Una promesa

2138 Words
Desgraciado. ​La palabra se repitió en la mente de Miranda mientras el auto avanzaba por las estrechas calles de Suzdal. Una pequeña ciudad que Randall había elegido en un rincón del Anillo de Oro, a un par de horas de Moscú, para que su hija creciera lejos del ruido de las balas y las intrigas de la capital. Era un refugio de cúpulas doradas, iglesias de piedra blanca y prados verdes sin el matiz sangriento que cargaban los suburbios moscovitas. ​Cuando el vehículo se detuvo frente a la imponente mansión, un hombre de hombros anchos y mirada alerta ya la esperaba en la entrada. Su nombre era Denis Belov, su guardaespaldas personal y el único amigo real que había tenido. Al verla bajar, el hombre alto de espalda ancha caminó hacia ella de forma apresurada, se notaba preocupado. ​—¿En dónde estabas? —preguntó, y su voz no pudo ocultar ese tono alarmante. Ella se había escabullido sin decirle nada y el temor de que algo le ocurriera siempre estaba presente en el hombre—. Saliste sin avisar, Miranda. Me tenías buscándote por toda la propiedad. ​—Tranquilo, Denis. Fui a la iglesia, a orar un poco —respondió, tratando de suavizar el tono. ​Aunque omitió deliberadamente la desagradable presencia de Levka Ivanov en el recinto. No quería repetir las palabras malintencionadas que el Pakhan había soltado con tanta ligereza. Había sido un maldito al mencionar que no habría un lugar para ella junto a la tumba de su padre, la había irritado profundamente; y es que sabía que para la Bratva los bastardos no merecían ser enterrados, y que probablemente su destino final sería el fondo de algún canal gélido en Moscú una vez que se deshicieran de ella. Decidió enterrar ese pensamiento y se enfocó en lo que realmente le importaba en ese momento. ​—Kak moy pápochka? (¿Cómo está mi papá?) —preguntó, esperando tener una respuesta grata. ​—El médico vino a verlo más temprano —dijo Denis, bajando un poco la voz—. Su corazón aún responde, pero parece estarse aferrando a la vida de una forma que ni los doctores comprenden. ​Miranda sintió un malestar enorme en el pecho, una presión que le dificultaba respirar. Sabía exactamente por qué Randall no deseaba morir. Ese viejo lobo se aferraba a la existencia porque entendía perfectamente que, en el momento en que su corazón se detuviera, el escudo que protegía a su hija se desmoronaría por completo. Era un acto de amor desesperado y doloroso. Entró en la casa, una construcción amplia y acogedora que contaba con cada lujo imaginable para que ella no tuviera que hacer el menor esfuerzo físico. Al igual que esa casa, Randall había puesto todas sus propiedades y su inmensa riqueza a nombre de Miranda, algo que ella nunca había terminado de comprender. ¿De qué servía ser la dueña de un imperio si la muerte acababa de visitarla en la iglesia para recordarle que no tenía futuro? Soltó un suspiro cuando un maullido desvió su atención, era su gata Umma, una felina de color negr0 y hermosos ojos amarillos. Frotó su cabeza en su pierna y después de un ronroneó siguió su andar hasta llegar al plato de comida que aguardaba por ella. ​Miranda sonrió y se dirigió al ascensor interno para subir al siguiente piso. Al llegar a la habitación de su padre, se detuvo un momento antes de entrar. Randall Antonov tenía más de ochenta años, mientras que ella apenas tenía veintitrés, parecía incluso ridículo, porque era una brecha inmensa que siempre había marcado su relación. Entró despacio, y su bastón rompió el silencio de la estancia. A pesar de la enfermedad, Randall no parecía un viejo decrépito; conservaba una imponencia natural, la vio con esos mismos ojos azules intensos que ella había heredado, su piel, aunque arrugada, todavía irradiaba autoridad. Miranda se acercó a la cama y se sentó en la silla de junto. Él, con un esfuerzo visible, elevó su mano y acarició su rostro con una ternura que solo ella conocía. ​Un nudo se formó en la garganta