El rugir de los motores de las camionetas resuenan en el terreno baldío, rompiendo el silencio. El pulso me late con fuerza, lo siento en la garganta. Miro a mis hombres, todos saliendo de las camionetas listos, armados hasta los dientes con sus rostros duros como el acero, dispuestos a derramar la sangre de nuestro enemigo. Rebecca está dentro, en algún lugar, de esta maldita mansión vieja, en medio de la nada, lastimada, atormentada. Y cada segundo que pasa sin ella, se siente como un puñal clavado en mi corazón. Veo cómo las puertas principales se abren de golpe y salgo sin perder tiempo dispuesto a acabar con esto. Apunto mi arma, con mi dedo rozando el gatillo. Todos mis hombres se dispersan, rápidos, abriendo fuego ante los bastardos que no dudan en atacarnos. El sonido de las bal

