La habitación que le fue asignada a Miranda era muy espaciosa, como todas las de esa casa, y por fortuna estaba situada en el ala opuesta a la de Levka, por lo que sería difícil que ambos se cruzaran en los pasillos de forma accidental. Miranda pasó la siguiente semana prácticamente encerrada entre esas cuatro paredes; por una parte, deseaba evitar a su futuro esposo a toda costa y, por otra, odiaba la idea de tener que subir y bajar esas escaleras interminables que castigaban su pierna herida. Levka no pasaba mucho tiempo ahí. Aunque llegaba a dormir cada noche, la mayor parte del día no pisaba la casa, algo que a Miranda le resultaba sumamente satisfactorio. No tener que verle la cara era el único consuelo que encontraba en su nuevo encierro, sobre todo porque los pocos encuentros que te

