Darya abrió la puerta de su casa y se encontró con la figura imponente de Levka recortada contra el umbral. El aire frío del pasillo entró con él, mezclado con un aroma ligero a alcohol y esa colonia que ella sería capaz de reconocer en cualquier rincón del mundo. Él no lucía cansado, sino cargado de esa energía eléctrica que siempre precedía a sus encuentros. —¿Me dejarás aquí parado? —dijo Levka, ladeando apenas la cabeza. Darya se movió hacia un lado, permitiéndole la entrada mientras una sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro. A decir verdad, no lo esperaba en su casa esa noche, pero le agradó la sorpresa. Apenas cerró la puerta, Levka la atrapó por la cintura y buscó sus labios con una intensidad que la dejó sin aliento. Ese hombre siempre era así, directo y voraz. Lo qu

