada. ​—Que así sea —sentenció ella, extendiendo la mano con firmeza, exigiendo lo que era suyo. ​Levka la miró un segundo más, disfrutando de su rabia, antes de ceder y entregarle el bastón. Miranda lo tomó con fuerza y prisa, asegurando su agarre con un movimiento seco. Lo maldijo en su mente, visualizando mil formas en las que el destino podría cobrarse su descaro, y retomó su camino hacia la salida sin mirar atrás. Se alejó de quien sabía que sería su verdugo, sintiendo el peso de su mirada clavado en su espalda mientras el sonido de su bastón golpeando la piedra marcaba el ritmo de su salida. Su destino estaba trazado, era como un ave con las alas rotas, incapaz de volar lejos de la jaula que aprisionaba su vida. . . . Pequeño dato: En Rusia la mayoría de los apellidos en las mujeres termina con "a" por esa razón aunque el padre de Miranda es "Antonov" ella es "Antonova"
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