Las dos mujeres, con una modesta bolsa, abandonaron la casa, con las miradas bajas y una expresión de sonrisa sonrojada. Están dejando lo seguro por aventurarse en algo que desconocen, confiando en Claudine. —¡Son unas muertas de hambre, regresarán rogando de mi misericordia y ahí me vengaré de su traición! —dijo la amargada señora Petit. —¿Ah, sí? —sonrió Claudine, tomando a Elizabeth del brazo— ¿Aun si tu hija nos acompaña? Y creo que la señorita Grant también se nos unió en el plan. —¡Es mentira! Hija, di que es mentira, no puedes darnos la espalda. —Madre, ya deja tu enfado inútil y déjala irse. —Eres una malagradecida, como te atreves a ponerte del lado de esa maldita mujer. — se inclinó de hombros— — Ustedes dos suban de una vez al auto. —ordeno Claudine. En ese momento algun