de Miranda, pero evitó llorar. La vida había sido complicada desde siempre, pero no por ello había sido menos feliz gracias al hombre que ahora agonizaba frente a ella. Randall la miró con lucidez y, con una voz rasposa, le advirtió que los Ivanov estarían ahí en cualquier momento. Por supuesto, Miranda ya se había encontrado con uno de ellos. Era lo lógico. Aleksei Ivanov, el antiguo Pakhan y padre de Levka, querría llevar el cuerpo a Moscú para darle el adiós que la organización consideraba adecuado, lejos de la paz de Suzdal. Miranda apretó los dientes. "Te concederé el honor de presenciar su velorio". Tragó saliva. Era indignante que ni siquiera pudiera decidir dónde enterrar a su propio padre. ​—Está bien —respondió, conteniendo la emoción. No quería darle a su padre más motivos para angustiarse ni a sus enemigos la satisfacción de verla echarse a llorar. ​En ese momento, una sirvienta llamó suavemente a la puerta. ​—Señorita, el señor Ivanov está aquí —anunció con voz temerosa. ​Miranda tensó las manos sobre su falda larga, solía usarlas para ocultar el aparato ortopédico que le daba mayor estabilidad a su pierna. Randall notó el gesto, mientras ella se ponía de pie para abandonar la habitación. Al salir al pasillo, se encontró de frente con Aleksei Ivanov, el padre de Levka. Tenía más de sesenta años y la vio con esos ojos ámbar que su hijo había heredado, su cabello que alguna vez fue rubio ahora lucía platinado. No era la primera vez que lo veía; la imagen de Aleksei estaba grabada en su memoria desde que ella tenía diez años. Jamás olvidaría la primera vez que lo vio. Cuando la maldita gente de la bratva le disparó en la pierna condenándola a una cojera permanente. Aquellos ojos ámbar no la miraban con repudio, pero tampoco había una gota de bondad en ellos. ​Miranda estaba dispuesta a seguir su camino sin detenerse. Los Ivanov podían estar acostumbrados a que se besara el suelo por donde caminaban, pero ella no le debía ninguna clase de lealtad o sumisión ni a él ni a su gente. Podían irse mucho a la mierda. ​—Eres igual a tu padre —el hombre chasqueó la lengua, haciendo que Miranda detuviera su andar por un segundo—, orgullosa y soberbia. ​Miranda ladeó el rostro, observándolo con una frialdad que rivalizaba con la suya. ​—Es curioso, porque en su mundo ni siquiera los genes son suficientes —respondió mordaz—. Jamás me considerarán su hija. ​Volvió la vista al frente y retomó su paso, pero antes de alejarse del todo, le lanzó una última frase en ruso con un tono gélido: ​—Otyéts tyebya zhdyot (Mi padre lo espera). Aleksei ladeó una sonrisa ante el tono hostil de la joven, no cabía duda de que tenía el temple de su padre. Aleksei abrió la puerta y caminó hasta el interior. Deteniéndose frente a la cama. —Creo que sabes a lo que he venido —espetó con seriedad y Randall asintió. A Randall no le quedaban muchas horas de vida, y siendo un mafioso de su calibre, deseaban que sus últimos momentos los pasara en Moscú con su hijo y familia. La única familia reconocida ante todos. Dmitry, el hijo legitimo que Randall tenía, ya debía estar en camino. El hombre era tan mayor como Aleksei, tenía una esposa y dos hijas. Se lo llevaría de ahí para darle sepultura en Moscú. —Se que quieren que vaya con ustedes, pero preferiría quedarme aquí —soltó con un tono sereno, pero helado. Aleksei elevó ligeramente el mentón. Que durante años se hubiera hecho de la vista gorda y no ordenara ejecutar a la hija de Randall, era solo por el respeto que le tenía a uno de los más fieles de la Bratva. También por el hecho de que Miranda no representaba en realidad una amenaza, era mujer y tenía esa discapacidad gracias a su misma gente. No obstante, el sol no se tapaba con un dedo, había reglas y la mas importante de ellas se debía cumplir si excepciones. No era algo que se debiera pensar demasiado. —Tu familia te espera —espetó y Randall sonrió. Amaba a su hijo y a la familia que él