Levka tiró su espalda en el respaldo del asiento con una soltura que gritaba dominio, estirando sus piernas y obligando a Miranda a pegarse aún más contra la puerta. Él no parecía tener prisa, ni tampoco interés en romper el silencio sepulcral que los envolvía. Observaba el techo de la camioneta o cerraba los ojos por momentos, proyectando una calma que ella sabía que era pura fachada; Levka era un volcán que siempre estaba a punto de entrar en erupción, y ella era la única que se atrevía a caminar por el borde del cráter. Miranda apretaba los dedos sobre su regazo, sintiendo la madera del bastón maltratado bajo sus palmas, y se preguntaba cuántas horas más tendría que soportar esa cercanía eléctrica. Cada vez que el vehículo tomaba una curva, el roce de sus muslos se hacía más firme, y