había formado. Por esa misma razón lo mantuvo al margen de su decisión de proteger a Miranda cuando se enteró de su existencia. Por esa razón no le permitió crear un lazo con ella. Para que el día que tuviera que suceder, no interviniera si la decisión del Pakhan era matarla. —Iré con ustedes. Pero tengo una condición —soltó el hombre fijando sus ojos en los de Aleksei. —Dmitry se ha ganado un lugar en la Bratva por mérito propio, jamás lo pondría en tu contra ni en contra de Levka como Pakhan pidiéndole que proteja a mi hija —exclamó con ese brillo certero que iluminaba sus cansados ojos azules—. No pretendo que mi hijo inicie una guerra en tu contra por defender un error mío —soltó. Aunque Aleksei sabía que no se refería a Miranda, sino al hecho de no haberse casado con Flavia antes de que la mujer que le diera una hija. Sus manos se volvieron puños. Mientras observaba a uno de los hombres más fuertes y dignos que conoció. —Sé bien cuál es el destino que a mí hija le espera tras mi muerte. Y si bien, no voy a suplicarte que tengas una clemencia que no se le brinda a ningún hijo ilegítimo de la Bratva. Si voy a pedirte que si sientes un poco de respeto por el hombre que te sirvió fielmente de la misma forma que sirvió a tu padre. Le des a Miranda la vida que mi sangre merece y sabes bien que no merece el destino de una bastarda. Lo que Randall mencionaba con tanto ahínco no era insignificante. El hombre había sido uno de los pilares de la Bratva, habría puesto el pecho para defenderlo a él, a su padre y a su hijo de ser necesario. Su sangre tenía casi el mismo peso que la suya y esa era la razón por la cual toda la mafia rusa esperaba como buitres a qué su muerte llegase para poder terminar con aquello que jamás debió existir. Miranda Antonova vivía dentro de una burbuja que Randall construyó para ella y que nadie se atrevía a romper porque eso sería desatar el infierno mismo dentro de una de las mafias más poderosas. Pero esa burbuja estaba rodeada por fuego y una vez que se rompiera, sería inevitable que este la consumiera. Porque su destino estaba marcado y una vez que Randall pereciera, su suerte sería la misma que corre cualquier bastardo. Aleksei demoró unos minutos pensando en sus palabras. Podía poner una bala en la frente de esa jovencita, sin pestañear, de la misma forma que asesinó alguna vez a su propio hermano. Tenía el temple necesario para hacerlo, por qué eso era lo correcto, por qué eso era lo que todos esperaban que hiciera. Que mantuviera aquella regla que había regido en la Bratva por generaciones. Sin embargo. Si había un hombre que merecía que un último deseo le fuese concedido antes de su partida. Ese era Randall. Después de analizarlo, elevó el mentón y con esos ojos ámbar que caracterizaban a los Ivanov, dijo: —Tu hija vivirá como merece un Antonov, puedes irte tranquilo —soltó con seguridad. Randall no despegó su mirada—. Aseguraré su futuro y me encargaré de desatar un infierno sobre aquel que pretenda lo contrario. Tienes mi palabra. Los hombres de honor tenían reglas que se seguían y respetaban porque era parte de la estructura de su mundo. Pero había reglas que merecían la pena romperse y tormentas que no podían apaciguarse. Miranda Antonova era un daño colateral en la Bratva. Un error si así quería verse, cometido por uno de los hombres que habían hecho valer esas mismas reglas fielmente. Y esa noche, antes de que aquel hombre diera su último respiro, Aleksei Ivanov le hizo una promesa que cumpliría, así desatará un infierno en la tierra que por años había permanecido tranquila. . . . Datito curioso: El Anillo de Oro de Moscú (o simplemente Anillo de Oro de Rusia) es una ruta histórica y cultural formada por varias ciudades antiguas al noreste de Moscú, famosas por su enorme valor histórico, religioso y arquitectónico. No es un anillo físico, sino un circuito turístico y simbólico.
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